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[Islamabad, Pakistán] [La guerra de los drones y las violentas represalias de los combatientes islámicos.]

[Declan Walsh] Son hombres condenados a morir, y lo saben. Tragando saliva nerviosamente, los prisioneros miran la cámara de video, cuentan historias de intrigas, traición y espionaje a favor de Estados Unidos. Algunos hablan con voz temblorosa, con un destello de temor en sus ojos. Otros parecen resignados. Todos suplican por sus vidas.
“Soy espía y participé en cuatro ataques”, dice Sidinkay, un joven miembro de una tribu que dijo que le pagaron 350 dólares para dirigir los drones de la CIA hacia sus objetivos en el cinturón tribal de Pakistán. El sudor brilla en su frente; se mueve nerviosamente cuando habla. “Aléjense de los estadounidenses”, dice, la voz implorante. “Aléjense de sus dólares”.
Al Qaeda y el Talibán tienen pocas defensas contra los drones estadounidenses que patrullan sin descanso los cielos sobre los ajetreados centros militantes en Waziristán del Norte y del Sur en el noroeste de Pakistán, a lo largo de la frontera afgana. Los misiles de la CIA mataron en 2012 al menos a 246 personas, la mayoría de ellas militantes islámicos, de acuerdo a grupos de seguimiento que monitorean los asesinatos selectivos ejecutados por ataques de drones. Entre los muertos se encuentra Abu Yahya al-Libi, ideólogo de al Qaeda y vicecomandante.
Sin embargo, pese a la superioridad tecnológica de su enemigo, los militantes poseen una poderosa táctica defensiva.
Hace ya varios años, los militantes han rastreado el cinturón tribal a la búsqueda de los informantes que ayudan a la CIA y terminan con la cantera yihadista de la agencia de espionaje. La táctica de los militantes –más a menudo una caza de brujas que una investigación- sigue un patrón bien establecido. Miembros de tribus acusados son secuestrados en sus casas y lugares de trabajo a punta de pistola y torturados. Una farsa de corte religiosa ve su caso, y los declara usualmente culpables. Luego son obligados a hablar frente a una cámara de televisión.
Las confesiones grabadas, que son luego distribuidas en CDs, varían en estilo y contenido. Pero sus finales son los mismos: la ejecución en la horca, la decapitación o el fusilamiento.
En los últimos momentos de Sidinkay, la cámara lo muestra parado junto a otros tres prisioneros en un polvoriento campo, todos con los ojos vendados, iluminados por focos de automóviles. Suena una ráfaga, y los otros tres caen acribillados. Pero Sidinkay, aparentemente ileso, queda en pie. Por un trágico instante, el acusado de espionaje se mueve penosamente, confundido. Luego suenan tres tiros y él también cae desplomado.
Estas macabras grabaciones ofrecen una mirada al lado poco visto de la guerra de drones en Waziristán, un paranoico conflicto en las sombras entre los combatientes islámicos y el enemigo estadounidense anónimo, en el que a menudo paquistaníes de a pie son sus víctimas involuntarias.
Fuera del cinturón tribal, el tema de las bajas civiles ha dominado el debate sobre los drones de Estados Unidos. Desde 2004, al menos 473 civiles no implicados en el conflicto han sido asesinados por la CIA en ataques directos por drones, de acuerdo a organizaciones de seguimiento –un precio subrayado por críticos de los drones como el político paquistaní Imran Khan. Sin embargo, la precisión de los ataques parece estar mejorando: en 2012 sólo se han confirmado siete bajas civiles, mucho menos que las 68 del año pasado, de acuerdo a la Oficina de Periodismo de Investigación, que ha criticado la campaña de asesinatos selectivos del gobierno de Obama.
Y los civiles también son amenazados por los militantes. La campaña estadounidense ha terminado con la vida de incontables militantes de al Qaeda y el Talibán, y los militantes se han volcado contra las comunidades locales en acciones de represalia, montando una concertada campaña de temor e intimidación que se ha reclamado decenas de vidas y ha estresado todavía más el ya orden frágil de la sociedad tribal.
Los mensajes grabados de los espías acusados tienen la intención de enviar un duro mensaje, independientemente de si caen inocentes en las mortíferas redes de arrastre de los militantes. Las confesiones se hacen a punta de pistola, y usualmente se producen después de prolongadas torturas, en las que a veces los prisioneros son dejados colgando de ganchos en el techo durante todo un mes, denuncian organizaciones de derechos humanos.
“En todas las sociedades civilizadas, el castigo por espiar es la muerte”, dijo un comandante del Talibán paquistaní, hablando a condición de conservar el anonimato desde Waziristán.
Aunque cada una de las miríadas de facciones militantes en Waziristán tiene sus propios escuadrones de la muerte, de lejos el más temible es el Ittehad-e-Mujahedeen Khorasan, un misterioso grupo que los expertos consideran la rama de la contrainteligencia local de al Qaeda. Desde su emergencia en 2009, la organización, que es dirigida por militantes árabes y de Uzbek, ha cultivado cuidadosamente una siniestra imagen a través de dramáticos videos y la implacable aplicación de la violencia.
Militantes vestidos de negro, con sus rostros cubiertos por pasamontañas, recorren Waziristán del Norte en sus jeeps de ventanillas polarizadas. En un video de 2011, se ve a combatientes de Khorasan controlando el tráfico debajo de unas palmeras en las afueras de Mir Ali, un notorio centro militante. Luego se los ve desplazarse hacia el centro de la ciudad repartiendo panfletos entre los tenderos, antes de ejecutar a tres hombres frente a una gasolinera.
“Espías, sus días están contados porque estamos haciendo redadas”, se oye en la banda sonora del video.
Con varias decenas de combatientes, el Khorasan colabora estrechamente con el señor de la guerra afgano Jalaluddin Haqqani, que opera en Waziristán del Norte. Una organización hermana en Afganistán es responsable de 250 asesinatos y ejecuciones, de acuerdo a la inteligencia militar estadounidense.
“Todo el mundo les tiene miedo”, dijo Mustafá Qadri, de Amnistía Internacional, que publicó recientemente un informe sobre violaciones a los derechos humanos cometidas tanto por militares como por combatientes en el cinturón tribal. “Nadie sabe quién está detrás de ellos. Pero son muy profesionales”.

Guerra de Drones
Los videos producidos por Khorasan y otras organizaciones ofrecen una dura, aunque unidimensional imagen de su caza de espías. Una revisión de veinte confesiones en video realizada por el New York Times, así como entrevistas con habitantes del cinturón tribal, sugirien que los sospechosos son en gran parte personas pobres: barberos, obreros de la construcción, inmigrantes afganos.
Las nerviosas versiones de los hombres acusados revelan dramáticas historias de espionaje: encuentros furtivos con agentes, disfrazarse de combatientes talibanes, vendedores de frutas e incluso heroinómanos, pagas de entre 150 y 450 dólares por cada ataque aéreo, y la instalación de dispositivos electrónicos de seguimiento proporcionados por agentes, a menudo envueltos en papel de aluminio de cajetillas de cigarrillo, cerca de casas y coches de fugitivos de al Qaeda.
Pero los videos también ofrecen retratos de miedo y confusión, llenos de conmovedores, incluso siniestramente cómicos momentos. Curiosamente, algunos dicen que fueron contratados por funcionarios de la inteligencia paquistaní que son identificados por nombre, contradiciendo directamente la posición oficial del gobierno de Pakistán que se opone vehementemente a los ataques con drones. Un funcionario de Inter-Services Intelligence, hablando a condición de hacerlo anónimamente, dijo que toda sugerencia de una colaboración paquistaní era “tontería”.
Claramente, las confesiones en video son orquestadas. Detrás de la cámara, un militante que no se ve aguijonea a los prisioneros a hablar. Algunos dicen que les dijeron que los dejarían en libertad si decían la “verdad”. Otros se preparan para morir. “Dígale a mis padres que le debo 250 rupias a un tipo de mi aldea”.
Hamidullah, un barbudo inmigrante afgano, dice, con voz trémula: “Por favor, después de mi muerte, páguenle lo que le debo”.
Sin embargo, la muerte no es inevitable. Suleman Wazir, un pastor de cabras de veinte años de Waziristán del Sur, dijo que los militantes lo secuestraron en septiembre por sospechas de espionaje. “Me encerraron en un calabozo y me azotaron cientos de veces. Me dijeron que moriría”, dice en una entrevista en video grabada con un intermediario en Waziristán. Pero después de algunas semanas, dice Wazir, sus parientes intervinieron a través de las autoridades tradicionales de la aldea y convencieron a los talibanes de que era inocente. Tras un pago de cinco cabras a los militantes, los combatientes lo dejaron libre, contó.
El Talibán y al Qaeda se han obsesionado con los “patrai” –una palabra local para designar un pequeño dispositivo metálico, ahora sinónimo de diminutos sistemas electrónicos que los militantes creen que usa la CIA para trazarlos. En 2009, Libi, un militante de al Qaeda, publicó un artículo ilustrado con fotografías de esos dispositivos, advirtiendo sobre sus peligros. Fue asesinado en un ataque con drone en junio, cerca de Mir Ali.
Este año, el Talibán hizo circular un video que muestra uno de esos dispositivos: un tablero de circuito electrónico de una pulgada, envuelto en plástico transparente que, cuando se lo conecta a una batería de nueve voltios, vibra con una luz infrarroja. Un portavoz de la CIA se negó a comentar sobre los detalles del programa de drones. Pero un ex agente de inteligencia, hablando a condición de conservar el anonimato, confirmó que la agencia usa esos dispositivos GPS, que se encuentran en el mercado en Estados Unidos en tiendas que abastecen a las fuerzas armadas.
Como resultado, el Talibán se está adaptando. Wali ur-Rehman, un comandante talibán, dijo en una entrevista la primavera pasada que sus combatientes habían empezado a escanear todos los vehículos con videocámaras en modo infrarrojo para detectar potenciales dispositivos de seguimiento.
Sin embargo, el Talibán puede estar sobrestimando la importancia de esos dispositivos. Un ex funcionario del gobierno de Obama, hablando anónimamente debido a que el tema es clasificado, dijo que satélites y aviones de vigilancia aérea –cuyos potentes sensores interceptan celulares, internet y radios en el cinturón tribal- proporcionan gran parte del programa de inteligencia electrónica de los drones. Otros expertos dicen que muchos informantes de la inteligencia estadounidense en Waziristán son reclutados en Afganistán, donde una base de la CIA en la provincia fronteriza de Khost fue atacada por un terrorista suicida hace tres años.
En el terreno, sin embargo, la guerra de espías ha desestabilizado todavía más una sociedad tribal ya peligrosamente debilitada por años de violencia. La paranoia sobre la profusión de chips de seguimiento ha avivado las rivalidades entre los diferentes clanes que se acusan unos a otros de plantar los dispositivos.
“La gente empieza a pensar que las otras tribus están colocando los chips. Hay mucha confusión y desconfianza en las comunidades tribales. Los ataques con drone han intensificado la desconfianza existente”, dijo el miembro de una tribu a investigadores de la Facultad de Derecho de Columbia, como parte de un estudio sobre los efectos de la campaña de asesinatos selectivos, en mayo pasado.
La brutalidad de Khorasan ha enajenado incluso a algunos de sus aliados putativos. En septiembre de 2011, Hafiz Gul Bahadur, un importante señor de la guerra de Waziristán del Norte, retiró públicamente su apoyo a la organización después de presiones de gente de la tribu por la cantidad de personas aparentemente inocentes que habían sido ejecutadas como espías. En una declaración, el Khorasan respondió que proseguiría su campaña “a cualquier coste y sin perdonar a nadie”.
Entre los cuchillos largos y la paranoia, algunos miembros de tribus creen que no hay otra opción que huir. Algunos de los acusados de espionaje huyen hacia los estados del golfo; otros se refugian en los gigantescos suburbios del puerto de Karachi. En un vecindario étnico pashtún en esa ciudad, un anciano contó cómo había huido con su familia después de la ejecución de su hijo en 2009.
“Tenía miedo de que los militantes también me mataran a mí y a mi familia”, dijo el hombre, hablando a condición de conservar el anonimato.
Sin embargo, su vida sigue en peligro, agregó, porque el Talibán creía que estaba gastando lo que dijeron que era el dinero mal habido de su hijo. Pero simplemente no es verdad, dijo el anciano. “Mi hijo era inocente”.
[Al reportaje contribuyeron Ihsanullah Tipu Mehsud, desde Islamabad; Ismail Khan, desde Peshawar, Pakistán; Zia ur-Rehman, desde Karachi, Pakistán; y Scott Shane y Eric Schmitt, desde Washington.]
9 de enero de 2013
30 de diciembre de 2012
©new york times
cc traducción @lisperguer

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