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[Budapest, Hungría] [Hungría empleará impuestos para fomentar hábitos alimentarios más sanos. La imagen muestra una venta de salchichas en Budapest. Casi dos tercios de la población húngara sufren de sobrepeso o son obesos.]

[Suzanne Daley] Gizella Beres Devenyi, que trabaja como cajera en la charcutería Zena en un barrio popular aquí, dice que es fácil ver cómo funciona el nuevo impuesto a la sal en Hungría.
Los tenderos dicen que las ventas de algunos alimentos salados y azucarados han bajado, pero los jóvenes siguen consumiendo tentempiés similares, y bebidas azucaradas.
“Los niños pasan por aquí después de clases y compran bolsas de patatas fritas, y cuando les decimos el precio, las ponen de vuelta en el estante”, contó Devenyi. “Estamos vendiendo cerca del diez por ciento menos de algunas marcas”.
Mientras el alcalde Michael R. Bloomberg ha subido el impuesto al tabaco y tratado de prohibir los refrescos de un litro en Ciudad de Nueva York, ni él ni el resto de Estados Unidos han adoptado los impuestos como un modo de fomentar hábitos alimentarios más sanos. En Europa, por otro lado, se ha convertido en una cubeta de laboratorio para toda una gama de estrategias para gravar los alimentos, con un puñado de países gravando artículos como los refrescos azucarados, los quesos grasosos y las patatas saladas, y otros lo están considerando.
Francia, Finlandia, Dinamarca, Gran Bretaña, Irlanda y Rumania han todos aprobado impuestos a los alimentos o están discutiendo la posibilidad.
Pero quizá ningún país está tratando con más ahínco que Hungría, que ha gravado en los últimos dieciocho meses la sal, el azúcar y los ingredientes en las bebidas energéticas, con la esperanza de elevar la recaudación fiscal y obligar a los que comen de manera poco sana a pagar un poco más por el desfinanciado seguro médico del país.
De visita en los mercados de Budapest, no es difícil ver por qué. Claro, se venden algunas verduras. Pero son de lejos superadas por los pasteles, grasosos salchichones y gruesas lonjas de tocino, que se comen con cebollas al desayuno. Casi dos tercios de los húngaros sufren de sobrepeso o son obesos, y el país tiene el consumo de sal per cápita más alto de la Unión Europea.
Como resultado, Hungría tiene una de las esperanzas de vida al nacer más bajas de la Unión Europea: en 2011, apenas 71.2 años para los hombres, y 78.7 para las mujeres. En 2009, las estadísticas disponibles más recientes para los veintisiete miembros del bloque, la esperanza de vida promedio en la unión era de 76.6 años para los hombres, y 82.6 años para las mujeres.
“Tenemos una crisis de salud pública”, dijo Miklos Szocska, ministro de Salud, explicando la lógica de los nuevos impuestos, que el año pasado recaudaron cerca de 77.8 millones de dólares. “Encabezamos los rankings de muchos tipos de enfermedades. Así que los que viven manera poco sana, deberían pagar algo más”.
Muchos nutricionistas dicen que el gravamen es una poderosa herramienta que ha sido efectiva en campañas para reducir el consumo de alcohol y tabaco. Pero persisten los interrogantes sobre cómo hacerla funcionar cuando se trata de cambiar los hábitos alimentarios.
¿Deberían los impuestos combinarse con subsidios para la producción de frutas, verduras y carne magra especialmente barata? ¿Esto mejorará la dieta o solo la cambiará? ¿Y quiénes serán los afectados? ¿Los que sufren de sobrepeso? ¿O los pobres?
“Lo que hay que hacer es buscar la mejor manera de modificar la conducta”, dijo el doctor João Breda, director del programa de nutrición, actividad física y obesidad de la Oficina Regional Europa de la Organización Mundial de la Salud, que publicará pronto un informe sobre el tema. “Y lo están haciendo gobiernos de todas las tendencias, desde de izquierdas hasta del centro y de derechas”.
Pero los críticos señalan que el nuevo interés en los impuestos coincide justamente con duros tiempos económicos en Europa. Algunos dicen que los impuestos son motivados tanto por el objetivo de elevar la recaudación fiscal de una manera políticamente aceptable como por la promoción de hábitos más sanos. Y les preocupa que, de hecho, los impuestos perjudiquen más a los pobres.
Un intento de subir los impuestos sobre las grasas saturadas fracasó espectacularmente. En octubre de 2011, Dinamarca se convirtió en el primer país en instituir el impuesto, subiendo el precio de la carne, los lácteos, los aceites y las grasas comestibles, la margarina y otras pastas para untar, entre otros artículos. Partidarios del impuesto pensaban que Dinamarca estaba perfectamente preparada para hacer que el impuesto funcionara, porque ya conocía un riguroso sistema de etiquetado, una administración eficiente y las empresas estaban acostumbradas a hacer este tipo de ajustes.
Pero apenas un año después, Dinamarca derogó el impuesto. Al final, dicen los expertos, el intento fue socavado por guerras políticas, presiones de la industria alimentaria y una población que aprendió rápidamente a cruzar la frontera alemana para adquirir los productos que quería.
Sin embargo, muchos funcionarios de la salud dicen que incluso los intentos fallidos son un paso adelante en el desarrollo de estrategias fiscales que modificarán los hábitos alimentarios en un continente que ha tenido un aumento en las tasas de obesidad en los últimos años, aunque todavía están muy por debajo de las tasas en Estados Unidos.
En Estados Unidos, gran parte de la iniciativa para fomentar dietas más sanas proviene de campañas de concientización. La primera dama, Michelle Obama, ha adoptado la causa de la comida sana, y en los últimos años, con la ayuda de algunos incentivos federales, muchas escuelas han adoptado una postura dura sobre los almuerzos que sirven.
Pero probablemente el adalid más polémico de la comida sana ha sido Bloomberg, cuyos esfuerzos en Ciudad de Nueva York lo han convertido en una especie de celebridad en Europa. El alcalde ha prohibido las grasas trans, terminado con la venta de refrescos en máquinas expendedoras en las escuelas, exigido que los restaurantes informen sobre el contenido en calorías [de los platos de sus cartas de menú] y últimamente ha tratado de limitar el tamaño de los refrescos azucarados que se venden en los restaurantes de la ciudad, puestos callejeros y teatros. Ese esfuerzo actualmente ha sido impugnado en tribunales por la industria de las bebidas estadounidense.
Europa está mucho más dispuesta a aceptar la intervención gubernamental. Antes de que se impusieran los nuevos impuestos en Hungría, algunas encuestas mostraban que los húngaros estaban a favor de utilizar los impuestos para impulsar hábitos alimentarios más sanos. Pero muchos parecen haberse amargado con la idea, la que consideran como otra adversidad en tiempos difíciles.
La decisión de gravar los alimentos en Hungría empezó de manera ambigua. Primero el impuesto fue apodado el “impuesto a la hamburguesa” e incluía la idea de un gravamen sobre la comida rápida. Pero el intento fue más tarde rebautizado como “impuesto a los chips”, pasando completamente por alto el tema de la grasa, un cambio que muchos atribuyen a las presiones de corporaciones multinacionales. Y al final, los impuestos fueron aplicados solo a los alimentos envasados, haciendo más fácil su implementación. Las tasas varían dependiendo del grupo de alimentos: agregando, por ejemplo, cerca de trece centavos al precio de una barra de chocolate de cien gramos, o casi 115 gramos, o cerca de veinte centavos a una bolsita de patatas fritas.
Pero muchos húngaros no creen que los impuestos estén funcionando y consideran el intento fundamentalmente como un instrumento de recaudación de impuestos, instituido después de que el gobierno conservador introdujera un impuesto al ingreso, que provocó un enorme agujero en el presupuesto.
Los adolescentes en la tienda de Devenyi pueden haber renunciado las patatas fritas caras, pero tampoco están comprando manzanas. En su mayor parte, están escogiendo tentempiés similares que son más baratos, sea porque tienen menos sal o porque están fabricados con ingredientes incluso más baratos.
“El impuesto a los alimentos es un chiste”, dijo la señora Devenyi.
Las ventas de alimentos salados y azucarados han disminuido el año pasado, dijeron funcionarios. Pero es difícil determinar si los impuestos tienen mucho que ver con ello. Los húngaros, tratando de sobrevivir con un alto desempleo y una economía en recesión, el año pasado compraron menos de todo.
Masek Lajor, que tiene un puesto en el mercado de la Plaza Rakoczi, dijo que la mayoría de sus clientes no estaban particularmente conscientes de los impuestos especiales sobre productos como las sopas en polvo, los jamones y los chocolates, porque el gobierno había subido el impuesto a la venta casi al mismo tiempo, haciendo mucho más cara la compra. Antes, Lajor vendía solamente pollos. Dijo que tuvo que ampliar su inventario porque los húngaros no podían comprar muchos pollos en estos días. Se ha especializado en productos próximos a expirar y, a precios reducidos, se venden rápidamente.
“Todo el mundo anda buscando ofertas”, dijo.
El gobierno esperaba recaudar veinte mil millones de forintos, cerca de 88 millones de dólares, por el impuesto a los alimentos del año pasado, y bajó en tres mil millones de forintos, o cerca de trece millones de dólares. Una razón fue que los fabricantes de bebidas energéticas cambiaron rápidamente sus productos para eludir el impuesto. En una especie de juego del gato y el ratón, el gobierno ha reformulado su impuesto para ponerse al día con ellos y espera recaudar más dinero el próximo año.
Pero expertos dicen que la reformulación es uno de los objetivos del impuesto a los alimentos. Si un fabricante baja el contenido de sal para eludir los impuestos, por ejemplo, se logra con ello el objetivo. En esto el impuesto a los alimentos es diferente al impuesto al tabaco y al alcohol.
Sin embargo, la industria alimentaria de Hungría no cree que el gobierno esté interesado en la reformulación porque les dieron poco tiempo para ajustarse al impuesto.
“La industria estaba consternada”, dijo Reka Szollosi, secretario de la Asociación de Productores de Alimentos de Hungría. “Prácticamente no hubo ninguna consulta antes de que decidieran sobre estos impuestos. Y sacar la sal de un producto puede tener graves consecuencias técnicas. En muchos casos, sirve como conservante”.
Szollosi dice que gran parte de la sal que consumen los húngaros en realidad no proviene de los alimentos preparados sino de la sal agregada a la comida en casa. Dijo que los impuestos en realidad enviaron la señal equivocada, sugiriendo a la gente que podrían afectar de modo significativo el consumo de sal simplemente evitando los artículos gravados.
“La gente no está consciente”, dijo. “Así que ahora se están diciendo a sí mismos: ‘O.K., si no como chips, estoy bien’, y eso es incorrecto”.
[Michael M. Grynbaum contribuyó al reportaje desde Nueva York, y Gabriella Horn desde Budapest.]
5 de marzo de 2013
3 de marzo de 2013
©new york times
cc traducción @lisperguer

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