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[El surgimiento fundamentalista en África del Norte revela el lado oscuro de la primavera árabe.]

[Robert F. Worth] Cuando la rebelión lo acorralaba, el dictador libio Moamar al-Gadafi advirtió que si él caía, el caos y la guerra santa se apoderarían de África del Norte. “La gente de bin Laden vendrá a pedir rescate por tierra y por mar”, dijo a periodistas. “Retrocederemos en el tiempo a la época de Barba Roja, de los piratas, de los otomanos exigiendo rescate por los botes”.
Eso dijo el coronel Gadafi en 2009. Sus advertencias antes de su derrocamiento y asesinato en 2011 sonaban dramáticas, pero demostraron su veracidad ahora que la región se ha convertido en terreno propicio para el trabajo de los yihadistas.
En los últimos días, esa surrealista profecía ha adquirido una tenebrosa y nueva actualidad. En Mali, paracaidistas franceses llegaron este mes a combatir las fuerzas de los combatientes yihadistas que ya controlan un área que es dos veces el tamaño de Alemania. En Argelia, un bandido musulmán tuerto organizó la osada ocupación de una instalación internacional de gas, tomando rehenes entre los cuales más de cuarenta estadounidenses y europeos.
Apenas cuatro meses después de que el embajador estadounidense fuera asesinado por yihadistas en Libia, esos ataques han contribuido a la sensación de que África del Norte –durante largo tiempo una zona durmiente de al Qaeda- se está convirtiendo en otra zona de peligrosa inestabilidad, como Siria, escenario de una guerra civil cada vez más cruenta. El caso en esta vasta región desértica tiene muchas raíces, pero es también un aleccionador recordatorio de que el eufórico derrocamiento de los dictadores en Libia, Túnez y Egipto tiene un precio.
“Es uno de los lados más oscuros de las rebeliones árabes”, dijo Robert Malley, director para Oriente Medio y África del Norte del Grupo Internacional Crisis. “Ideológicamente, su naturaleza pacífica puede haber perjudicado a al Qaeda y sus aliados, pero logísticamente, en términos de la nueva porosidad de las fronteras, la expansión de las zonas ingobernables, la proliferación de armas, la desorganización de la policía y los servicios de seguridad en todos estos países –es un verdadero boon para los yihadistas”.
No es probable que la crisis en Mali termine pronto. Los militantes se están infiltrando entre los lugareños y atrincherándose en sus fortificaciones. También podría poner a prueba los frágiles nuevos gobiernos de Libia y sus vecinos, en una región donde cualquier intervención militar occidental despierta dolorosos recuerdos coloniales y ofrece un grito de guerra para los islamitas.
Y se produce en momentos en que las potencias mundiales luchan con la guerra civil en Siria, donde otro autócrata árabe está advirtiendo sobre las tenebrosas fuerzas que se desatarían si él cayera.
Incluso en momentos en que funcionarios del gobierno de Obama han jurado dar caza a los terroristas de Argelia, se enfrentan al nuevo reto de un paisaje complejo desalentadoramente yihadista en todo el norte de África que contradice el fácil etiquetado de “al Qaeda”, con múltiples facciones operando entre grupos étnicos, clanes y redes criminales yuxtapuestas.
Los intentos para identificar y castigar a los responsables del ataque en Bengasi, Libia, donde el embajador J. Christopher Stevens fuera asesinado en septiembre, se han atascado en medio de una confusión similar. La comisión independiente que está investigando el ataque en Bengasi responsabilizó a las agencias de espionaje de Estados Unidos por no entender las numerosas milicias de la región, “que están constantemente disolviéndose, dividiéndose y volviéndose a estructurar”.
Aunque ha habido algunos indicios de alianzas transfronterizas entre los militantes, esos vínculos parecen ser fugaces. Y sus objetivos son a menudo los que ofrecen la oportunidad, como parece que fue el caso en Bengasi y en las instalaciones de gas en Argelia.
A largo plazo, el gobierno de Obama y muchos analistas no se ponen de acuerdo sobre qué tipo de amenaza representa para Estados Unidos la explosión de militancia islámica en todo el norte de África. Algunos han llamado a un rol estadounidense más activo, observando que la toma de rehenes en Argelia demuestra lo difícil que puede ser evitar implicarse.
Otros advierten contra una respuesta demasiado muscular. “Impone un marco transnacional encima de lo que es en lo fundamental un conjunto de situaciones locales, y corremos el riesgo de ser caracterizados más como enemigos de lo que lo seríamos de otro modo”, dijo Paul R. Pillar, de la Universidad de Georgetown, y ex analista de la CIA.
En cierto sentido, tanto la crisis de los rehenes en Argelia como la guerra en Mali son consecuencias de la caída del coronel Gadafi en 2011. Como otros dictadores de la región, el coronel Gadafi mantuvo a raya a las varias facciones étnicas y tribales de su país, sea recurriendo a una represión brutal, sea cooptándolas para que lucharan por el gobierno. Actuó como una tapa, manteniendo reprimidos los elementos volátiles. Una vez que se removió esa tapa, y las fronteras que habían sido implementadas por gobiernos poderosos se convirtieron en porosas, hubo mayor libertad para que varios grupos –rebeldes, yihadistas o criminales- se unieran e hicieran causa común.
En Mali, por ejemplo, están los tuaregs, un pueblo nómade étnicamente distinto tanto de los árabes, que forman los países del norte, como de los africanos, que habitan en el sur de Mali y controlan el gobierno nacional. Lucharon por el coronel Gadafi en Libia, luego cruzaron de vuelta la frontera este otoño, uniéndose a grupos islámicos para formar una fuerza de combate mucho más formidable. Con ellos aportaron armamento pesado y la nueva determinación de derrocar al gobierno de Mali, contra el que llevan combatiendo intermitentemente durante décadas en una guerra en gran parte secular por mayor autonomía.
Incluso el ataque contra el yacimiento de gas en Argelia –que ocurrió cerca de la frontera libia y puede haber implicado la participación de paramilitares libios- refleja el caos que ha prevalecido en Libia en los últimos dos años.
Sin embargo, la caída del coronel Gadafi fue sólo el momento crítico, dicen algunos analistas, en una región donde el caos se ha intensificado en los últimos años, y los hombres que luchan bajo la bandera de la guerra santa se han hecho con enormes reservas de dinero gracias al contrabando y otras actividades criminales. Si la retórica de los militantes islámicos que luchan ahora en el norte de África enfatiza la guerra santa, la realidad a menudo se acerca más a una guerra entre pandillas criminales que compiten en una región donde la autoridad del gobierno ha sido durante mucho tiempo prácticamente inexistente.
Entre esas figuras, destacan dos nombres: Mokhtar Belmokhtar, el señor de la guerra que condujo el ataque contra el yacimiento de gas argelino, y Abdelhamid Abu Zeid, líder de la rama norafricana de al Qaeda.
“La fuerza motriz detrás del yihadismo en la región del Sahara es la competencia entre Abu Zeid y Belmokhtar”, dijo Jean-Pierre Filiu, analista de Oriente Medio del Instituto de Estudios Políticos de París.
Belmokhtar ha generado millones de dólares para el grupo al Qaeda mediante el secuestro de occidentales y el contrabando de tabaco, que le ganó uno de sus apodos como “Mr. Marlboro”. Pero Belmokhtar debe obedecer órdenes, y el año pasado su rival lo expulsó de la organización, dijo Filiiu.
“Belmokhtar se ha vengado organizando el ataque contra el yacimiento de gas argelino, y es una suerte de golpe maestro: ha demostrado su capacidad”, dijo Filiu.
Ambos hombres provienen de Argelia, un semillero del extremismo islámico. Al Qaeda en el Magreb Islámico, como se conoce la rama regional, se originó entre islamitas argelinos que lucharon contra su gobierno durante el sangriento conflicto civil en los años noventa en ese país.
El autoritario gobierno de Argelia es considerado ahora como un intermediario crucial por Francia y otros países occidentales que se enfrentan a militantes islámicos en África del Norte. Pero los argelinos se han mostrado reluctantes a implicarse demasiado en una campaña militar que podría ser demasiado arriesgada para ellos. La acción internacional contra la ocupación islamita en el norte de Mali podría empujar a los militantes de regreso al sur de Argelia, donde empezaron. Eso echaría por tierra años de sangrienta guerra de las fuerzas armadas de Argelia, que lograron en gran parte mantener a los yihadistas fuera de sus fronteras.
Los argelinos tampoco tienen demasiada paciencia con lo que ven como la ingenuidad occidental sobre la primavera árabe, dicen analistas.
“Su actitud fue de, ‘Por favor, no intervengan en Libia o crearán otro Iraq en nuestras fronteras’”, dijo Geoff D. Porter, experto en Argelia y fundador de North Africa Risk Consulting, que asesora a inversionistas en la región. “Y entonces, ´Por favor no intervengan en Mali o crearán un caos en nuestra frontera’. Pero fueron desechadas como pesimismo y ahora Argelia dice a Occidente: ‘Maldición, les dijimos lo que pasaría’”.
Aunque las fuerzas armadas francesas que están luchando ahora junto con el ejército de Mali planean retomar la caótica zona del norte de Mali, en los últimos dos años se han concentrado en gran parte en el adiestramiento de una fuerza militar africana, y tratando de aproximarse con negociaciones a algunos de los elementos más susceptibles entre los insurgentes.
Algunos en Mali y Occidente han invertido esperanza en Iyad Ag Ghali, un tuareg dirige Ansar Dine (Defensores de la Fe), una de las principales organizaciones islámicas. Ghali, que se dice es oportunista, era el vínculo ideológico entre los conservadores islámicos de al Qaeda en el Magreb Islámico y la organización nacionalista tuareg más laica conocida como el Movimiento Nacional por la Liberación de Azawad.
Pero de momento las negociaciones no han conducido a ninguna parte, dejando a las autoridades de Mali y sus interlocutores occidentales con poco entre las manos, excepto las fuerzas armadas.
[David D. Kirkpatrick contribuyó al reportaje desde El Cairo, y Mark Mazzetti y Eric Schmitt desde Washington.]
17 de febrero de 2013
20 de enero de 2013
©new york times
cc traducción @lisperguer

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