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[Trípoli, Libia] [Durante el fin de semana, Libia celebró el segundo aniversario del inicio de la rebelión que derrocó a Moamar al-Gadafi. La violencia que muchos temían fue evitada, pero esto no debería ser motivo de complacencia. En la foto, fuerzas de seguridad en Bengasi el domingo, el segundo aniversario de la campaña que derrocó a Gadafi.]

[Christopher S. Chivvis] Se está acabando el tiempo para definir el futuro de Libia. El gobierno de Libia no funciona, las organizaciones paramilitares controlan gran parte del país y la población se siente cada vez más frustrada con el ritmo del progreso durante la posguerra. Los libios y los actores internacionales deben actuar ahora para evitar deslizarse nuevamente en una guerra civil.
Caminando por las calles de Trípoli, las amenazas a la seguridad de Libia se pueden exagerar fácilmente. Puedes disfrutar de una taza de café en una pintoresca cafetería mediterránea. No se ven ni tanques ni armas.
Pero si haces preguntas incorrectas en esa cafetería te puedes meter en problemas con una milicia. En el Parlamento, ex rebeldes armados intimidan a los legisladores, recordándoles el poder de la calle.
Cuando hablan de la situación en Bengasi, los libios –incluyendo a miembros del Parlamento- son marcadamente pesimistas. Ansar al-Shariah, la milicia responsable de los ataques contra la delegación diplomática de Estados Unidos en esa ciudad, todavía es fuerte y apela terriblemente a los jóvenes desempleados.
El gobierno tiene un poco de control sobre la seguridad en Trípoli, pero ninguno fuera de la ciudad. En el otoño pasado, el gobierno fue incapaz de detener los enfrentamientos en la cercana Bani Walid, que estaba siendo sitiada por los paramilitares de Misurata. En el sur, las tribus están peleando por territorio y cuando el ministro de Defensa se acercó para negociar un acuerdo de paz, fue atacado en su hotel. Ahora que los insurgentes se retiran de Mali ante la llegada de las tropas francesas, probablemente harán la situación más peligrosa.
El gobierno ha decretado la ley marcial y ha cerrado las fronteras. Pero sin un ejército, estos pronunciamientos son difícilmente realistas. Las fronteras son porosas y en el este se reporta una reciente llegada de “extranjeros” con fines sospechosos. Al mismo tiempo, los extremistas han encontrado un suelo fértil para el reclutamiento entre los jóvenes decepcionados.
Varios libios con los que yo y un colega hablamos hace poco, incluyendo a parlamentarios, reconocieron que un grupo de extremistas se había atrincherado en las afueras de Derna, al este de Bengasi. En Bengasi, la situación es sólo marginalmente mejor. Ansar al-Sharia sigue siendo fuerte, pese a las protestas de la población local. Informes de prensa han asociado a los extremistas del este con los atentados terroristas de Mokhtar Belmokhtar en enero en Argelia.
Un legislador del este nos dijo que la policía en su ciudad no se atreve a usar uniforme. Los ataques contra funcionarios en Bengasi han pasado de ser ajustes de cuentas de la época de Gadafi a lo que podría ser un intento coordinado de desestabilizar el país.
Mientras más se prolonguen estas condiciones, más se enquistarán los extremistas. Restaurar la seguridad en el este será reconocidamente más difícil, dada la lamentable capacidad del gobierno libio y las crecientes restricciones impuestas a los diplomáticos extranjeros que están bajo constante amenaza de ser atacados. Sin embargo, un nuevo intento de cooptar tantas milicias y líderes tribales como sea posible, restaurar la credibilidad del gobierno en Trípoli, reforzar el control de las fronteras y mejorar las condiciones económicas en la región, debe empezar cuanto antes.
Mientras más tiempo tome, más grande la posibilidad de que Libia termine atrapada en un prolongado ciclo de violencia y caos político. Esto sería desastroso para los libios y para todos los que ayudaron a poner fin al gobierno de Gadafi.
[Christopher S. Chivvis es politólogo en la RAND Corporation y autor del libro de próxima aparición, ‘Toppling Qaddafi’.]
1 de marzo de 2013
19 de febrero de 2013
©new york times
cc traducción @lisperguer

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