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[Más de un cuarenta por ciento de los chilenos tiene un perro en el patio en la creencia de que cuida y protege la casa. Muchos de estos dueños recurren a maltratos y torturas para convertirlos en perros agresivos.]

[Claudio Lísperguer] Ayer 22 de marzo publicaba el diario El Austral de Osorno los resultados para Osorno, Chile, de la Encuesta Nacional Urbana de Seguridad Ciudadana (ENUSC 2012), según la cual el 43,8 por ciento de los osorninos encuestados dijeron tener “un perro como protección para el hogar” (en Chile el promedio es 41,8 por ciento).
En los comentarios cedidos por el médico veterinario Eduardo Jara, se lee que, aparentemente, los dueños de perros con funciones de guardia suelen hacerles pasar hambre en la creencia de que los animales bien alimentados no se desempeñan tan bien como los hambrientos y estresados. Es un mito urbano “que no tiene ningún sustento”.
Otro mito que denuncia el veterinario es echar ají o aliños en la comida a los perros con funciones de vigilancia, práctica que se sustenta en la bizarra creencia de que así se logra que los perros sean más agresivos con los desconocidos.
Aparentemente, la encuesta no incluyó la pregunta de si los dueños de perros dejan en manos de profesionales el adiestramiento de sus perros destinados a labores de vigilancia y prevención. Aparentemente no lo hacen, porque si lo hicieran no recurrirían a métodos cercanos a la tortura, como hacerlos pasar hambre y otras prácticas.
Existen en Chile, especialmente en el campo y en los circuitos criminales de organizadores de peleas de perros, personas especializadas en preparar perros para hacerlos más agresivos y mejores vigilantes. Casi todos estos métodos incluyen alguna forma de tortura. Entre algunas prácticas conocidas está la de encadenarlos día y noche, encerrarlos en espacios pequeños para estresarlos, golpear con un palo los barrotes de sus jaulas, con el mismo fin, golpearlos y patearlos para mantenerlos en un estado permanente de estrés. Uno de mis vecinos en el campo, por ejemplo, tiene a su perro encadenado y encerrado en una choza día y noche. Y tiene planes de llevarlo a un preparador para que el perro se vuelva agresivo con los humanos.
Muchas de estas prácticas, habituales tanto en el campo como en las ciudades chilenas, no solo no están prohibidas por la ley de protección animal sino que incluso han sido aprobadas y aceptadas. La ley 20380 existente, de 2009, que vino a remplazar la legislación anterior, no protege exactamente a los animales y las únicas disposiciones en que parece existir la intención de protegerlos son el artículo 18, que en realidad es una reformulación del tradicional artículo 291 bis del Código Penal, que aumenta la pena por maltrato animal a la de presidio menor en sus grados mínimo a medio y multa de dos a treinta unidades tributarias mensuales”, y el artículo 3, que estipula que “toda persona que, a cualquier título, tenga un animal, debe cuidarlo y proporcionarle alimento y albergue adecuados, de acuerdo, al menos, a las necesidades mínimas de cada especie y categoría y a los antecedentes aportados por la ciencia y la experiencia”.
La ley aprobada en 2009, que remplazó varios proyectos realmente bien intencionados por una legislación aberrante que, en nombre de la protección animal, tolera y aprueba prácticas crueles como el rodeo, las peleas de perros, los espectáculos circenses con animales, la reclusión arbitraria de animales en zoológicos, la experimentación animal en laboratorios, la crianza comercial de mascotas y “sus productos”, la experimentación con animales vivos, la sujeción o encadenamiento permanente de animales, etc. Todo lo que uno pueda pensar como maltrato, está protegido y sancionado por la absurda ley chilena.
Chile necesita urgentemente una nueva ley que se proponga genuinamente respetar el derecho a la vida de los animales y protegerlos contra las violencias y crueldades de los humanos. Una nueva ley debería incluir reivindicaciones y demandas largamente defendidas por ciudadanos y organizaciones animalistas: prohibir los experimentos con animales, el rodeo, las peleas de perros, el circo con animales, etc., y prácticas menos conocidas, como esta que comentamos aquí, que es la bruta y siempre improvisada costumbre de maltratar a los perros manteniéndolos hambrientos, cansados e irritados, sujetos y encerrados, en un estado permanente de estrés para que descarguen su malestar y rabia en los desconocidos que se acercan a los territorios que defienden. Preparar a los perros de esta manera debiera ser un delito grave, y mantener perros guardianes sin su adiestramiento profesional debiese ser una práctica castigada con multas y la obligación de recurrir a profesionales reconocidos por las autoridades municipales. Estas dos aberraciones están en el origen de numerosos y mortales ataques de perros guardianes o de patio contra humanos, muchas veces miembros de las propias familias a las que se supone que deben defender. Por la misma razón, los dueños de perros que cometen estos ataques debiesen ser juzgados con extrema severidad, sin eludir penas prolongadas de prisión.
Mucha gente deja a sus perros en el patio con la idea de que así les defienden mejor contra agresores o invasores o ladrones y defienden sus propiedades. Pero en los patios la gente habitualmente deja trastos inservibles –digamos, sillas de dos patas, neumáticos viejos, recipientes de plástico agujereados-, que si fuera robados por los cacos les harían estos a las familias un gran favor. No muchos parecen entender que los perros les protegerán mucho mejor si están dentro de casa, que no fuera padeciendo frío, soledad y otros temores.
Educar a los maltratadores es difícil. No es fácil comunicarse con ellos porque simplemente parecemos vivir en mundos diferentes. Hablando con mi vecino que prepara a su perro manteniéndolo encadenado día y noche, me dijo que no se atrevía a dejarlo suelto en el terreno porque “me costó quince lucas”. No entendía por qué era maltrato tenerlo encadenado, considerando que todo el mundo hace lo mismo. Qué se puede argumentar con un campesino indio que se alimenta de conejos, perros pequeños y gatos que tienen la mala fortuna de caer en las crueles trampas que pone por todas partes, incluyendo tierras nacionales y rurales y a orillas del río donde la caza con trampa está prohibida y que causan la muerte del animal asfixiándolo lentamente o mutilándolo. La razón de por qué había convertir al perro en una máquina de muerte para defender un predio donde había nada que defender (solo el cerco de alambre y dos chozas de barro), era que el terreno era de su patrón y nadie tenía derecho a entrar en él. El terreno de su patrón no tiene cerco por todas partes, y una de estas partes abiertas linda con el río. Imagínate si, desprevenido, quisieras cruzar el terreno para llegar desde el río a la carretera. O si un niño, por la misma razón, entrara al terreno porque, jugando en la ribera, que se le cayó la pelota. O si, simplemente, el perro guardián ideal del campesino indio fuera a husmear por el río, donde justamente estás de picnic.
Los resultados de la encuesta, acompañados en Osorno por los informados comentarios de un veterinario de la región, me hacen esperar lo peor. La ley de 2009 es un compendio de aberraciones destinadas a proteger el maltrato animal y es dudoso que podamos recurrir a ella para impedir que los maltratadores preparen a los perros guardianes para convertirlos en mortíferas máquinas asesinas. Necesitamos urgentemente una ley que, entre otras muchas cosas, obligue a los dueños de perros guardianes, de patio o de parcela, o de terrenos o instalaciones industriales y locales comerciales, a observar reglas relativas a la preparación y descanso de los animales (cuando no sea mejor prohibir enteramente algunas prácticas) y a dejar su adiestramiento en manos de profesionales certificados, de modo que su defensa del territorio no resulte, como ocurre demasiadas veces, en la muerte de los transgresores o incautos o familiares. Y una ley que prohíba y castigue severamente prácticas crueles susceptibles de ser clasificadas como tortura o maltrato animal –como hacerles pasar hambre, encadenarlos o estresarlos con ruidos molestos o golpizas u otros métodos similarmente crueles.

El proyecto de ley conocido como el proyecto del senador Girardi, ‘Tenencia responsable de mascotas y animales de compañía’ (boletín Nº 6.499-11), que se encuentra aún en el Senado tras ser aprobado en primer trámite constitucional, prohíbe someter a las mascotas a sufrimientos a lo largo de sus vidas y obliga a sus dueños a proporcionarles alimentación, albergue y buen trato. El proyecto también prohíbe expresamente el adiestramiento de mascotas (perros) para convertirlos en animales agresivos y establece que toda persona que se sienta amenazada en su integridad por algún animal de compañía ajeno podrá denunciar el hecho ante el juez de policía local sin más formalidades. Pero no fija normas para la tenencia de perros guardianes ni obliga a sus dueños a dejar su adiestramiento como perros de vigilancia en manos de adiestradores profesionales. El adiestramiento profesional de los perros de guardia, que debiesen además ser considerados perros de servicio, permitiría que los perros custodiasen las propiedades sin que ello resulte en lesiones o la muerte de las personas que entren, a sabiendas o inadvertidamente, en predios privados.
El proyecto, en sus diferentes versiones, también impone a los dueños responsabilidades civiles por los daños que pueda causar su mascota a terceros, excepto en casos (dice al menos una versión) en que la persona haya entrado sin autorización a una propiedad privada. Esto ciertamente sería lamentable si no se agrega previamente que los perros con estas funciones deben contar con la certificación municipal que los reconoce como perros adiestrados para ellas.
Con todo, las sanciones contra las personas que adiestran criminalmente a sus perros, sea con el fin de prepararlos para peleas clandestinas o para adiestrarlos como perros guardianes, son ridículamente bajas si se considera que en casos de agresión, que a veces son fatales, estos perros han sido preparados por sus dueños para matar y que, por tanto, en caso de lesiones graves o muerte causada por estos animales, sus dueños debiesen ser juzgados por homicidio, porque en la acción del animal se advierte la intención maliciosa de estos y deja de explicarse por negligencia o descuido.
De aprobarse el proyecto de Girardi podríamos proteger a los perros de estos dueños criminales y desquiciados e incluso denunciarlos y llevarlos a justicia.
Pero el proyecto duerme aún en el Senado.
23 de marzo de 2013
cc
lísperguer

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