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[Vaticano] [La celebración del Viernes Santo. En el primer Vía Crucis, Francisco pidió “responder al mal con el bien”. Ante las decenas de miles de fieles que se reunieron frente al Coliseo, el Papa lanzó un mensaje de amor, misericordia y perdón. Qué dirá el Papa de la quema de Judas].

[Elisabetta Piqué] Al presidir ayer su primer Vía Crucis en el Coliseo ante cientos de miles de fieles atraídos por su carisma, el papa Francisco volvió a cautivar a la multitud con pocas pero muy intensas palabras.
“¡Jesús nos ama tanto, es todo amor!”, exclamó el primer papa argentino, que recibió una ovación al término del Vía Crucis en el que nunca llevó la cruz, sino que siguió, concentrado, rezando, desde la espectacular terraza del Palatino.
“La única palabra es la cruz. La Cruz de Jesús es la palabra con la que Dios le respondió al mal del mundo. A veces nos parece que Dios no responde al mal, que se queda en silencio. En realidad, Dios ha respondido y su respuesta es la cruz de Cristo, una palabra que es amor, misericordia, perdón. Los cristianos debemos responder al mal con el bien”, aseguró.
Francisco destacó que la cruz también significa el juicio de Dios.
“Dios nos juzga amándonos: si recibo su amor, estoy salvado; si lo rechazo, estoy condenado, pero no por Él, sino por mí mismo, porque Dios no condena. Él sólo ama y salva”, dijo. “La palabra de la cruz es también la respuesta de los cristianos al mal”, agregó.
El Papa les agradeció a los jóvenes libaneses que, por voluntad de su antecesor, Benedicto XVI, escribieron las meditaciones que fueron leídas por actores, durante el rito, en el que se evocan las 14 estaciones de Jesús en el Calvario. Francisco recordó el viaje que el papa emérito hizo en septiembre pasado al Líbano -país marcado por una guerra civil que duró más de 16 años y sacudido por la violencia en Siria-. Destacó la “fuerza de la comunión de los cristianos de esa tierra y de la amistad de muchos hermanos musulmanes y de otros”, que definió “una señal de esperanza para Medio Oriente y para el mundo entero”.
En una noche húmeda y fresca -Francisco, de hecho, se puso un sobretodo blanco-, cientos de miles de personas con antorchas, entre ellos argentinos con banderas, siguieron el tradicional rito.
La cruz fue llevada por dos familias de Italia y la India, una mujer enferma, dos seminaristas chinos, dos frailes franciscanos de Tierra Santa, dos religiosas africanas, dos del Líbano y dos jóvenes de Brasil, donde tendrá lugar la Jornada Mundial de la Juventud, en junio próximo.
En las meditaciones se oró por los gobernantes, las familias, los jóvenes, los enfermos, los últimos, por la dignidad de la mujer, por los pobres, quienes no tienen hogar, los niños expuestos a la violencia y a la explotación, y por la unidad de los cristianos. Hubo, por otra parte, palabras en contra del “laicismo ciego”, el “fundamentalismo violento”, las injusticias, el aborto, la eutanasia, el terrorismo, los conflictos religiosos y las guerras que hay en el mundo y especialmente en Medio Oriente.
Antes, por la tarde, el Papa había presidido la Celebración de la Pasión del Señor en la Basílica de San Pedro. Otro rito muy sugestivo del Viernes Santo en el cual, al comienzo, se postró durante algunos minutos ante el altar, rezando en silencio, en señal de adoración, pedido de perdón y penitencia. Fue una imagen impactante; en la basílica las luces habían sido bajadas para crear un clima penitencial.
Tres diáconos relataron, cantando en latín y acompañados por sugestivos coros de la Capilla Sixtina, la muerte de Jesús en la cruz.
El padre Raniero Cantalamessa, un capuchino que es el predicador de la Casa Pontificia, respaldó sin medias tintas a Francisco, en un sermón de fuerte tono. “Este Viernes Santo ante la presencia del nuevo sucesor de Pedro podría ser el principio de una nueva vida”, dijo.
Cantalamessa, que hizo referencia a un cuento de Franz Kafka, apoyó esa renovación de la Iglesia a la que aspira el Papa. “Tenemos que hacer todo lo posible para que la Iglesia no se convierta nunca en aquel castillo complicado descrito por Kafka”, dijo. Y denunció “el exceso de burocracia, las partes ceremoniales, leyes y controversias pasadas, convertidas en escombros”.
“Sucede como con algunos edificios antiguos. A través de los siglos se los ha llenado de tabiques, escalinatas, de cuartos y cuartitos. Llega un momento en que todas estas adaptaciones ya no responden a las exigencias actuales, es más, son un obstáculo, y entonces se hace necesario tener el valor de derribarlas y volver a llevar a la simplicidad de sus orígenes”, siguió.
“Ve, Francisco, y repara mi Iglesia”, dijo, aludiendo así a San Francisco de Asís, pero también al papa argentino, venido desde el fin del mundo. Cantalamessa concluyó su sermón al asegurar: “Se abre para la Iglesia un tiempo nuevo, pleno de esperanza”.
31 de marzo de 2013
29 de marzo de 2013
©la nación

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