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[Edmundo Magaña] [Publicado en la revista Pasaje 11, 1994, como ‘Miguel Serrano, caballero de Hitler’, noviembre de 1994. Ámsterdam, Holanda. Y en el fanzine Ciudadela 47 y 48, junio y julio de 2002. Ámsterdam, Holanda. Y en mi libro ‘Chile, un país extraño. Diez reportajes sobre el Santiago de los años noventa’, pp. 89-102. Santiago, Chile. Bravo y Allende Editores. 1996.]

La primera vez que oí hablar de Miguel Serrano fue a propósito de una manifestación en un cementerio de Santiago. Cada 5 de septiembre se rememora allí la Matanza del Seguro Obrero, cuando un grupo de jóvenes nazis chilenos fue masacrado a bayonetazos y culatazos por tropas del ejército. La historia que se cuenta es que los nazis habían tratado de provocar un golpe de estado. Habían fracasado; los militares no habían reaccionado de acuerdo a lo acordado, habían entregado las armas, y tenían que rendirse en el edificio del Ministerio del Trabajo. Ahí fueron ejecutados. Los nazis llaman a este edificio “la Torre de la Sangre”.
Según los periódicos, se habían encontrado en la manifestación dos grupos de nazis que se oponen. Los viejos nacionalsocialistas, invariablemente vestidos de negro y con abrigos de los años treinta, y los hitleristas, algunos con el uniforme de los nazis alemanes. Miguel Serrano, que no usa uniforme, pertenece a estos últimos. O más. Es el líder máximo. El ideólogo. El mago supremo.
Ha hecho declaraciones extrañas: existe un plan judío para invadir y ocupar Chile; los mapuche eran originalmente blancos y arios; las Islas Malvinas son chilenas; Hitler volverá, porque no ha muerto.
hay toda una mitología en torno a Serrano: se dice que ha construido un templo nazi en las montañas, que los sirvientes en sus propiedades del campo visten uniforme nazi, que está conectado a los nazis alemanes escapados después de la Segunda Guerra Mundial, que es inmensamente rico, que fue el único al que el Dalai Lama recibió en su visita a Chile, que usa un cucurucho de cuero.

Pero Serrano rehúye la publicidad. Todos mis primeros intentos de contactarlo, fracasan. No aparece en la guía de teléfonos. Los números que se conseguido han sido desconectados. Nadie de los que me han hablado sobre él le conoce personalmente y recibo informaciones contradictorias: que vive en provincia, en la capital, en el extranjero. En el Ministerio de Relaciones Exteriores –Serrano fue diplomático- se ha transformado en alguien sobre el que nadie ha oído hablar nunca ni sabe nada.
El destino me hace toparme con un viejo primo del campo, a quien le cuento mis varios intentos por ubicarlo. “Pero, hombre”, me dice. “Es un vecino mío. Yo te presentaré”. Sin embargo, Serrano acaba de mudarse.
Un jueves en la mañana me encuentro a la puerta de un imponente edificio santiaguino en los alrededores del Cerro Santa Lucía. Una alta puerta de hierro macizo y dorado, con una placa llena de códigos, me impide entrar. Aparece el portero y, milagro, acercándose cuidadosamente por el mármol, me da el número del diplomático. Le hablo por el citófono. “No le conozco a usted. ¿Qué quiere?”, pregunta. La placa está muy arriba, debo empinarme y gritar a todo pulmón. “Voy bajando. Espéreme”. Aparece en unos minutos, acompañado por su secretaria. “¿Me dice usted que viene de parte de quién? Sí, pero ahora no puedo recibirlo. Tengo otras cosas que hacer. Voy a llamar a su primo. Él le dirá cuándo podemos encontrarnos”. Lo acompaño hasta el estacionamiento. “¿Dice usted que viene de Holanda? Tengo amigos muy queridos allá. ¿Conoce al doctor Wirth?”

Pasan los días y yo mato el tiempo leyendo sus libros. Serrano es un escritor prolífico: diarios de viaje por India, novelas, ensayos, tratados gigantescos sobre el hitlerismo. El que estoy leyendo, ‘Adolfo Hitler, el último avatar’, tiene 643 páginas. No sé qué pensar de lo que leo. En sus relatos de viaje maneja un estilo cristalino, prístino casi, y fluido, y revela una enorme paz interior. En sus tratados sobre Hitler y el nazismo parece atormentado. Frases contrahechas, escritas como en trance, párrafos llenos de referencias a personajes míticos de todo el mundo y de todas las épocas y a veces, creo, hasta de otras galaxias, con explicaciones encontradas sobre su significación, repetitivo. Enfermizo.
Imagino que es un hombre atormentado. Aristócrata, con un tío llamado Vicente Huidobro (uno de los más afamados poetas chilenos, fundador del creacionismo) y a su vez descendiente del Mio Cid (según él mismo), nació en 1917 en el fundo de sus padres en Los Andes, y fue enviado a estudiar al Internado Barros Arana en Santiago. Ahí un amigo le convence sobre la inexistencia del dios de los católicos. Se escapaba para mirar las estrellas desde el tejado o, a veces, para robar pequeños objetos en las tiendas del barrio: lapiceras, linternas. Pero si hubiésemos podido robar algo en grande, dice, lo habríamos hecho, porque él y sus amigos pertenecían a una generación heroica. Se retira del internado antes de que lo expulsen.
Tiene un amigo del alma, Héctor Barreto, socialista, que es asesinado por las brigadas nazis de Jorge González von Marées. Se aproxima a los socialistas y, poco después, se hace nazi el mismo. Dirige la página literaria del periódico nazi de la época. Y se explica que a su amigo, a quien llamará Jason en sus libros, no lo mató nadie, si no él mismo, o los dioses, porque buscaba la muerte, y los dioses sienten un afecto especial, y también envidia, por los héroes.
Conocía bien a González von Marées y le consideraba un traidor, porque terminó apoyando a los socialistas. Era un líder, dice, a quien los alemanes habían elegido por llevar un nombre español y uno alemán, así le podrían usar, dependiendo del momento, enfatizando ya sea su origen germánico, ya su origen chileno o español. Cuenta que una vez, viajando en tren hacia o desde el sur, González von Marées permanece por mucho tiempo ensimismado, para concluir sus divagaciones preguntando: “¿Por qué será que las vacas no se cansan nunca de ir de pie?”, personajes extraños sobre los que siempre escribe, una y otra vez, obsesivo.
La muerte de su amigo le pesa. Después de todo, se ha hecho cómplice de los que le asesinaron. Piensa a menudo en la muerte. “Aún no he muerto”, escribe. “Y a veces pienso que ha sido un error, porque no sé vivir”.
En 1942 se inicia en el hitlerismo, una orden secreta que, según él, dirige el destino de todo el mundo. Continúa durante la guerra apoyando a los nazis y, perdida la guerra, pasa tiempos atroces. Ha ido a parar a la lista negra, se ha quedado sin trabajo, ha debido vender su biblioteca y sus bienes y ha tenido que enviar a sus hijos a vivir con parientes. Él vive cómo y dónde puede, con sus amigos. Su mujer, enferma, ha sido internada en un sanatorio en la montaña, y el enemigo, dice, le tiende emboscadas para matarlo.

Serrano me recibe, finalmente. Subo a su departamento. Su secretaria está saliendo en esos momentos y debo bajar nuevamente, acompañándoles. Es una mujer delgada, baja, que no mira nunca a los ojos. Ese día hay un smog feroz, el aire se ve rojizo, y la gente se protege con mascarillas y bufandas. Subimos otra vez y, a poco de comenzar la entrevista, llama a su secretaria para decirle que yo, con nombre y apellido, estoy con él.
Es un hombre alto, macizo, que lleva bien sus 76 años. Está cubierto de canas y tiene una frente amplia. Ojos azules. Recuerdo una foto de él cuando tenía algo más de veinte años: robusto, empinado y rubio. Podría, indudablemente, ser un chico de la Hitler Jügend. Lleva una chaqueta de tweed. La sala de recibo donde estamos me intriga. Hay una imagen –no sé pintura o afiche- del dios Wotán montado en su caballo blanco y con la espada desenvainada. Curiosamente contra la pared hay una reja con símbolos nazis. Sí, es un salón sobrecargado de símbolos. Todo tiene alguna significación, hasta los ceniceros, que lucen el águila bicéfala de los nazis. Y él, dice, tiene mirada de águila también.

“Soy español por los 33 costados”, me dice cuando le pregunto si proviene de alguna familia alemana. “Los Serrano son gallegos, los Fernández (su segundo apellido) visigodos. Ahora, los visigodos fueron una rama de los germanos. Dominaron España por más de seiscientos años. Entonces, usted me preguntará por qué vinieron los visigodos a Chile”, me escruta. “Porque este era un país donde se peleaba, donde se encontraron con una raza de guerreros, los araucanos, que eran unos guerreros tremendos que resistieron durante cuatrocientos años y nunca fueron derrotados. Entonces dos razas formidables se combatieron, aunque en el fondo tenían el mismo origen”. Y luego, volviendo al tema: “Porque usted presupone que solo un alemán o alguien de origen alemán puede ser nazista, pero se equivoca. ¿Acaso se dice de los demócratas que son afrancesados? Porque nosotros no inventamos la democracia, eso es un producto de la revolución francesa. Claro, nosotros somos germanófilos, pero también profundamente chilenos”. Aunque, de todos modos, él cree que la revolución francesa fue producto de una conspiración judía. Lo mismo que la revolución rusa de 1917. Lo mismo que las guerras de la independencia en América.
Los mapuche, dice, descienden de los frisones del norte de Holanda porque, como lo demostró el profesor Wirth en su estudio de la ‘Crónica de Oeralinda’, los frisones y los vikingos llegaron a América, y se quedaron mucho antes que los españoles. Además, hay muchos conceptos y costumbres similares entre los araucanos y los germanos. “Y ahora, el origen de los inkas… El rey frisón que llegó a América se llamaba Inka. Seguramente que sus hombres se mezclaron con los indios, pero guardaron siempre el recuerdo de su origen. ¿Por qué razón se casaban los indios con sus hermanas? Claro, para conservar la pureza de la sangre”.

La Tierra es un ser vivo, cree. Los hombres son frutos de la Tierra y cumplen, como los seres vivos, funciones orgánicas. ¿Cómo es posible, entonces, que los chilenos puedan pensar como otros pueblos? Los indios pueblo de Norteamérica piensan con el corazón y creen que los blancos son locos, porque afirman pensar con el cerebro, y en las teorías pueblo, sólo los locos piensa con el cerebro. Los japoneses piensan con el plexo solar. Los hindúes piensan con algo que está fuera del cuerpo, porque dicen que los pensamientos los ocupan, por decirlo así. “Y los españoles piensan con la garganta. Entonces, ¿cómo pensamos los chilenos?”
Serrano viajó por la India y el Tíbet buscando respuesta a sus preguntas, y solo se volvió cuando se convenció de que los chilenos tampoco son orientales. Y también cuando fracasó en encontrar la tumba de Cristo, o el acceso al interior de la Tierra en los Himalayas.
La Tierra es un ser vivo y redondo, repite, tal como vamos a ser nosotros algún día, porque lo redondo es lo perfecto y la historia de la humanidad es la búsqueda de una perfección perdida. Pero la Tierra también es un hombre. El cerebro se encuentra en el Polo Norte, el sexo en el Polo Sur. El sexo es algo misterioso, es Satán, y solo luchando contra el sexo se puede lograr la perfección.
Pero hay más que eso. Y es complicado. La Tierra es hueca y en su interior residen aún los dioses de antaño, los súper hombres, los héroes, los semidioses que buscaron refugio al destruirse la Hiperbórea, que entiendo es una suerte de civilización original en la Edad Dorada, en el Polo Norte. O quizá los hiperbóreos no habitaban el Polo Norte. Quizá vivían en otros planetas de otras galaxias. Hubo un gran conflicto entonces y los ángeles expulsados, guiados por Lucifer, fueron exiliados a la Tierra. Lucifer cayó de cabeza, y fue a dar al interior de la Tierra, de donde todavía debe salir. O quizá: antes no había continentes, todas las tierras estaban agrupadas en el Polo Sur, y se hallaba ahí el Paraíso. Cuando Lucifer fue expulsado a la Tierra, fue arrojado con la fuerza de una luna cayendo sobre el planeta y se enterró en los hielos profundos. Entonces la Tierra se dividió, alejándose del polo y formando los actuales continentes.
O bien, hubo un combate terrible en el espacio, entre Gabriel y Lucifer. Lucifer es exiliado en el Polo Norte, donde cae de cabeza con los brazos abiertos y extendidos. La catástrofe desvía el eje de la Tierra, los polos cambian de lugar, de modo que el Polo Norte pasa a ser el Polo Sur, se produce la precesión de los equinoccios, comienza el tiempo y la historia, y los inmortales, entristecidos, ser refugian en el interior de la Tierra.
Afirma que en 1965 un satélite norteamericano fotografió el Polo Sur. La fotografía revelaba un agujero. Es porque, explica, la Tierra se abre en los polos cada seis meses, para respirar. Por ahí se entra a la Tierra Hueca, a la civilización de los hiperbóreos que se han refugiado allí, y a la espera de pertenecer algún día.
A veces Serrano es difícil de seguir. Recuerdo otra de sus teorías donde sostiene que el universo anterior a este que conocemos, era un huevo ultra cósmico que fue destruido. Esta destrucción originó la materia o, mejor, aprisionó a la materia a todo lo que, entonces, eran esencias espirituales. Fue el demiurgo, el demonio judío quien provocó las catástrofes, y los inmortales debieron encarnarse en hombres para continuar la lucha por recuperar la Edad Dorada, cuando los hombres eran redondos e inmortales. Los árboles, los ríos, las montañas, los animales son seres aprisionados en la materia; eran seres perfectos que fueron cristalizados en materia por el Malo. Y Serrano da ejemplos. Dice que los monos descienden del hombre y que los perros son dioses. La prueba es simple: dios es god, y god es dog al revés, o sea perro. Basta mirar a un perro a los ojos para darse cuenta.
O bien, los ancestros inmortales eran extraterrestres que cayeron a la Tierra y debieron mezclarse con mujeres terrestres. Por eso tienen que encarnarse cada vez, porque no pueden salir de la materia, y así nacen una y otra vez, en su lucha eterna contra el demiurgo. Ahora, ¿por qué tienen que nacer una y otra vez? “Porque el demonio, el judío, el demonio Jehová no es creador y necesita la energía de los inmortales. Y cada vez hay menos energía, por eso es que la historia de la humanidad es una decadencia progresiva. Ahora estamos en la Edad del Hierro y luego vendrá la Edad del Plomo, que es la edad de la esclavitud total. Y al final de los tiempos vendrá el Gran Lobo Fenrir, que se tragará todo, hasta el planeta”.
Pero entonces los héroes resucitarán, saldrán de los cavidades de la Tierra ayudados por un dios. Las plantas y las piedras, que son héroes aprisionados, recuperarán sus formas originales de seres divinos y acabarán con el mal.

Los seres inmortales vivían en la Hiperbórea, que estaba justo debajo de la Estrella Polar. En esa época, el planeta no giraba, estaba estacionario, y no había estaciones. Tampoco tenían los hombres huesos. Entonces, el demonio vencedor trató de reproducir a los inmortales, pero lo hizo mal: para humillar a los vencidos, y porque no siendo un creador, no tenía grandes recursos. Prueba de esto, dice, es la economía que usó al montar los órganos de reproducción, que se mezclan con la evacuación de residuos corporales. La misma boca que besa, come.
La sangre de los inmortales era ígnea, envuelta en el color azul que desprende la llama. Sus cabelleras eran casi blancas de doradas, como filamentos de seda. La sangre era lo más preciado que tenían, porque en ella se conserva el Cordón Dorado que mantenía la unión con lo indecible, la nostalgia, la voz. La sangre conserva la memoria de la raza.
Entonces los inmortales, algunos, quizás los traidores, se unen a las mujeres de la Tierra. Por eso hay más de una humanidad en la Tierra. Están los animales-hombres, que son seres animalizados por el demiurgo. No tienen alma. Están los hijos de los seres animalizados, que tienen forma humana, pero que no son hombres ni tienen alma. Y están los héroes, los verdaderos hombres, los arios.

Hitler es uno de los dioses inmortales, un avatara. Serrano carraspea: le sorprende que yo no sepa qué es un avatara. Está sentado en un sillón de forma extraña, un trono aterciopelado, y su yerno, que ha llegado hace poco rato, y que no nos abandonará hasta el final, me mira sin expresión alguna. Mi primo, que también ha llegado, parece impaciente. “El término avatara viene del hindú”, dice. “Y viene a implicar algo así como divinidad, que cada cierto tiempo desciende, viene a la Tierra y se encarna en una figura destacada, ya sea religiosa o guerrera. En todo caso, es siempre la transformación de un mismo dios. Un avatara no siempre adquiere forma humana. A veces, en los tiempos antehistóricos, aparece como animal o como signo astrológico. Y aparece solamente en periodos determinados de la historia, al final de los grandes ciclos. Ahora estamos en el periodo de la diosa Kali, que es la era de la destrucción, y entonces el avatara tiene que rencarnar de nuevo, para ayudar a su pueblo e impedir la destrucción final”.
serrano se acomoda en el sillón, manteniendo siempre una actitud de cierta solemnidad, como quien revelara profundos misterios a un neófito. Suspira. “Estamos en la peor época, la era de la destrucción. Vendrá el avatara, el dios Kalki, en un caballo blancos de ocho patas. Y Kali fue también Buda, Wotán, Odín. Hitler fue la prefiguración de un avatara, o quizá el último avatara, que viene a remecer al mundo, a producir la última posibilidad de salvación de la raza pura, de los inmortales encadenados”.
Aparentemente ha observado mi desconcierto. “Digamos que en esto no hay ninguna cosa… un hindú lo entendería perfectamente… no es nada… extraordinario. A un hindú le parece fácilmente comprensible. Cómo decirlo. Podríamos usar los términos de Jung, aunque no sea enteramente correcto. Un avatara sería como la manifestación de un inconsciente colectivo de una raza, de La Raza. Y viene a provocar una gran conmoción histórica. ¿Por qué? Porque estamos al final de un tiempo, de una era. ¿Saben ustedes que los griegos tenían la misma concepción? Ellos conocían una Edad Dorada, una de Plata, una de Bronce, de Hierro, y la de ahora, la del Plomo, la de la diosa Kali. En el crepúsculo de los dioses todo llega a su fin. Aparecerá un gran lobo feo y rubio, un demonio cósmico que se tragará todo. Entonces, ¿cómo sabemos que estamos al final de un periodo? Porque los judíos dominan casi todo el planeta. ¿Y qué significa eso? Piense usted que el planeta es un ser vivo que está en descomposición. Bueno, igual que los cadáveres, se llena de gusanos, hay gusanos en todas partes. Esos gusanos del planeta son los judíos. Pero, hay esperanza aún, porque sabemos que hay un periodo intermedio, una época antes del fin de todo que se llama la época de los héroes. Y esos héroes van a impedir la destrucción. Esos héroes somos nosotros”. Me mira fijamente. “Es importante que usted cuente esto”, me dice. “Porque solo así podemos impedir la catástrofe final”.
Le preguntó cómo llegó a la conclusión de que Hitler era un dios. “Porque en 1938, aquí en Chile mataron a sesenta muchachos nazistas, en el centro de Santiago, durante un gobierno democrático. Y el presidente de entonces les dijo que se rindieran y luego los mandó matar. Les dijo a los soldados que no usaran balas, que los mataran a culatazos y bayonetazos, para que no quedaran huellas de sangre en las murallas. Entonces me pregunté por qué. Se habían rendido. Entonces tenía que haber algún designio oculto para cometer esa matanza. Y así me acerqué a los nazistas, aunque ellos habían matado a mi amigo, a mi compañero del eterno combate. Durante la guerra me enteré de muchas cosas, tomé contacto con los alemanes y los italianos, y me inicié en el hitlerismo esotérico. Después supe porque no querían que los muchachos se desangraran, porque querían la sangre para ellos mismos. Quise ir a luchar con mis hermanos, pero me tendieron una trampa y no pude ir. Después de la guerra viajé a Europa y visité el castillo de las SS en Wewelsburg. No le hablaré del hitlerismo esotérico, porque ese sería otro asunto largo de contar”. Y yo sé que, aparte, nada puede contarme si no quiere revelar los secretos que ha jurado mantener.

En 1947 Serrano emprendió un misterioso viaje en la Antártida en busca de una de las entradas a la Tierra interior. Ha escrito sobre su viaje, pero jamás ha revelado la verdadera razón de su empresa ni lo que entonces descubrió. Le pregunto por ese viaje.
Me mira inquisitivamente y me dice, pero mirando a mi primo y a su yerno, que mantienen una actitud impertérrita: “Hombre, mire, usted viene a preguntarme una serie de cosas y yo confío que estamos con un pariente suyo, que es un camarada del espíritu”. Calla y se mira las manos. “Pero, qué importa ya. Todo lo que voy a decir lo sabe el enemigo, lo sabe doblemente”. Se agita y casi grita: “¡Lo sabe perfectamente bien!”
Su secretaria llama por teléfono. Quiere saber si todo está en orden. “Cuando los aliados entraron en el búnker de Hitler se encontraron con nada menos que catorce cadáveres de Hitler, todos vestidos iguales, con el mismo uniforme. Y en los interrogatorios, a todos los preguntaron: ‘¿Dónde está Hitler?’ Porque a Hitler, al verdadero Hitler, no lo encontraron jamás. El mismo Stalin ha escrito sobre esto. Ahora, ¿qué ocurrió? A usted le va a parecer ciencia ficción, pero es que los alemanes habían desarrollado toda una tecnología nueva, anti-judía, que les había permitido descubrir fuerzas antigravitacionales con las que pudieron hacer réplicas exactas de Hitler. El mismo Jung me confirmó esto cuando hablé con él, que los alemanes tenían armas secretas, unas armas que disparaban rayos y que desintegraban todo, sin siquiera dejar un rastro, submarinos que nunca salían a superficie, submarinos absolutos, y lo que ahora llamamos discos volantes, platos voladores. ¿Quién se quedó con los discos volantes? ¿Los rusos? ¿Los norteamericanos? Ninguno de ellos, porque si no, no estarían haciendo esos viajes a la Luna en esos cohetes anticuados. ¿Qué pasó? Se dice que Hitler salió de Alemania en un submarino, pero yo creo que salió en un plato volador, impulsado quizá por una música melodiosa, tal como lo describe ya Homero”.
Los otros interlocutores hacen como que no están aquí. Serrano prosigue: “Se han encontrado pasillos que unían el búnker con el aeropuerto, entonces… Hitler viajó a la Antártica. Ahora, usted me dirá: ‘¿Por qué a la Antárticas?’ Porque, fíjese, en 1936, el capitán alemán Ritscher había descubierto unos oasis templados en el Polo Sur, unos lagos templados que no eran de origen termal ni volcánico, tal como lo declara más adelante el almirante Doenitz. Entonces, ¿qué significa? Que habían encontrado el pasaje hacia la Tierra Interior, a un Paraíso terrenal inexpugnable que sería la morada de Hitler, y allí se encuentra él. ¿Pruebas? Años después, en 1946, hubo una expedición norteamericana hacia esas regiones, y el almirante de la flota, Richard Byrd, declaró haber descubierto un continente en el cielo, o sea en el Polo Sur, en las tierras de la Reina Maud y en el mar de Weddel. Pero después ese almirante desaparece. Después fue otra flota y lo mismo. Dicen que el almirante se volvió loco y se tiró por una escotilla. Pero, ¡no, señor! ¡Lo mataron porque sabía demasiado! Entonces, ¿qué quieren ocultar?”
Hitler se marchó al Polo Sur con sus hombres fieles, el Último Batallón, la Horda Furiosa de Odín, y no sé qué más. “Ellos saben que los hitleristas han construido bases en Marte y en la Luna y por eso que han suspendido los viajes al espacio, pero no pueden, con la tecnología atrasada que tienen, combatirlos. Cuando estuve la última vez en Europa, leí un informe de prensa sobre que Reagan y Gorbachov habían tenido una reunión secreta. ¿Y por qué era secreta? Porque estaban tratando de llegar a un acuerdo para enfrentar el peligro que viene del espacio. Pero ese peligro no son los marcianos ni nada por el estilo: son las bases hitleristas que esperan el momento para atacar de nuevo y destruir a los elementos del demonio”.
No confiaba en nadie durante el viaje y escrutaba atentamente el resto de los marinos, les miraba para saber si sabían algo. Le parecía que ocultaban un secreto. Un hombre se le acercó antes de embarcarse. Vestía camisa de seda sin mangas y pantalones cortos y sandalias –en el gélido extremo sur de Chile. Le advirtió sobre los monstruos gigantescos que agarran a las embarcaciones por el casco y las sumergen. ¿Son los guardianes de la civilización subterránea?
“Sí, yo fui en busca de Hitler. Le pedí al piloto que voláramos sobre las montañas, porque tenía la esperanza de encontrar los pasillos hacia el interior de la Tierra, pero se negó. ¿Sabía a lo que iba? Y yo no podía decir nada, porque el enemigo estaba siempre atento. Ahora, ¿por qué al Polo Sur? Porque sabemos que el Polo Sur era antes la Atlántida, o que estuvo conectado con la Atlántida y con el continente de Lemuria, y hay pasajes que conducen a la Tierra Interior. En el Polo Sur hay pasillos que conectan con el Polo Norte, hay entradas hacia el cielo, hacia Venus, y hay pasajes que conducen a la Tierra Interior. Todo esto tratan de ocultarlo. ¿Por qué? Porque los judíos odian la verdad y quieren cambiar la historia del mundo. Por ejemplo, ¿qué pasó con las momias gigantes y rubias que encontraron en el Perú? Desaparecieron, las destruyeron, porque quieren hacernos creer que esas civilizaciones fueron el producto de esas razas cuasi animales, mientras que eso es imposible, que todos sabemos que son las ruinas de civilizaciones arias, restos de las construcciones monumentales de los semidioses. ¿Por qué lo ocultan? Ahora, una expedición en las pirámides del Perú encontró la tumba del faraón egipcio Ramsés y todo eso también desapareció. Todos esos documentos se encuentran en las bibliotecas del Vaticano. Ahora, en relación a su pregunta sobre la Antártica: sí, quizás era la Atlántida. Los egipcios lo sabían y los hitleristas lo redescubrieron. Si no fuera así, ¿por qué quemaron la Biblioteca de Alejandría?
Le pregunto cómo encontró a Hitler. “Le acabo de decir que el piloto se negó a sobrevolar las montañas. Pero sí lo encontré. Relato en mi libro sobre la expedición un episodio sobre un perro que se había extraviado, se había asustado de un disparo de uno de los oficiales. Ese perro era un camarada. Y lo fui a buscar, sin que nadie se la expedición se enterara. Cuando estaba en esto, emergió un rayo de luz que me succionó hasta el mundo subterráneo. ¿Era la Tierra Hueca? ¿La Atlántida? No es un mundo muy diferente al de aquí, solo que al revés, la izquierda es la derecha y la derecha es la izquierda, y los personajes junto a los cuales me hallaba tenían cuencas en lugar de ojos, o se cubrían con vendas. El principal, que estaba sentado en el centro, tenía las pupilas cuadradas. Hitler me dijo que había viajado por Venus, por el sol negro, que no se ve, y que había estado en la Hiperbórea. Pero no le puedo decir más de lo que entonces hablamos.”

“Fíjese, usted”, prosigue, “ahora hay un gobierno mundial, secreto y judío que domina el planeta. Ya lograron la Comunidad Económica Europea (hoy la Unión Europea), lograron la economía de libre mercado a escala mundial, lograron internacionalizar el dinero electrónico, las tarjetas de crédito”. Y, recordando algún incidente: “En mi último viaje a Estados Unidos tuve dificultades en pagar con dinero, porque piensan que es dinero lavado de las drogas. ¡No, señor, hay que pagar con tarjeta de crédito! Los judíos ya lo dominan todo, casi todo. Y Hitler vino con un sistema económico que habría terminado con el capital. Él decía: ‘¿Si yo le presto a usted un ropero, ¿me devuelve usted un ropero y medio?’ No, señor, el dinero es solo un bono por trabajo ejecutado. Fíjese que en todos los años de la guerra, nunca hubo inflación en Alemania”.
“Ahora nos van a poner la marca, una marca en las muñecas, para remplazar la tarjeta de crédito, y nos van a reducir a capacidad de consumo. Los judíos están preparando todo. Todos esos asaltos en la calle en que a usted le roban el dinero y la tarjeta de crédito, están organizados por ellos, porque así la gente va a decir: ‘¿Para qué voy a andar con dinero si me lo roban? Mejor me quedo con la marca’. Y van a terminar aceptándola”.
Mi primo y su yerno guardan un silencio cada vez más pesado. “El señor Bush ya habló del nuevo orden internacional”, sigue Serrano. “¿Y en qué consiste el nuevo orden? Sabemos que el señor Bush era un gran traficante de drogas, que fue director de la CIA y que se ocupó durante años del transporte de drogas desde Centroamérica a los Estados Unidos. Y en retribución lo nombraron presidente. ¡Si Noriega era un socio de él que no cumplió su palabra! Por eso invadieron Panamá y lo tomaron preso. Todo el negocio de la droga, de la cocaína y de la heroína, es algo que está en manos de la CIA o del Mossad judío, que es lo mismo, porque así, con las drogas, pueden controlar el mundo. Fíjese que cualquier país que se quiere salir de la garra judía es castigado. Chile, por ejemplo, que porque queremos ser industriales nos envenenan la uva y nos meten el cólera en el Valle Central. Y ahora porque Chile se atrevió a producir armas, quieren meter preso al señor Cardoen”.
“Pero los judíos necesitan a los no judíos, porque los judíos no son creadores, no pueden inventar nada. Entonces ponen a trabajar con ellos a gente no judía y cuando ellos cumplan su papel, los van a destruir, porque ellos no aceptan a nadie como igual”. Y Pinochet, según el ex diplomático, es uno de esos bastardos vendidos al judaísmo. Fíjese, dice, tiene ministros judíos y el gran nacionalista ha vendido la patria al judaísmo. “Usted que vive en el exterior tendrá que pedir visa a los judíos cuando vuelva. Los judíos están ocupando la Patagonia, todo el sur de Chile, y ya le tienen nombre: la Nueva Judea”.

Me intriga su idea de los judíos. Cuando el Demiurgo-Satán, el dios protector de los judíos en palabras del ideólogo, debió combatir a los inmortales, fabricó un muñeco de artificio tratando de imitarlos, y le dio vida usando una fórmula judaica. Esos hombres tienen forma de hombre, pero son reptiles, animales. Es el judío. “Se les ha revestido con piel humana y vísceras de seres muertos, como a la creación del doctor judío Frankenstein. La sangre la succiona de seres vivos. Es una máquina cibernética, un mecanismo robótico conectado a una gran pila que él mismo ayuda a alimentar y que ha llamado Jehová, otro monstruo”.
Según Serrano, el demonio Jehová hizo un pacto con los judíos. Deben estos dominar el mundo y subyugar a todos los humanos, destruir a los inmortales arios incitándoles a mezclarse para que pierdan la memoria de su origen superior. Y Jehová es, además de ser el Señor del Tiempo y de la Muerte, un monstruo caníbal. “¿De qué se alimenta Jehová? Del vaho que produce la fermentación, la podredumbre de los sacrificios humanos. Del halo de la sangre”. Por eso los judíos están obligados a ofrendar sangre a Jehová, a cambio de una energía infrahumana que su dios les brinda. Pero Jehová prefiere la sangre aria. “El cuento de Drácula nos revela la realidad más oculta de estos seres no humanos. Drácula es la autobiografía del judío. Para su sobrevivencia vampírica deberá chupar la sangre aria, logrando así prolongar indefinidamente su existencia de zombi”. Esto explica, dice Serrano, las guerras y los crímenes, porque los judíos provocan guerras para alimentar al vampiro Jehová. Fíjese, usted, la guerra de Irán-Iraq, las masacres de Shabra y Shatila, la Guerra del Golfo. Y todas las guerras del pasado y del futuro.
El escritor tiene pruebas adicionales. Los sacrificios sangrientos de los aztecas y de los mayas, explica, se originan indudablemente en que cuando los vikingos cruzaron a América se habían infiltrado con algunos de ellos judíos que desvirtuaron los ritos hiperbóreos. Los frisones, por ejemplo, que llegaron a América, traían esclavos judíos y ellos, a la muerte de los inmortales, impusieron sus ritos sangrientos a esas civilizaciones. “¿Se ha fijado usted en las fotos de los héroes asesinados en el juicio de Nüremberg? Se dice que fueron ahorcados y, sin embargo, todos presentan huellas profundas en el cuello, tajos y cortes. ¿A qué se debe? A que los judíos los degollaron para beber su sangre”.
A su yerno le da un tremendo ataque de tos y mi primo parece haber encontrado algo extremadamente interesante en sus zapatos. Los judíos buscan el dominio total, explica Serrano. Y aquí hay algo diabólico. Me pregunta si me he fijado en la vida de las termitas y de las hormigas. ¿Habrán sido las termitas siempre así como las conocemos ahora? Se presiente ahí, dice, una inteligencia inicial. “Es posible que las termitas, las hormigas, las abejas, en muchos millones de años, hayan sido también dioses, seres divinos hechos prisioneros por el demiurgo judío, involucionando en lo que son actualmente”. Cruza las piernas. Un escritor judío, Kafka, lo había dicho, anunciándonos, amenazándonos, mostrándonos que ellos nos podrían transformar en cucarachas.
El mundo es así, dice. Hay judíos en el mundo del mismo modo que hay arios. “Por la misma razón que en la naturaleza existen los gorriones, ¿no es cierto? Usted no puede entrar a discutir una situación que es una ley universal. Hay parásitos, hay gorriones. Los gorriones viven comiéndose los huevos de los otros pájaros. Hace muchos años, una pareja de belgas”, dice y se vuelve interrogante hacia su yerno, que desvía la mirada, “trajo a Chile una pareja de gorriones, y hoy se comieron todo, las diucas, los chincoles. Entonces, tenemos que defendernos, porque quieren esclavizarnos y destruirnos”.
Los judíos no trepidan en nada, dice. Controlan a la humanidad usando rayos, drogas, dinero, mensajes subliminales. Tienen una máquina que llaman Takion, de rayos T. Con esa máquina hipnotizan a quienes quieren. Me dice que la prueba más reciente, en Chile, es el plebiscito del general Pinochet. Nadie hace plebiscitos para perderlos. Al general Pinochet lo hipnotizaron, le hicieron creer que ganaría y, por supuesto, ellos sabían que lo perdería. “Sí, el combate es tremendo, es a muerte, y solo los héroes pueden comprenderlo”.

El mismo es un héroe, dice, un semidios, y no sabe quién es. A veces ha pensado ser la rencarnación del conquistador Pedro Sarmiento de Gamboa, que fundó cerca de Punta Arenas un asentamiento llamado hoy, al parecer, Puerto Hambre o Puerto Bulnes. Y vivó antes, en otras eras, cuando era hiperbóreo y cuando escribió los libros que ahora rescribe, los libros que el enemigo quemó al incendiar la Biblioteca de Alejandría o, quizá, cuando el enemigo hizo hundir la Atlántida.
Ha escrito siempre, desde los tratados que concibió en épocas remotas, en la era de los titanes. “¿No es extraño que en la Edad Media se haya considerado que la escritura era nefasta y maligna? En esa época, se estimaba que hasta la elocuencia era cosa del demonio. Hay muchos que afirman el satanismo de la escritura. Fíjese que los indios del Perú, como se ha demostrado, conocían la escritura. Sin embargo, cuando llegaron los españoles solo encontraron esa escritura en hilos. Se dice que un dios los obligó a extirpar la escritura porque ella era el gran mal”. Y agrega, pensativo: “Sí, extraña este odio a la escritura. Sin embargo, es verdad que el hombre comenzó a escribir cuando dejó de ser”.
Porque la escritura es una búsqueda, dice. Una búsqueda de perfección, porque las cosas perfectas no pueden ser dichas ni escritas. Son, simplemente. Y toda búsqueda es la búsqueda de una mujer, de la amada. Pero no de la mujer exterior, explica. Por lo que entiendo, se trata de la búsqueda de la otra mitad de uno, de esa otra mitad arrancada de nosotros cuando el demonio destruyó la perfección del ser. Es la búsqueda de la mujer que somos. Por eso la búsqueda no tiene nada que ver con el sexo: eso es un invento de los judíos. En los círculos hitleristas se habla del coito mágico, donde el iniciado eyacula el semen hacia dentro, de modo de impregnarse a sí mismo y fecundarse para dar nacimiento al hijo. “Por eso, fíjese usted, en casi todas las religiones se habla del hijo del hombre, no del hijo de la mujer”. El sexo heterosexual desenfrenado es un invento judío; la homosexualidad, un invento del demonio Jehová; el SIDA, una conspiración judía para destruir la raza aria.
En su mundo, todo coincide. Se llama Serrano, es decir, monte, porque él tiene la clave de las montañas, que son dioses encadenados que esperan el día de la liberación. Su madre murió cuando tenía 23 años, es decir, dos más tres = cinco; entonces tenía él cinco años. Su padre murió cuando tenía 32 años, o sea tres más dos= cinco. Y tres veces cinco es el número polar, 555, el número de los hiperbóreos, de los eternos. Así se reconoce la raigambre ancestral de los semidioses. Y cuando su padre murió, tenía 8 años, es decir, el número del infinito.

Aparte la tos de su yerno, mi primo mira descaradamente su reloj. Es hora de partir, creo. Pero Serrano duda, quiere saber qué voy a hacer exactamente con la entrevista. Mi primo le cuenta que soy antropólogo, que he estado viajando por el Amazonas. Serrano se levanta de un salto. “Eso lo explica todo”, me dice. “Desde el primer momento supe que podía confiar en usted, porque la hermandad de sangre es algo que se siente. Le voy a mostrar algo que no muestro nunca a nadie”. Una de las paredes del recibido se encuentra cubierta por unas cortinas rojas, que Serrano descorre. Es una especie de capilla o altar, de suelo a cielo, protegida por un cristal. En el centro hay un retrato enmarcado de Hitler, arriba una espada de acero, abajo una bandera nazi y otros objetos que no logro reconocer. Entonces recuerdo que, en uno de sus escritos, habla de pasajes subterráneos hacia la Tierra Hueca que se encuentra en el Amazonas. No le cabe la menor duda de que yo he estado buscando esos pasajes. ¿Qué haría yo, en esos lejanos parajes, dice? Soy, pues, otro de los héroes inmortales.
¿Es Serrano un hombre al que debe odiarse? ¿Es peligroso, como afirma el escritor Lafourcade? Sus ideas causan espanto, es verdad, pero también fascinan por su delirio. Para Serrano todo tiene una significación: gestos, miradas, nombres, fechas. Vive en un universo donde todo significa y donde todo está conectado, los acontecimientos más importantes con las conductas y gestos más banales –un poco como los locos.
Estoy pensando en su último libro, ‘Manú, por el hombre que vendrá’, que luce en la tapa la cruz de seis maderos de Wotán. Me lo ha dedicado y lo ha fechado al año 104 del nacimiento de Hitler. Descubro que se refiere al año 104 de la era hitleriana, y mi primo me explica que se refiere a los 104 años del nacimiento de Hitler. Y no sé si me causa risa o qué, que Serrano se haya dedicado toda su vida a tratar de volver redondo y andrógino.
Salimos. La neblina roja que envuelve Santiago se ha hecho más densa aun. Con mi primo, que está desesperado por mirar un programa de televisión, nos instalamos en el salón de un hotel frente al cerro. Hay poca gente. Yo pido una menta; mi primo, un té. Le pregunto cómo conoció a Serrano. “Nada”, me dice. “Era un vecino y una vez me lo topé al abrir la puerta. Yo tenía en el vestíbulo una bandera nazi. Es una bandera auténtica”, me dice, sin sacar los ojos de la pantalla de la tele. “Me la dio un nazi que conocí en Nueva York. Está llena de agujeros de bala. Ese nazi estuvo con Hitler hasta el último momento en el búnker, y logró escapar con la bandera. Era de las SS”. Presiento que me espera una noche larga. Voy a pedir algo más fuerte que menta.
magaña

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