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[Jon Mooallem] En un par de semanas, mi hija se convertirá en un delfín. Ahora mismo es un zorro. El año pasado, fue un grillo.]

Así es como funciona la escuela Montessori a la que asiste. En lugar de “niños de cuatro” o “niños de cinco”, o incluso “prescolar” o “kindergarten”, cada clase recibe un nombre animal y, al final del año escolar, los niños egresan en una especie diferente, cambiando de forma como los espíritus en una leyenda aborigen.
Puede ser un poco alarmante retroceder y darse cuenta de lo centrada en los animales que está el aula normal en Estados Unidos. Quizá los niños cantan sobre ballenas enanas, o pájaros de papel vuelan entre las paredes. Quizá unos patos recién nacidos juguetean en la incubadora en el rincón. Pero la verdad es que el mundo de mi hija se ha inundado de animales silvestres desde que se concentró en ellos. Han sido de peluche y tallados; tejidos a punto, batik o rellenos de frijoles; bordados en los tobillos de sus soquetes o reunidos en las páginas de los libros de escuela.
La mayoría de los padres no se sorprendería si se enteraran de que cuando un pediatra de la Universidad Perdue cogió una muestra al azar de cien cuadernos de niños, solo encontró once sin animales en ellos.
Pero lo que me intrigó la mayoría de las noches en cama es que los animales tienen tan poco que ver con la naturaleza en estos libros. Normalmente, son dobles corrientes arbitrarios, como el torpe cerdo que sueña con transformarse en una estrella del patín, o los mapaches asando hamantaschen para la familia de castores en Purim. Y cuando me sintonicé en eso –en la asombrosa extrañeza de lo insistentemente que nuestra cultura conecta a los niños con los animales silvestres-, la parafernalia animal en nuestra casa empezó a parecer ligeramente insana. Como Kieran Suckling, director ejecutivo de la organización conservacionista Centro para la Diversidad Biológica, me indicó: “Justo cuando alguien empieza a ser humano, lo rodeamos con no-humanos”.
La ciencia tiene algunas explicaciones que ofrecer. Casi desde el nacimiento, los niños parecen atraídos por criaturas no humanas. En los estudios, infantes de hasta seis meses tratan de acercarse y de tener más contacto físico con perros y gatos de verdad que con imitaciones a pila.
Los infantes reirán más con un conejo vivo que con un conejo de juguete. Incluso bebés de dos días han mostrado más atención a una “docena de manchas que representan las articulaciones y entornos de una gallina desplazándose” que a un esquema de luces similar generado al azar.
Todos proporcionan evidencias de lo que el entomólogo Edward O. Wilson llama “biofilia”: su teoría que los seres humanos están inherentemente sintonizados con otras formas de vida. Es como si hubiéramos apartado un profundo pozo de atención para los animales, un potente pero no categorizado interés que espera ser canalizado hacia sentimientos más coherentes, como fascinación o temor.
Los niños adquieren temor de arañas y serpientes más rápidamente que de armas y otros peligros humanos manufacturados. Y este caso, los investigadores Judith H. Heerwagen y Gordon H. Orians ofrecen una explicación evolucionaria lógica: si eres un infante o niño y pasas un montón de tiempo en el suelo, es lógico que aprendas más rápidamente a tener miedo de arañas y serpientes. El miedo a los grandes depredadores como osos y lobos, por otro lado, no se aprende sino a partir de los cuatro, cuando los primeros niños humanos empiezan a recorrer la cercanía de los campamentos.
Los niños también se fijan en animales en sus vidas imaginativas. En su libro ‘Why the Wild Things Are’, Gail F. Melson, psicóloga de Purdue, informa que los niños ven dos veces más animales en las manchas de tinta de Rorschach que los adultos y que, cuando un psicólogo de la Universidad Tufts fue a un prescolar de New Haven hace décadas y pidió a los niños que le contaran una historia inventada en el lugar, entre el 65 y el ochenta por ciento le contaron un cuento sobre animales. (El desgarrador animalismo de una de estas historias, por un chico llamado Bart, todavía me persigue: “Había una vez un león. Se comió a todo el mundo. Se comió a sí mismo”).
El psicólogo David Foulkes concluyó que el 61 por ciento de los sueños que tienen los niños entre los tres y los cinco años giran sobre animales. Pero a medida que crecen, concluyó Foulkes, el porcentaje de sueños animales disminuye. Para los doce, es solo el veinte por ciento. A los dieciséis, es el nueve por ciento.
Similarmente, el miedo a los animales exóticos como leones y tiburones destaca durante el prescolar, y es luego remplazado gradualmente por terrores más sociológicos, como el secuestro y no estar en la escuela apropiada. Encontré en esta investigación un subtexto melancólico: el modo en que nuestro descarnado mundo se introduce en el mundo humano y finalmente lo borra, incluso la vida silvestre de la cabeza de los niños.
Sin embargo, también es verdad que imponemos los animales a nuestros niños. Los adultos han tendido siempre a ver niños y animales como vagamente equivalentes, o al menos más como unos y otros que como nosotros. “Los niños”, escribió Sigmund Freud en 1913, “no muestran ningún rasgo de arrogancia que empuje a nuestros hombres adultos civilizados a trazar una rígida línea entre su propia naturaleza y la de todos los otros animales”. Los niños empiezan su vida desnudos, incapaces de hablar, y parecen solo motivados por instintos e impulsos. Como una mascota perro, un bebé tiene que ser alimentado, entrenado, y enseñado a dormir durante la noche sin aullar.
Para Freud, esta animalidad era problemática: los niños que se socializan deben fundirla en su humanidad. Pero en estos días es fácil sentir que la sociedad necesita ser amansada –porque está saqueando gran parte del mundo natural. Y así, inquietos por la pérdida de lugares y cosas silvestres, y separados de esos paisajes en las ciudades y suburbios que los remplazan, podríamos inclinarnos a romantizar con nuestros hijos del mismo modo que a veces romantizamos con los animales silvestres: como espíritus más puros y gentiles que la sociedad a la que los trajimos.
No estoy argumentando que ver un vínculo entre los niños y los animales es un fenómeno exclusivamente moderno –una especie de ansiosa y sobre-compensatoria afectación de estadounidenses privados de la naturaleza, como esas elaboradas cabinas de duchas de piedra, que parecen cascadas y grutas, o la dieta Paleo. El vínculo siempre ha estado ahí. (El doctor Melson observa que muchos de los juguetes más viejos y prehistóricos descubiertos incluyen cascabeles de forma animal y pequeños cocodrilos de madera). Pero el significado que escurrimos de esa conexión cambia con el tiempo. En resumen, quizá estamos dando materiales animales a los niños porque su imaginación ya rebosa de animales. Pero quizá, ahora mismo, lo estamos viendo de otra manera: quizá queremos ver juntos a niños y animales, como criaturas libres viviendo en una inocencia de la que nos hemos extraviado.

No hay modo de saberlo: la mayor parte de las investigaciones sobre niños y animales disecciona las relaciones uno a uno de los niños con las mascotas, no sus sentimientos abstractos sobre la vida silvestre o las muchas representaciones que encuentran. La mejor investigación de esta relaciones indirectas que encontré, se remonta a 1983. Eso fue cuando Stephen R. Kellert, un ecologista social de Yale, y Miriam O. Westervelt, del Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos, entrevistaron a niños en veintidós escuelas de Connecticut, de los dos a los once grados, sobre sus actitudes sobre la vida silvestre. Lo que descubrieron es una obvia pero desmoralizadora verdad: los niños chicos son como animales, demasiado necesariamente consumidos por sus propios intereses como para acumular preocupación o compasión hacia otros animales en abstracto.
Niños de menos de seis años en especial “fueron definidos como egocéntricos, autoritarios y egoístas”, escribió más tarde Keller, resumiendo el estudio. “Los niños chicos muestran poco reconocimiento o apreciación por los sentimientos autónomos e independencia de los animales” y “también expresan pánico hacia el mundo natural”. Eran los niños más chicos, no los de octavo y el undécimo, que era más probable que creyeran que los granjeros deberían “matar a todos los zorros” si un zorro en particular se comía a sus pollos; que está bien sacrificar animales para hacer abrigos de piel; que la mayoría de los animales silvestres eran “peligrosos para la gente; y que los animales venenosos, como las serpientes, “deberían desaparecer”. Era más probable que los niños más chicos estuvieran de acuerdo con la declaración: “Es estúpido que la gente quiera tanto a los animales”, mientras que casi ninguno de los adolescentes creía que fuera bobo. La mayoría de los de segundo estuvo de acuerdo con la afirmación: “Si se encontrara petróleo donde todavía vivieran animales, deberíamos extraerlo, incluso si perjudicara a los animales”. Los alumnos de mayor grado la rechazaron abrumadoramente.
“Nuestra sociedad romantiza frecuentemente la actitud de nuestros niños hacia los animales”, escribió Kellert, “creyendo que poseen alguna afinidad intuitiva inicial con el mundo natural y que los animales constituyen para los niños amigos o espíritus afines”. Pero los datos son claros: mientras más chicos los niños, más “explotadores, insensibles y rígidos” eran –mientras su relación con los animales silvestres se basaba en la satisfacción de “necesidades y ansiedad hacia lo desconocido”. Los niños más grandes querían hacer camping en paisajes rústicos; los más chicos, “quedarse donde hubiera un montón de gente”.
Nos gusta imaginar que nuestros niños son nobles salvajes en miniatura, desplazándonos plácidamente y desnudos entre las bestias. Pero son más como los colonos: codiciosos, vengativos, desconfiados, pequeños, disparando en pánico un mosquete contra cualquier ruido que proviniera del bosque. No es su culpa. Se están comportando como niños.
Y quizás, me doy cuenta ahora, ese es exactamente el punto. Puede no importar si la conexión entre los niños y los animales es real o imaginada; si mirar a mi hija perseguir a mariposas en un día soleado se siente tan bien y tan parte de la vida porque está satisfaciendo un impulso innato –encontrando momentáneamente su nicho ecológica- o solo porque esté satisfaciendo una fantasía pastoral nostálgica mía. Quizá es un poco las dos cosas. Quizá, como en otras preguntas emparentadas, la verdad se pierde entre nuestras identidades infantiles y las identidades hacia las que avanzamos.
En los últimos tiempos, todos estos animales con los que llenamos las vidas de nuestros hijos –las frustradas cabras con las aprendemos a hacer compromisos, el preocupado zorrillo que atraviesa su primer día en la escuela, el oso peluche que debe recibir cariñitos y recogido- son los apoderados. Son utilería útil y adorable, utilería que sentimos que dominan la atención de nuestros hijos de un profundo modo biofílico. Y los usamos para enseñar a nuestros hijos lecciones básicas o autocontrol o compasión –para mostrar a nuestros niños qué tipo de animales nos gustaría que fueran.
[Jon Mooallem es un colaborador de The New York Times Magazine y autor de ‘Wild Ones: A Sometimes Dismaying, Weirdly Reassuring Story About Looking at People Looking at Animals in America´, del que se adaptó esta version.]
27 de mayo de 2013
5 de mayo de 2013
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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