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[Estados Unidos] [Famosa como la mujer torera más grande de todos los tiempos. Patricia McCormick tenía listas su capa y espada para su siguiente movida con el toro Santo Domingo, al que mataría más tarde en Tijuana, México, en mayo de 1955.]

[Steve Chawkins] Cuando Patricia McCormick se dio cuenta de que no tenía ningún futuro en la música, escogió una carrera que la llenara de dramatismo, pasión y muerte como cualquiera de las óperas que ansiaba cantar.
Se convirtió en matadora, rompiendo antiguas barreras contra las mujeres y los estadounidenses en los cosos mexicanos saturados de machismo y actuando frente a entusiastas audiencias en más de trescientas lidias. En 1963, la revista Sports Illustrated escribió que McCormick “es la mujer torera más grande de la historia”.
En más de diez años, fue corneada seis veces, una de ellas tan brutalmente que un sacerdote le dio la extremaunción sobre su cuerpo destrozado. Pero se recuperó y peleó algunos años más antes de que finalmente dejara la arena a principios de los años sesenta, quejándose, entre otras cosas, de que los toros estaban saliendo demasiado chicos.
Pasó el resto de su vida lejos de la vista pública, entregándose a sus acuarelas de caballos y toros y trabajando como asistente administrativa en el Art Center College of Design en Pasadena, California.
McCormick murió el 26 de marzo en una clínica en Del Rio, Texas –informó su primo Thomas McCormick. Tenía 83 años. No especificó la causa.
Aunque en la historia un pequeño número de mujeres se ha sentido atraído por la lidia de toros, McCormick estuvo entre las primeras mujeres en México a las que se le permitió salir al ruedo de la misma manera que los hombres: a pie antes que a caballo, y con toros que eran adultos. Pero pese a sus capacidades, a McCormick nunca se le permitió que tomara la alternativa, una ceremonia de iniciación que habría significado un reconocimiento de igualdad con los principales matadores de su época.
No pudo seguir pagando las elevadas tarifas, y ningún hombre en el ring respaldaría su intento.
“Al final, se habría convertido en un círculo vicioso”, dijo. “Porque cuando me transformé en una matadora de toros entera, los matadores reconocidos se negaron a salir conmigo. ¡No podía ganar perdiendo!”
Sin embargo, actuó con el mismo cartel que algunos de los matadores más admirados de los cosos de México, matando a más de seiscientos toros en polvorosas plazas en México y Venezuela. Mientras algunos “toreros” eran vistos poco más que como números de entretención, McCormick contaba con una legión de fans entre los aficionados, dijo Fred Renk, criador de toros de lidia en Texas.
Patricia Lee McCormick nació el 18 de noviembre de 1929 en St. Louis, y se mudó con sus padres a Big Spring, Texas, a los trece. Estudió en el Texas Western College en El Paso.
Para McCormick, el atractivo secreto está justo al otro lado del Río Grande en Ciudad Juárez. A los siete, asistió con sus padres a una corrida de toros en Ciudad de México y no pudo olvidar la experiencia. Más tarde, dijo que ese día se “había enamorado” de un matador que había perdido los zapatos en el lodo, pero siguió peleando.
Nunca le repelió la salvaje violencia de la lidia, y convenció a Alejandro de Herrera, un matador de Juárez, para que la preparara.
Considerando que sus inminentes apariciones serían noticia, se lo contó reluctantemente a sus padres. Consternados, se apresuraron a El Paso para reunirse con la directora de la escuela.
“Mamá estaba llorando: ¿Cómo pudiste hacer una cosa así? ¿Por qué lo mantuviste en secreto?’”, dijo en una entrevista para un proyecto de historia oral en Del Río.
Pero McCormick se mostró inflexible. “Tenía un manager, tenía un patrocinador, tenía un empresario y contratos para nueve lidias”, dijo. “Es difícil superar eso”.
Fue el inicio de una brillante carrera que de cierto modo estaba condenada al fracaso desde el principio.
“Era una época muy, muy difícil para las mujeres”, dijo a Los Angeles Times la torera retirada Honey Anne Haskin, también conocida como Ana de Los Angeles. “Había otras mujeres que eran muy, muy buenas, pero la mujer sobre la que hablaba todo el mundo con respeto y admiración era Patricia McCormick’.
Pero la fama no llegaba tan lejos. A McCormick no le permitían usar el elegante “traje de luces” de los matadores. Aunque apreciaban su valor, los grandes nombres de la disciplina eran a veces dramáticamente condescendientes con ella.
“Pelea contra toros que son mucho más grandes que ella…, lo que no hace ninguna otra mujer… y sabe matar”, dijo una vez Carlos Arruza, renombrado torero que murió en 1966. “Su único defecto es que es una mujer”.
Desgastada por lesiones, conflictos con su manager y problemas económicos, McCormick se mudó a Los Angeles en 1962.
Su libro de 1954, ‘Lady Bullfighter’, estimuló algunos rumores sobre una película basada en su carrera, pero sus amigos dicen que ella no era una gran publicista de sí misma. Pese a su amistad con Gilbert Roland, que fue el amante latino arquetípico en numerosas películas, con la idea de hacer una película no pasó nada.
McCormick no se casó nunca y no deja hijos. Le sobrevive su primo.
23 de abril de 2013
26 de marzo de 2013
©los angeles times
cc traducción c. lísperguer

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