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[Khliehriat, India] [Pese a que está prohibido. En la imagen, un joven minero estudiando inglés durante una pausa en Khliehriat, India. Las escasas escuelas en la zona, enseñan en dialectos locales.]

[Gardiner Harris] Después de descender veintiún metros por una tambaleante escalera de bambú a un húmedo pozo, los mineros adolescentes se zambulleron en un hoyo negro de cerca de sesenta centímetros de alto y se arrastraron durante cien metros a través del lodo antes de empezar su día extrayendo carbón.
Llevaban camisetas de manga corta, pantalones parecidos a los de pijama y botas de goma bajas –y no llevaban cascos duros ni botas con punta de acero. Llevaban un trapo a la cabeza para sujetar sus pequeñas linternas y se habían tapado con tela los oídos. Y pasaron todo el día mirando a la muerte en la cara.
De acuerdo a Unicef, hace apenas dos meses, antes de la implementación total de la histórica ley de 2010 que obliga a los niños de entre seis y catorce años a estar en la escuela, cerca de veintiocho millones de ellos todavía están trabajando. Los niños trabajadores se encuentran en todas partes –en tiendas, en cocinas, en granjas, en fábricas y en obras de construcción. En los próximos días el Parlamento podría discutir todavía otra ley prohibiendo el trabajo infantil, pero incluso los activistas dicen que más leyes, aunque bienvenidas, no harán demasiado para resolver uno de los problemas más intratables de India.
“Tenemos leyes muy buenas en este país”, dijo Vandhana Kandhari, especialista en protección infantil de Unicef. “Es la implementación la que hace problemas”.
La pobreza, la corrupción, las escuelas destartaladas y los maestros ausentes son algunas de las causas, y no hay mejor ilustración del problema que las dickensianas minas “ratoneras” aquí en el estado de Meghalaya.
Meghalaya sita en el aislado nordeste del país, un tocón de tierra aplastado entre China, Bután, Bangladesh y Myanmar. Sus habitantes son en gran parte tribales y cristianos, y tienen lenguas, alimentos y rasgos faciales que parecen tanto chinos como indios.
Suresh Thapa, 17, contó que ha trabajado en las minas cerca de la choza de su familia “desde que era niño” y cree que sus cuatro hermanos menores harán lo mismo. Él y su familia viven en una diminuta choza de lona y ramas cerca de las minas. No tienen agua potable, ni inodoro ni calefacción.
Un día hace poco, Suresh estaba sentado a la puerta de su casa afilando las piquetas suyas y de su padre –algo que debe hacer dos veces al día. Su madre, Mina Thapa, estaba amamantando a un bebé y dijo que Suresh escogió él mismo trabajar en la mina.
“Trabaja ahí por voluntad propia”, dijo. “De todos modos, nunca me hace caso, aunque le diga algo”, agregó con una agridulce risa.
La señora Thapa dijo que tres de sus hijos más pequeños asisten a una escuela del gobierno en la vecindad y que podrían ir a trabajar a las minas cuando quisieran.
“Si no les gusta el trabajo, ¿en qué otra cosa podrían trabajar?”, preguntó.
La Ley de Minas de India de 1952 prohíbe que personas menores de dieciocho años trabajen en minas de carbón, pero Thapa dijo que si la ley se implementara, su familia saldría perjudicada. “Nosotros dependemos de su trabajo. Nadie a va a darnos dinero por nada. Tenemos que trabajar para comer”.
La presencia de niños en las minas de Meghalaya no es un secreto. El patrón de Suresh, Kumar Subba, dijo que trabajan niños en las minas en toda la región.
“La mayoría de los niños que trabajan en las minas son huérfanos”, dijo Dubba, que administra cinco minas y emplea a 130 personas que colectivamente producen treinta toneladas de carbón al día.
Dubba concedió que las condiciones de trabajo en esta y otras de las minas que administra en la región eran peligrosas. Sus minas son propiedad de un legislador del estado, dijo.
“Siempre está muriendo gente”, dijo. “Tomas tu desayuno en la mañana, te vas a trabajar y no vuelves nunca más. Muchos han muerto de este modo”.
Pese a que el gobierno indio tiene leyes que prohíben el trabajo infantil y las condiciones de trabajo inseguras, en general son los estados los encargados de implementarlas. La policía del país está altamente politizada, así que la represión de industrias apoyadas por la clase política es rara. Agentes de policía cobran sobornos a los conductores que transporten el carbón, haciendo de la industria una fuente de ingresos para los agentes.
“El trabajo infantil es permitido en Meghalaya por los que tienen posiciones de poder y autoridad, como en toda India”, dijo Shantha Sinha, presidenta de la Comisión Nacional para la Protección de los Derechos de los Niños.
En 2010, Impulse, una organización no-gubernamental con sede en Shillong, la capital de Meghalaya, informó que había encontrado doscientos niños –algunos de apenas cinco años- trabajando en diez minas locales. La organización calcula que trabajan cerca de setenta mil niños en unas cinco mil minas.
Sus conclusiones produjeron imágenes en los medios indios de niñitos trabajando en espantosas condiciones. Funcionarios del estado negaron airadamente que hubiera un problema de trabajo infantil.
Pronto siguieron investigaciones de la Comisión Nacional para la Protección de los Derechos de los Niños, así como del Instituto Tata de Ciencias Sociales, uno de los centros de investigación independiente más respetados del país. Ambas confirmaron la presencia de niños trabajadores.
Pese a las visitas durante la temporada del monzón, cuando muchas minas cierran o apenas funcionan, el instituto Tata halló 343 niños de quince años o menos trabajando en 401 minas y siete depósitos de carbón. La organización había tenido la intención de realizar una investigación más extensa, pero “los investigadores tuvieron que abandonar el recabamiento de datos cuando grupos de interés locales los amenazaron con agredirlos si continuaban el estudio”, denunció el informe.
“La industria de la minería está claramente consciente del problema del trabajo infantil y de que es ilegal, y sin embargo continúa empleando a niños”, concluyó el informe.
Bindo M. Lanong, viceministro de minas y geología de Meghalaya, negó rotundamente las conclusiones de la investigación.
“No hay trabajo infantil en Meghalaya”, dijo en una entrevista telefónica este mes. “Esas acusaciones son totalmente absurdas. No se basan en hechos”.
Lanong también dijo que las minas de Meghalaya funcionan según las reglas de seguridad del país.
Sin embargo, varias minas visitadas en Meghalaya no tenían ventilación y sólo tenían una entrada; no tenían ningún plan minero ni usaban piedra caliza para reducir los riesgos de explosión y tenían entibaciones mínimas, entre otras condiciones ilegales y peligrosas. Sus escaleras de bambú eran estructuralmente endebles y obligaban a los mineros a subir de lado para no caer. Los mineros dijeron que estas condiciones eran endémicas.
Lanong respondió: “¿Qué deberíamos hacer: dejar de explotar las minas? Le pregunto a la gente que si la minería de ratonera se prohíbe, estarás interfiriendo con la libertad de los terratenientes”.
Pese a ofrecer salarios altos, los administradores de minas tienen sin embargo problemas a la hora de encontrar suficientes trabajadores en esta zona, de acuerdo al informe Tata. La población tribal local en gran parte evitan los trabajos, así que traen a niños y otros trabajadores de Nepal y Bangladesh en redes informales que los activistas han denunciado como tráfico de personas. Muchos quedan atrapados en una clásica trama: aunque la paga es alta, los administradores de minas cobran enormes tarifas por el agua potable, los alimentos y otros elementos básicos para vivir en los campamentos mineros. Como resultado, muchos niños trabajadores no pueden enviar dinero a casa ni ganan lo suficiente para volver.
Hay pocas escuelas cerca de los campamentos mineros, y los que están disponibles enseñan en dialectos locales –en lenguas que los niños inmigrantes por lo general no hablan. Así que incluso si quieren educarse, muchos niños no pueden.
La minería salvaje se ha hecho tan endémica en el distrito Jaintia Hills de Meghalaya que gran parte del paisaje evoca un paisaje lunar, desprovisto de árboles y vegetación. Las carreteras están atascadas con camiones del transporte del carbón, y los caminos están cubiertos con pilas de piedras negras. La minería ha provocado “todo un abanico de problemas de subsistencia, de degradación del suelo y de los recursos hídricos y de polución del aire”, concluye el informe del instituto Tata.
Pero también ha significado dinero para la gente de la región. Suresh dijo que ganaba entre 37 y 74 dólares a la semana, un salario razonable en un país donde dos tercios de la población vive con menos de quince dólares a la semana. Él le entrega el dinero a su familia, dijo.
Después de almuerzo, Suresh se prepara para volver debajo de la tierra. Dijo que había morir a gente, “pero yo todavía no he tenido ningún accidente”.
“Bueno”, se corrigió. “Una vez en un derrumbe de lodo me lesioné la espalda, pero igual tuvimos que trabajar al día siguiente”.
“¿Cómo podríamos vivir si no trabajamos?”, se preguntó. “Tenemos que comer”.
[Sruthi Gottipati contribuyó al reportaje desde Khliehriat, y Niharika Mandhana desde Nueva Delhi.]
12 de marzo de 2013
26 de febrero de 2013
©new york times
cc traducción @lisperguer

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