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[J. Malcolm Garcia] [Un joven combatiente del Ejército Libre de Siria en un puesto de control, sentado en un sofá sustraído de una casa abandonada. Acunó su Kalashnikov y esperó en la calle desierta a que pasara un coche para revisarlo, o un peatón, para registrarlo. Si sólo el futuro de Siria se le revelara con igual facilidad.]

Los rebeldes del Ejército Libre de Siria no dudan de que finalmente derrocarán al presidente Bashar al-Assad, pero no tienen ni idea de qué vendrá después: ¿una democracia? ¿una república islámica? ¿una dictadura islámica? Los combatientes con los que me reuní en una visita reciente aquí no fueron capaces de articular ninguna visión política de largo plazo.
Mientras el joven rebelde espera en su puesto de control, y mientras los estadounidenses continúan debatiendo sobre si intervenir en Siria o simplemente hacer la vista gorda, los militantes islámicos están explotando la incertidumbre que reina aquí. Tienen una misión clara: imponer un estado islámico en lugar de Assad.
“La gente que cree en un islam estricto hará cualquier cosa, luchará contra todo el mundo, hará cualquier cosa por el islam”, me dijo un barbero que hace poco volvió a abrir las puertas de su negocio. “Son como las fuerzas especiales de Estados Unidos. Les gusta más la muerte que la vida”.
Los militantes de base de los islámicos con los que hablé, eran una mezcla de musulmanes fundamentalistas piadosos, comerciantes que habían retornado y trataban de llegar a fin de mes, parientes de combatientes caídos del Ejército Libre de Siria y algunos combatientes.
Insistieron en que querían un islam “puro”, no un gobierno al estilo talibán, para remplazar al régimen de la familia Assad, que ha gobernado Siria desde 1971. Pero ofrecieron ejemplos de pureza que sonaban talibanescos: las mujeres debían cubrirse completamente; todo el mundo debía orar cinco veces al día; se prohibiría el baile; y se tolerarían diferentes interpretaciones del islam, provisto que esas creencias permanecieran “secretas” –una política del estilo “no preguntes, no digas nada”.
Lo que los fundamentalistas sí transmitieron, sin embargo, fue un firme sentido de dirección. También se las han arreglado para proporcionar los muy necesarios servicios sociales en los barrios controlados por los rebeldes en Alepo.
Quizá su determinación y eficiencia tenían la intención de silenciar cualquier escrúpulo sobre sus objetivos últimos; si fue así, la táctica parece estar funcionando. Del mismo modo que los afganos acogieron a los talibanes en los años noventa –no por su interpretación estricta del islam, sino por la perspectiva de un respiro después de décadas de dislocación-, algunos musulmanes suníes en esta antigua y multiétnica ciudad están ahora acogiendo a los islámicos simplemente porque están hartos del conflicto, que ya lleva dos años.
“Yo tenía una tienda”, me dijo un hombre. “Pero cuando la rebelión llegó a Alepo, no pude remplazar mi stock, así que vendí todo. Ahora las organizaciones juveniles islámicas nos dan harina. Necesitamos pan, simplemente para vivir. Apoyamos al Ejército Libre de Siria, pero los islámicos nos dan de comer”.
Si el Occidente y los países árabes moderados quieren impedir que una dictadura al estilo talibán remplace al actual gobierno baathista, es hora de que ofrezcan más esperanza a los sirios. Los sirios con los que me reuní parecían estar dispuestos a apoyar a cualquiera, o a hacer cualquier cosa –excepto negociar con Assad- que pudiera devolverles la vida que llevaban.
Naciones Unidas informó hace poco que cifras sin precedentes de sirios han entrado a Jordania y Líbano. Pero hacia fines de enero, el fondo de Naciones Unidas para los refugiados sirios había recaudado menos del veinte por ciento de los 1.1 mil millones de dólares que necesitaba de países donantes para ocuparse de los refugiados. E incluso ese dinero no alcanzaría para ocuparse de las destruidas ciudades sirias y de su arruinada economía, incluso si la guerra terminara hoy.
Así que los sirios se sienten abandonados y cada vez más escépticos de las expresiones de preocupación de Occidente.
“¿Por qué intervinieron los estadounidenses en Libia, pero no en Siria?”, preguntó Abu-Mohammad al-Husen, un comandante en el Ejército Libre de Siria. “En mi opinión, Estados Unidos quiere mantener la guerra para que Al-Assad no pueda tener un ejército con el que atacar a Israel. A Estados Unidos solo le preocupa Israel. Es por eso que decimos que sólo Alá y los yihadistas nos apoyan”.
Entretanto, los soldados del Ejército Libre de Siria parecen contentos con librar una guerra cuyo término no está a la vista.
Una tarde acompañé a un comandante rebelde cuando bombardeaba un edificio ocupado por soldados sirios. Después de que él y sus hombres huyeran de la zona gritando “¡Dios es grande!”, volvió a casa donde le esperaban su mujer e hijos y consideró ver el DVD de ‘El Señor de los Anillos’ [Lord of the Rings]. No tenía ningún plan para después del ataque. “Seguiremos posiblemente mañana”, me dijo, “cuando no nos esperen”.
Su estrategia se basaba en una lógica algo torcida, supongo. ¿Para qué apresurarse? Sin la guerra, sin armas, muchos de estos combatientes probablemente estarían desempleados o en la escuela. No se puede negar su valentía y su pasión, pero mientras más dure la guerra, más tiempo tendrán algo que hacer. “No sé qué va a pasar cuando termine la guerra”, me dijo Akran Ahmed, un combatiente de dieciséis años. “Simplemente tengo mi arma”.
La creencia de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo ha permitido que el Ejército Libre de Siria y los fundamentalistas cooperen, pero solo de momento. La decepción sobre la postura estadounidense parece crecer día a día. “Allá no le importa a nadie”, dijo Khaled Sandah, 49, cuyo hijo, un rebelde, murió en la guerra. “Sólo hablan y hablan”. Agregó: “Continuaremos con nuestro poder y nuestras armas y Alá. La victoria será solo nuestra y tendremos libertad y un país islámico”.
[J. Malcolm García, periodista independiente y ex asistente social, es autor de ‘The Khaarijee: A Chronicle of Friendship and War in Kabul’.]
1 de marzo de 2013
15 de febreo de 2013
©new york times
cc traducción @lisperguer

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