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[Nueva York, Estados Unidos] [Escuadrones secretos ultra-ortodoxos de Brooklyn imponen lo que consideran decencia. Policía moral. Maniquíes con cabeza pero sin cara en Lee Avenue, Brooklyn, donde las tiendas de ropa femenina han sido amenazadas si persisten en usar maniquíes.]

[Joseph Berger] La tendera de Brooklyn ya había vuelto a casa por la noche cuando sonó su teléfono: un hombre que dijo que era de un “comité de las buenas costumbres” del vecindario estaba preocupado de que los maniquíes en la vitrina de su tienda, utilizados para exhibir ropa femenina, pudieran excitar –sin tener la intención- a los hombres y niños que pasaran por la acera.
“El hombre dijo: ‘Hágale un favor al barrio y sáquelos de la vitrina’”, recordó la gerente de la tienda. “’Estamos tratando de proteger a nuestra comunidad’”.
En muchos barrios, el dueño de una tienda se encogería de hombros si recibiese una llamada semejante. Pero en Lee Avenue, la arteria comercial de Williamsburg, un barrio judío ortodoxo, el aviso implicaba una amenaza: acate las normas de la comunidad o desaparezca. Es una amenaza potente en un barrio donde misteriosos escuadrones de la decencia, a veces autonombrados, utilizan su influencia social y económica para imponer conformidad con sus normas.
El dueño reflexionó uno o dos días sobre la petición. Finalmente decidió obedecer. “Podemos vender sin maniquíes, así que podemos hacer lo que quieren”, dijo el dueño a la gerente, que pidió no ser identificada por miedo a las represalias.
En el cerrado mundo de los judíos ultra-ortodoxos, los miembros de la comunidad conocen las reglas del recato tan bien como los banqueros de Wall Street, que van a trabajar con un traje de Brooks Brothers. Las mujeres llevan faldas largas y blusas de cuello alto y mangas largas; en verano, los hombres no llevan Bermudas. Las escuelas prescriben el color y el grosor de las medias de las chicas.
Las reglas son explícitas e implícitas, implementadas por la presión social, pero también de modos que algunos encuentran crecientemente inquietantes, por los comités de la decencia. Su poder es evidente en el hecho de que la media docena de tiendas de ropa de mujer en Lee Avenue, sólo una muestra maniquíes, y estos son relativamente amorfo s, con los torsos completamente cubiertos.
Los grupos han sido durante mucho tiempo parte de la vida diaria de las comunidades ultra-ortodoxas que salpican Brooklyn y otros rincones del mundo judío. Pero emergieron a la luz pública con el juicio de Nechemya Weberman, un prominente miembro del movimiento satmar en Brooklyn, que la semana pasada fue sentenciado a 103 años de cárcel después de ser condenado por abusar sexualmente de una niña que le habían enviado para que la orientara.
Weberman, un psicólogo no titulado, declaró durante su juicio que niños y niñas –aunque no su acusador- eran enviados regularmente a su consulta por un comité de la decencia ultra-ortodoxo preocupado por lo que veía como vestuario y conductas inapropiadas.
Los detalles fueron asombrosos: un testigo de la defensa de Weberman, Baila Gluck, declaró que hombres enmascarados que dijeron que representaban a un comité de la decencia del pueblo hasídico de Kiryas Joel, Nueva York, a ochenta kilómetros al noroeste de la Ciudad de Nueva York, hace siete años entraron violentamente a su dormitorio y confiscaron su celular.
El fiscal de distrito de Brooklyn, Charles J. Hynes, que dirigió el caso Weberman, ha recibido denuncias de que miembros de un comité del pudor entró violentamente a su casa en el vecindario y confiscó un iPad y un ordenador considerados inapropiados para niños ortodoxos, dijeron funcionarios. También se han conocido denuncias de que un comité de la decencia amenazó con humillar públicamente a un hombre casado que estaba engañando a su mujer, a menos que pagara a los miembros para lo que describieron como terapia.
“Funcionan como la mafia”, dijo el rabí Allan Nadler, director del programa de estudios judíos de la Universidad Drew en Madison, Nueva Jersey.
El rabí Nadler, que declaró en el juicio de Weberman, dijo que los comités de la decencia no tienen dirección ni tarjetas de visita ni papel carta, y que pocos parecen saber dónde se originaba su autoridad, aunque era dudoso, dijo, que pudieran continuar operando sin la bendición tácita de los rabíes.
“Entran a una tienda y dicen que sería una pena que se rompiera tu vitrina o que perdieras tu clientela”, dijo. “Podrían decirle al padre de una chica que lleva una falda demasiado corta y que, digamos, es dueño de una tienda: ‘Si quiere vender alguna vez un par de zapatos, hable con su hija’”.
En Israel se han conocido episodios parecidos. Aunque no estuvo implicado abiertamente ningún grupo de policía moral, hubo indignación cuando fanáticos ultra-ortodoxos escupieron e insultaron a una niña de ocho años por ir a la escuela cruzando su vecindario con un vestido que consideraron indecente.
En Brooklyn, el miembro de la Asamblea, Dov Hikind, que ha representado al marcadamente hasídico vecindario de Borough Park durante treinta años, dijo que no ha visto nunca a un miembro del comité, pero que “hay un montón de operadores independientes que creen que están protegiendo a Dios y hacen este tipo de cosas, y eso es enfermizo y nos deja mal parados a todos”.
“Si quieres fomentar la decencia”, agregó, “haz lo que tienes que hacer, pero cuando me la metes en mi garganta, físicamente, eso nos ofende y nos hace daño”.
Líderes ultra-ortodoxos contienden que los comités de las buenas costumbres no son otra cosa que individuos autonombrados que, indignados por algo que perciben como infracción, toman los asuntos en sus propias manos.
“Son individuos que han decidido montar su propia cruzada”, dijo el rabí David Niederman, que como presidente de la Organización Judía Unida de Williamsburg es de vez en vez portavoz del movimiento satmar. “Vemos carteles diciendo a la gente lo que deben hacer. Pero no representan a ningún organismo autorizado”.
Pero muchos judíos ultra-ortodoxos dicen que han visto u oído que un misterioso grupo de hombres trata de presionar a los padres para que repriman a sus hijas si llevan faldas muy cortas o medias muy delgadas, o que chatean en el celular con amigos del sexo opuesto. Una familia denunció haber sido hostigada porque la esposa había salido de casa con una bata en lugar de un vestido largo.
Aunque muchas de las reglas de conducta son anunciadas en volantes yiddish pegados en árboles, farolas y murallas, residentes de vecindarios judíos ortodoxos dicen que algunos dueños de tienda han recibido rudas advertencias verbales de un comité de la decencia para que dejen de vender revistas que muestran fotos consideradas demasiado reveladoras o artículos que ponen en duda la creencia del movimiento satmar de que Israel no debería haber existido sino después de la llegada del Mesías.
El Congreso Central Rabínico de Estados Unidos y Canadá, además de certificar la calidad kosher de los alimentos y resolver disputas matrimoniales y comerciales, a veces recuerda a la comunidad satmar las reglas sobre las buenas costumbres de la comunidad. Está compuesto por decenas de rabíes, pero tiene una dirección –en el segundo piso de una casa pareada de Williamsburg- y firma todos los edictos que emite.
“Publicamos nuestras proclamas”, dijo el rabí Yitzchok Glick, su director ejecutivo. “No las implementamos. La gente debe decidir mantener o no los principios religiosos. No podemos encarcelar a nadie por exigir su observancia”.
Pero judíos ultra-ortodoxos entrevistados dijeron que esos escuadrones eran ilegales.
“Hay algunos hombres, especialmente en Williamsburg, que se consideran a sí mismos como la policía de Dios”, dijo Yosef Rapaport, periodista hasídico.
“Son personas entrometidas, y hay algunos fanáticos que se imponen la tarea de implementar sus reglas. La gente cree que están locos, pero nadie quiere enfrentarlos”.
21 de febrero de 2013
30 de enero de 2013
©new york times
cc traducción @lisperguer

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