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[Washington, Estados Unidos] [El asesinato selectivo define guerra contra el terrorismo. El auge del Predator].

[Scott Shane] Cuando Sulaiman Abu Ghaith, yerno de Osama bin Laden, fue detenido en una escala en un aeropuerto de Jordania el mes pasado, se incorporó a uno de los más selectos grupos de la era de Obama: sospechosos de terrorismo de alto nivel que han sido localizados por el gigantesco del contraterrorismo estadounidense, y que no han sido asesinados.
John O. Brennan, ahora director de la CIA, dijo el año pasado que se prefería usar fuerza letal solamente cuando la captura no fuera posible.
El caso de Abu Ghaith –ahora espera su juicio en Nueva York- es una rara ilustración de lo que funcionarios del gobierno de Obama han dicho a menudo sobre su inclinada preferencia por la captura de los terroristas, antes que su asesinato.
“He oído sugerencias de que el gobierno de Obama de algún modo prefiere matar a los miembros de al Qaeda antes que capturarlos”, dijo John O. Brennan en un discurso el año pasado cuando era el asesor en contraterrorismo del presidente; ahora es director de la CIA. “Nada podría estar más lejos de verdad”.
De hecho, dijo: “Nuestra preferencia incondiciomal es usar fuerza letal cuando creemos que la captura del individuo no es posible”.
Pese a las protestas de Brennan, la dependencia abrumadora del asesinato de sospechosos de terrorismo, que empezó con el gobierno de George W. Bush, ha llegado a definir la guerra contra el terrorismo. Desde que Obama asumiera la presidencia, la CIA y las fuerzas armadas han asesinado a cerca de tres mil personas en ataques contraterroristas en Pakistán, Yemen y Somalia, principalmente mediante el uso de drones. Sólo un puñado ha sido capturado y llevado a justicia en este país; un número desconocido ha sido encarcelado por otros países con inteligencia y otras formas de apoyo de Estados Unidos.
Esta política de asesinatos selectivos, según dicen expertos en contraterrorismo fuera y dentro del gobierno, ha sido modelada por varios factores: la disponibilidad de un arma que no cause bajas norteamericanas; la resistencia de las autoridades en Pakistán y Yemen a permitir incluso breves incursiones de tropas estadounidenses; y la decreciente urgencia de los interrogatorios en momentos en que ha disminuido la amenaza terrorista y Estados Unidos posee profundas informaciones de inteligencia sobre sus enemigos.
Aunque ningún funcionario lo reconocerá públicamente, la idea es clara: matar es más conveniente que la captura, tanto para Estados Unidos como para los países donde ocurren ataques con drones.
Los ataques con drones se han hecho impopulares en el extranjero; en una encuesta del Pew Research Center el año pasado, solo el diecisiete por ciento de los paquistaníes los apoyaba si tenían como blanco a líderes de organizaciones extremistas. Y los críticos en el país han atacado desde dos direcciones diferentes: algunos republicanos en el Congreso acusan a Obama de haber adoptado la preferencia de facto por el asesinato debido al cierre de las cárceles secretas de la CIA fuera de Estados Unidos y no quiere enviar más detenidos a Bahía Guantánamo. Activistas de derechos humanos alegan que algunos ataques con drones han sido equivalentes de ejecuciones extrajudiciales, muerte sin forma de juicio alguna, de personas sospechosas de ser militantes cuyas identidades los funcionarios estadounidenses desconocen y a veces representan una pequeña amenaza para Estados Unidos.
Pero entre los ciudadanos estadounidenses, los ataques siguen siendo populares. Incluso aunque algunos altos ex funcionarios de la seguridad estadounidense cuestionan que los asesinatos estén empezando a hacer más bien que mal, el 65 por ciento de los entrevistados, en una encuesta de Gallup del mes pasado, aprobaba los ataques para asesinar a sospechosos de terrorismo extranjeros; sólo el veintiocho por ciento los rechazaban.
El criterio utilizado por Brennan para decidir la captura –cuando es “viable”- es un juicio muy, muy subjetivo, dijo Matthew C. Waxman, ex funcionario del Departamento de Defensa que trabaja ahora en la Facultad de Derecho de Columbia.
“Esas declaraciones simples sobre la preferencia por la captura esconde una historia mucho más complicada”, dijo Waxman. “Las fuerzas armadas y la comunidad estadounidenses pueden hacer un buen montón de cosas si se les ordena hacerlo. A veces cuando decimos que no es viable, queremos decir que es demasiado arriesgado”.
Pero cree que los riesgos de la estrategia de capturas son reales. “Creo que en la mayoría de los casos no pudimos capturar a personas que no representan un riesgo significativo para nuestras propias fuerzas armadas o las relaciones diplomáticas”, dijo.
Las incertidumbres se hicieron evidentes nueve meses después de la investidura de Obama para el primer mandato, cuando las agencias de inteligencia identificaron a Saleh Ali Saleh Nabhan, sospechoso de los ataques contra dos embajadas estadounidenses en África Oriental en 1998.
El plan original era lanzar misiles de largo alcance contra Nahban y otros cuando salían en convoy de Mogadiscio, Somalia, a la ciudad costera Brava (Baraawe). Pero esos planes fueron desechados a última hora, y en lugar de los originales ahora un equipo de marines de los SEALS de la Armada, trasladados por helicópteros desde un buque, atacó el convoy de Nahban, matándolo a él y otros tres. Los SEALS llegaron a recoger muestras de AND para confirmar la identidad de los muertos.
El episodio provocó incómodas preguntas para algunos en el Pentágono. Si Estados Unidos corría el riesgo de enviar tropas a Somalia, se preguntaban, ¿por qué no capturaron a Nahban, en lugar de matarlo?
O consideremos el caso de Anwar al-Awlaki, el clérigo yemení-estadounidense que se unió a la sucursal de al Qaeda en Yemen. En septiembre de 2011, cuando el espionaje norteamericano lo detectó, habría sido posible organizar la captura con comandos yemeníes o norteamericanos. Pero un ataque con drones era políticamente mucho menos complicado para los dos países, dijo Gregory D. Johnsen, experto en Yemen, en Princeton.
Si las fuerzas estadounidenses lo capturaban, su presencia en territorio yemení podría causar disturbios, dijo Johnsen. Si las fuerzas del presidente yemení en la época, Ali Abdullah Saleh, lo capturaban, dijo: “¿Lo entregaría a Estados Unidos, corriendo el riesgo de las secuelas? ¿Lo encierra? Para Saleh era más fácil que los norteamericanos mataran a Awlaki que enviar tropas para capturarlo.
Los compromisos no han cambiado con el nuevo presidente de Yemen, Abdu Rabbu Mansour Hadi, que elogió la precisión de los ataques con drones en un discurso en Washington en 2012. Dos meses más tarde, un ataque norteamericano mató a Adnan al-Qadhi, un bien conectado partidario de al Qaeda, aunque residía en una ciudad cerca de la capital, Sana, donde viven varios altos oficiales. Los vecinos dijeron a periodistas que podría haber sido fácilmente capturado.
En Pakistán, donde los SEALS mataron a bin Laden en un allanamiento tensaron enormemente las relaciones estadounidenses-paquistaníes, los ataques con drones –aunque son profundamente impopulares- son tolerados por la comunidad de la seguridad. “Existe la idea intangible de que un drone volando es una intrusión menor que tropas terrestres”, dijo Ashley S. Deeks, profesor de derecho de la Universidad de Virginia y ex abogado del Departamento de Estado.
Luego está el tema del peligro muy real que enfrentan los norteamericanos en las capturas de terroristas fuertemente armados. Los SEALS enviados a Abbottabad fueron instruidos en que si bin Laden se rendía inmediatamente, debía ser detenido, de acuerdo a Matt Bissonnette, miembro del equipo de SEALS que escribió un libro sobre el allanamiento. Pero si murieran norteamericanos tratando de capturar a un militante de nivel medio –cuando los drones estaban disponibles, pero no se usaban- se hubiera provocado un gran escándalo público, cree la mayoría de los funcionarios.
Solo en la era de los drones el asesinato de sospechosos de terrorismo se ha convertido en una rutina. En los años ochenta y noventa, los agentes de contraterrorismo capturaron a varios sospechosos en el extranjero y los trajeron de regreso a Estados Unidos para ser juzgados.
Brad Garrett, ex agente del FBI, estuvo en los equipos que capturaron a Ramzi Ahmed Yousef, un organizador del primer atentado contra el World Trade Center en 1993, y Mir Aimal Kansi, que mató a tiros a cinco empleados de la CIA, frente a la sede de la agencia en Virginia ese mismo año. Equipos de agentes norteamericanos y paquistaníes capturaron a los buscados echando abajo puertas en sus casas de huéspedes y “en ningún caso de llegó a disparar”, dijo.
Como investigador, dijo Garrett, “he pasado toda la vida hablando con gente viva. Ese es el lado negativo de los drones. No queda nadie con quién hablar”. Pero dijo que la captura de un solo sospechoso en un entorno urbano, aunque arriesgada era mucho menos peligrosa que enfrentarse a una banda de hombres fuertemente armados en el territorio hostil de Pakistán o en las áreas tribales en Yemen. “No creo que se puedan comparar”, dijo.
Cuando Obama cerró las cárceles de la CIA y prohibió los interrogatorios coercitivos, los republicanos se quejaron de que no quedaba espacio para retener e interrogar a terroristas, una acusación que resonó en algunos militares y en agentes de la CIA. El presidente contrarrestó creando el Grupo de Interrogatorio de Detenidos de Alto Valor, un grupo de elite de analistas e interrogadores que los funcionarios dicen que, según funcionarios, han sido enviados cerca de veinticinco veces a interrogar a los detenidos en casa y en el extranjero. Por supuesto, esta es una cifra diminuta en comparación con la frecuencia de los ataques con drones, pero los funcionarios dicen que el selecto grupo ha tenido éxito.
Un número todavía menor que el de los entrevistados por el grupo de interrogatorio ha sido traído de regreso a Estados Unidos para ser juzgados, incluyendo a Abu Ghaith, el yerno de bin Laden, y Ahmed Abdulkadir Warsame, comandante somalí de la organización militante Shabab.
Según todo el mundo, el modo en que se abordó a Warsame es una potente ilustración del valor de la captura antes que el asesinato de sospechosos de terrorismo. Después de ser capturado en un buque en abril de 2011, el yerno empezó primero proporcionando información a funcionarios del contraterrorismo estadounidense. Nunca ha dejado de hablar sobre Shabab y la rama de al Qaeda en Yemen, dicen funcionarios, y sabe que esto último dependerá de su cooperación.
Hay signos de que el gobierno de Obama puede él mismo haberse hastiado de la conveniencia del asesinato selectivo –o se están acabando los blancos de alto valor. Después de un fuerte aumento en los dos primeros años del mandato de Obama, el número total de ataques con drones ha descendido fuertemente.
En Pakistán, los ataques con drones alcanzaron su punto máximo en 2010, con 117; el número bajó a 64 en 2011, 46 en 2012, y once en lo que va de año, de acuerdo al The Long War Journal, que se dedica a las guerras encubiertas. En Yemen, aunque los ataques subieron a 42 en 2012, no se han reportado ataques desde un frenesí de ataques de drones en enero, de acuerdo a varias organizaciones que monitorean los ataques.
En su discurso sobre el Estado de la Unión en febrero, Obama prometió más transparencia en el programa de ataques con drones, y él y sus ayudantes han insinuado que hay cambios en curso. No está claro qué tiene el gobierno en mente, pero el presidente ha mencionado el traicionero atractivo del drone.
La decisión para determinar un asesinato selectivo, dijo a CNN en septiembre, “es algo que no es fácil de hacer”.
“Si no lo haces, entonces es muy fácil deslizarse a una situación en la que terminas doblando las reglas, pensando que el fin siempre justifica los medios”, dijo Obama. “Eso no es lo que somos como país”.
[Mark Mazzetti contribuyó con reportajes.]
11 de abril de 2013
11 de abril de 2013
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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