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[Hace 36 años, una chica de dieciséis fue secuestrada por un grupo de policías fascistas para que les sirviera de esclava sexual. Los criminales siguen creyendo que su conducta era justificada y loable. ¿Podemos reconciliarnos con estos infrahumanos?

[Claudio Lísperguer] Leí hace poco el desgarrador testimonio de una mujer que fue detenida y encarcelada sin motivo alguno para que sirviera de esclava sexual de un grupo de fascistas argentinos. Griselda Pratto tenía dieciséis años cuando fue detenida en febrero de 1977, durante la dictadura argentina. No era una militante política ni guerrillera ni nada. Simplemente estaba en casa de su hermana Luisa, acompañándola. Estuvo 49 días secuestrada. Treinta y seis años después, en el juicio que lleva el Tribunal Oral de Santa Fe, identificó a todos sus secuestradores y violadores, entre ellos entonces jefe de inteligencia de una base aérea y el jefe de inteligencia de la policía santafesina.
Fue violada, encapuchada en una celda, la misma noche de su detención, por el cabo Estofaretti, robándole su virginidad. La torturaron salvajemente, con una picana eléctrica, en la vagina, en los pechos, en las axilas. Luego los policías la violaron en grupo: “Las violaciones fueron por todos lados. Jugaban con mi cuerpo. Tenía que tomar el semen de cada uno de ellos. Después, me llevaron al baño, donde había materia fecal en el inodoro, me metieron la cabeza dentro del inodoro y me hicieron comer la materia fecal. No podía evitarlo. No tenía más fuerzas. Quería evitar hacer eso, pero no podía. Luego me encapucharon y me llevaron a la Base Aérea”.
En los días que siguieron volvieron a repetirse las violaciones, vejámenes y torturas, entre éstas simulacros de fusilamiento. “Mi desayuno eran la picana y los golpes. La cena, las violaciones. La última vez me bañaron con semen. Yo escribía en las paredes. Le pedía a Dios que se apiade de mí. Le decía: soy tu hija. Le pedía que tenga misericordia de mí”.

Estos espantosos actos de violencia eran pan de todos los días durante la dictadura y no casos extremos o aislados. Pensando en la sistematicidad de estas arbitrarias violencias, se pregunta uno, entre otras cosas, qué sentido puede tener el repetido llamado a la reconciliación. ¿Puede un humano reconciliarse con los autores de estos actos? Recuérdese que no están maltratando ni vejando a un enemigo político, ni un combatiente armado, sino a una niña de dieciséis, y que no tienen motivos atendibles para detenerla, mucho menos para someterla a esos martirios. Pero para el fascista estas conductas, en su mente, están totalmente justificadas. La chica era hermana de una izquierdista. Tenía dieciséis años y ellos necesitaban descargarse. Aceptar o someterse a sus impulsos sexuales es algo que ven como un derecho de los vencedores. Esas acciones no se justifican primariamente en la acusación de que la chica era comunista, sino fundamentalmente en que ellos tienen el poder de hacerlo y que no hay nadie que pueda impedirlo.

El mismo tipo de violencia ejercieron los paramilitares fascistas en Colombia y los militares pinochetistas en Chile. Pareciera que para ellos la política y la ideología son meras excusas. Van a estar siempre de lado que los que les den el poder de hacer lo que quieran, a cambio de imponer el orden y resguardar los intereses de sus patrones. Seguridad a cambio de que puedan dar rienda suelta a sus patologías y abusos, a veces en nombre del Occidente cristiano y la civilización, como decían algunos esperpentos.
En la foto aparecen algunos de ellos, viejos, incluso con aspecto inofensivo. Pero son tan peligrosos como un nazi y debieran vestir permanentemente un traje de palo.

¿Qué tienen en mente los que llaman a la reconciliación, incluso como algo más urgente que la justicia? ¿Podemos reconciliarnos con estas bestias? Es más fácil reconciliarse con Drácula que con estos monstruos. Es derechamente imposible. La reconciliación simplemente no es deseable.
lísperguer

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