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[Edmundo Magaña & Eric Orendi] [Publicado en revista Pasaje 38, octubre 1996. Ámsterdam, Holanda].

El 24 de junio de 1981 un grupo de pastores vio aparecer a la virgen en las montañas de Podbrdo, cerca de Bijakovici, un pequeño pueblo cercano a la ciudad de Mostar en el sudoeste de Bosnia, en ex Yugoslavia. La virgen, una mujer de unos veinticinco años, de estatura común, se dirigió a ellos en croata. De acuerdo con los testimonios, lleva una diadema de estrellas y un manto blanco tejido con hilos de oro, y tiene los pies en una pequeña nube. A veces se la ve rodeada de ángeles. Tiene mensajes importantes para la humanidad. Según se dice, hasta el momento ha entregado diez secretos sobre el destino del mundo a los pastores, aunque los visionarios no podrán revelarlos sino el día en que se vean signos especiales en el cielo.
Entre los pastores, dos muchachos y cuatro chiquillas, se encontraba Ivanka Ivankovic, entonces de quince años. Desde entonces, en Medjugorje, el pueblo donde se ha instalado el nuevo santuario mariano, los jóvenes visionarios atienden a los cientos de fieles que acuden a presenciar el portento. Las pastoras hablan con las visitantes; a algunos les revelan el destino que les espera.
Ramiz Omirovic, minero bosnio, había asistido a una peregrinación hacia el nuevo lugar de culto. Aunque era musulmán, acostumbraba visitar lugares de culto católicos. Esta vez, había subido de rodillas a la montaña donde se encuentra la capilla que se levantó en uno de los lugares de aparición de la Virgen. Le habían contado la historia de la pastora: su madre había muerto, su hermano era inválido, y su padre había comenzado a beber. Un día perdió dos ovejas de su rebaño. Su padre amenazó con carnearla en lugar de los animales perdidos. Mientras buscaba a las ovejas, la Virgen se le había aparecido. Su hermano sanó y su padre había dejado de beber. Ramiz quería conocerla.
A Ramiz Omirovic le dijo Ivanka en 1982 que en el futuro cambiaría de nombre, que dejaría de llamarse Ramiz. A partir de una fecha no especificada, comenzaría a llamarse Iván. También le dijo que sería sometido a los mismos tormentos que Cristo. Tenía entonces 34 años.
En 1982, Ramiz no podía saber que la profecía se cumpliría. Ni sabía que tenía relación con la guerra en la que pronto se vería envuelto. Ni sabía que él sería unos de los pocos supervivientes de un campo de concentración serbio.

Ramiz Omirovic nació el 7 de julio de 1948 en Turija, un pequeño pueblo de mineros cerca de Lukavac, Tuzla, en el noroeste de la ex Yugoslavia. Turija es un pueblo de una sola calle donde viven solamente mineros y sus familias. Un afluente del río Drina, que alimenta la represa Modracka Jez del lugar, forma la entrada del pueblo.
Su padre, Omán, había nacido en el mismo pueblo, y fue minero hasta su muerte, acaecida en un accidente en la mina en 1991, en Lukavac. Su madre, Fátima, provenía de Gare, un pueblo cercano. Aparte sus dos hermanos mellizos, Ramiz tenía cuatro hermanas. Hana murió en 1990, de una enfermedad; Naza, Ajka y Pasa viven aún. Se casaron con musulmanes y abandonaron el pueblo, dice Ramiz. Pero una de ellas se casó con un alemán y vive ahora en Alemania. Es la única hermana a la que ha visto en los últimos años. Y no sabe dónde están las otras.
El destino llamó por primera vez a su puerta en 1991. En el accidente en que murió su padre, también otros 180 hombres perdieron la vida. Sus hemanos, Safet y Dzemo, habían muerto en ese mismo accidente. Habían comenzado recién a trabajar en la mina; de hecho, era la segunda vez que bajan a los socavones. Uno de los túneles había cedido. Murieron asfixiados, uno de los brazos de los otros. Ramiz, que era miembro del equipo de emergencias, había rescatado sus cadáveres en el socavón, varios días después de ocurrido el accidente.
En el pueblo vivían musulmanes y católicos. Algo más allá, en las laderas de las montañas de Ozren y Majevika, vivían serbios ortodoxos. No es una sorpresa que Ramiz haya estudiado en la Escuela Técnica de Banovice. Su padre trabajaba ya en la mina y sus dos hermanos seguirían sus pasos. Ramiz bajó por primera vez a los socavones, a mil metros de profundidad, cuando tenía dieciocho años. Debía perforar la montaña seis horas al día; continuaba sus estudios por la noche. Debido a su preparación lo habían puesto a trabajar en las bodegas; más tarde se haría miembro del equipo de emergencias. Poco antes comenzar la guerra, lo habían encargado de las bodegas de explosivos de la mina.
Ramiz no es alguien que tenga recuerdos gratos. Tuvo una infancia como los otros chicos del lugar, pero más tarde en su vida Ramiz no haría contactos fácilmente. De joven no tuvo ni novia ni novietas, ni quiso tenerlas. Le parecía, aunque era musulmán, que las chicas musulmanas eran fáciles; conocía a varias que engañaban a sus maridos cuando estos se encontraban en las minas. “No quería casarme con una mujer que anduviese follando con otros durante mi ausencia”, dice. A los treinta y siete años seguía soltero.
En 1985 puso un anuncio en el periódico local y una mujer del vecino pueblo de Vukovar, noventa kilómetros al norte de Tuzla, le respondió. Era viuda, católica, serbia, se llamaba María y tenía entonces un hijo de catorce años. Vivía sola y se ganaba la vida trabajando de dependienta en una tienda del pueblo. Su marido –un serbio- había muerto en un accidente de automóvil. Ramiz la visitó en casa y se quedó con ella tres días. Acordaron visitarse. A las pocas semanas del primer encuentro, decidieron casarse, y lo hicieron de acuerdo al ritual católico en la iglesia de Vukovar. Ramiz se compró un traje nuevo para la ceremonia.
Pero decidieron, de momento, que él la visitaría dos veces al mes, dependiendo de su turno en la mina. Vukovar, en Croacia, se encuentra a una hora en tren desde Lukavac. No podían vivir juntos porque ella no podía dejar su trabajo en la tienda y debía, además, ocuparse de su hijo. Y él no podía dejar su trabajo. Además, Ramiz tenía tierras en las que cultivaba frutas y verduras. Era tierra fértil. Pero Ramiz comenzó a ahorrar dinero para comprar una casa en Vukovar e iniciar así una vida de familia.
Su hija, Mirsada, nacería en 1984, vale decir, un año antes de su matrimonio. No es la única inconsistencia de su historia.

En el otoño de 1991, los serbios, con el apoyo del ejército popular pan-serbio de Tito, rodearon Vukovar. En noviembre, mientras se encontraba en uno de los socavones de la mina de carbón, Ramiz fue llamado a la superficie. Lo esperaba la policía de Tuzla. La aviación yugoslava había bombardeado Vukovar. Su mujer y su hijo habían muerto durante el ataque. La policía dijo que el reconocimiento de los cuerpos era imposible; habían quedado destrozados y serían enterrados en una fosa común. Ramiz no podía acercarse a Vukovar, ya que había caído en manos de los serbios y corría el riesgo de ser asesinado. Así al menos le dijeron el sacerdote y las monjas de la parroquia local para disuadirlo. Los policías le dijeron que el bombardeo había ocurrido poco después del anochecer. María estaba en casa; seguramente había terminado de cenar. Además, Ramiz debía ocuparse de su hija. Mirsada vivía con él, ya que habían decidido, él y su mujer, que mientras no pudiesen vivir juntos, Mirsada sería criada por su abuela. De la casa no había quedado nada en pie. Ni del pueblo. Los serbios querían deshacerse de la población no-serbia, y lo habían arrasado. En menos de tres meses, la centenaria ciudad fue completamente destruida.
Pero Ramiz no esperaba que la guerra se fuera a extender a Bosnia. Croacia, pensaba, era otra república… Continuó trabajando junto a sus colegas serbios. Al término de la jornada, acostumbraba tomar un trago en el bar del pueblo. Pero Ramiz no se enteró de los planes políticos y estratégicos de Milosevic, el presidente serbio. La muerte de Tito y el fin del comunismo habían creado un vacío de poder que Milosevic y los suyos aprovecharían para comenzar sus planes de reconstruir la Gran Serbia, el viejo sueño del país. Su política de dividir para reinar encontró suelo fértil en los Balcanes, dominados durante siglos por disputas religiosas y étnicas.

Ramiz miraba televisión, pocos meses después, cuando en un especial apareció Alija Izetbegovic pidiendo a la población bosnia que no molestaran a las tropas serbias que se retiraban de Croacia. Bosnia se encuentra enclaustrada por Croacia, al noroeste, y Serbia, al este. Cuando los serbios, después de intentos infructuosos de ocupar Croacia se retiraban a su país, debían pasar necesariamente por la franja note de Bosnia, ya que es la ruta más corta hacia Belgrado, la capital serbia. El presidente explicó que los soldados pasarían por el lugar, pero que no tenían intenciones hostiles. Pero hasta un niño podía sentir la amenaza de la guerra. De hecho, los bosnios no podían empezar nada, si lo hubiesen querido: aunque Europa y Estados Unidos habían reconocido a Bosnia como país independiente, Bosnia no tenía ejército propio y el embargo de Naciones Unidas, de 1991, impedía la importación de armas.
Al día siguiente del especial, un viernes, el día de yomoa (la oración del mediodía), los mineros de Lukavac y Turija bajaron a la mezquita a presenciar la retirada de las tropas serbias. Estaban en la plaza cuando los soldados comenzaron a disparar contra la multitud. La gente huyó. Siete personas cayeron al suelo. Ramiz y otros decidieron defenderse y repeler el ataque. Lamentaban haber creído en Izetbegovic. Los serbios no pasaban por el lugar; habían llegado, por lo que parecía, a quedarse.
Los hombres corrieron hacia las dependencias de la policía sólo para descubrir que se habían unido a las fuerzas serbias. No fue una gran sorpresa, ya que la mayoría de ellos eran serbios. Fueron entonces a las bodegas de las minas. No tenían armas, pero sí tenían explosivos con los que defenderse. Ramiz era entonces no solo el encargado de las bodegas; además, era miembro de la milicia civil. No podía dejar que los serbios actuaran impunemente. Abrió las bodegas y entregó explosivos a los hombres. Otros se acercaron con rifles de caza. Atacaron a los soldados, obligándoles a retirarse de la aldea. Decidieron entonces impedir la ocupación o, al menos, resistirla. Levantaron a toda prisa una barricada a la entrada del pueblo, por sobre el puente del río, y se apostaron con explosivos a esperar el avance de las tropas. Los soldados se instalaron en los pueblos serbios de las montañas de Ozren y Majevica y comenzaron a bombardearlos desde ellas con las raquetas Luna que habían saqueado de la caserna croata de Kerestina, en Zagreb. Las granadas y morteros causaron pocas víctimas, pero los ochenta mineros que defendían el pueblo no tenían grandes posibilidades de victoria. No estaban organizados, no tenían armas ni experiencia y no podían contar con el apoyo de un ejército bosnio inexistente.
Pocos días después, luego de jornadas cansadoras en las que los mineros se turnaron para custodiar la única calle del pueblo, se vieron rodeados de soldados. Y no solamente de soldados. Aparentemente habían preparado una emboscada usando a los serbios que vivían en los pueblos del valle. El ataquen había sido tan repentino que no habían tenido tiempo ni siquiera para consultar qué hacer. Rodeados por todos lados, debieron entregarse.
Era el 18 de abril de 1992. Los soldados ocuparon rápidamente el pueblo. Golpeándoles y gritando, los empujaron a los camiones que esperaban. Fueron trasladados al campo de prisioneros (una antigua fábrica de ladrillos) de Karakaj, en la frontera bosnia, cerca de Zvornik. A pesar de que no más de ochenta hombres habían ofrecido resistencia, los serbios también hicieron prisioneros a los otros habitantes no-serbios del pueblo, incluyendo mujeres y niños, quienes reunieron en la escuela del lugar, que habían transformado en un improvisado campo de detención.
A poco de llegar, al mediodía, los prisioneros fueron sacados uno a uno del galpón de la fábrica y golpeados brutalmente con estoques y culatas. Luego fueron rapados y devueltos al galpón. Tenían la ropa hecha jirones y estaban cubiertos de sangre. En el pueblo había mantas. Durante el día fueron llegando más prisioneros. Ramiz dejó de llevar la cuenta. Al día siguiente había más de trescientos bosnios hacinados en el estrecho recinto de la fábrica. Los hombres pensaban que serían asesinados. No se equivocaban.
Ramiz sabía que la mayoría de los prisioneros provenía de Lukavac en Banovice, pero no vio a ningún amigo. Entre los soldados y milicianos serbios se encontraban también algunos vecinos del pueblo, con los que había tenido buenas relaciones antes de la invasión. Como Stojan, un hombre gordo, viejo, un antiguo amigo de su padre muerto. Cuando le vio no sabía qué esperar de él. Recordaba que, de niño, Stojan jugaba con él. Stojan se acercó a él, gritándole que era un cerdo maloliente, que había transformado su lugar en una pocilga. Lo obligó a levantarse y a limpiar. Cuando Ramiz se levantaba para sacudir la manta, Stojan se inclinó hacia él y arrojó unos terrones de azúcar debajo de ella. “No te preocupes, Ramiz, todo terminará bien”, le dijo. Luego, levantando la voz, volvió a llamarle cerdo.
La ración que recibían una vez al día era un plato con un contenido indescriptible, una especie de sopa preparada a base de frijoles y carne podrida.
El 20 de abril, cerca de la medianoche, los soldados sacaron del local a algunos de ellos y los hicieron formar filas. Luego los fueron sacando uno a uno para darles una brutal golpiza mientras los otros prisioneros miraban impotentes. A Ramiz le dieron un tratamiento especial porque sabían que había abierto la bodega con explosivos. Le preguntaron por qué había entregado la dinamita a esos “sucios moros” y le reprocharon que se hubiesen organizado. Lo ataron y lo golpearon con la porra que usaba la policía de esa región, un bastón de madera pesada de casi medio metro de largo. Le metieron la porra en la boca y le dieron un golpe tan fuerte en el ojo izquierdo, que su iris se desprendió. Sangraba profusamente. Sin ver nada, y con los ojos hinchados, lo dejaron a su suerte en la manta que le correspondía. Los días siguientes le dejaron en paz. Los soldados se limitaban a darle de patadas cada vez que pasaban cerca de él.
Al día siguiente, mientras los soldados se apostaban rodeando a los prisioneros, cuatro de ellos se acercaron a él. Le preguntaron una vez más por participación en el intento de resistencia, pero Ramiz ya había contado todo: sabían que él había abierto las bodegas de explosivos. No lo negó. Durante interrogatorios anteriores, Ramiz había declarado ser también católico, ya que estaba casado con una católica, y, además, se había casado por la iglesia. Pero Ramiz no entendía por qué insistían tanto sobre el asunto. Lo comprendería pronto. Los soldados serbios lo sujetaron fuertemente, de pies y piernas, y le arremangaron los pantalones. Otro de ellos tomó un martillo y clavos. Lo iban a someter a una tortura especial; ya que insistía en que era cristiano, lo crucificarían como a Cristo. Los soldados empezaron a clavarle las estacas de metal. A otro prisionero que se encontraba a su lado le clavaron una herradura debajo de los pies. Ramiz les gritó: “¡Si no me matan ahora, les juro que los mataré!”
Los serbios descansaron un rato y bebieron aguardiente local. Pero la sesión de tortura no había terminado. Lo sacaron a rastras del galpón y lo llevaron a una de las oficinas de la fábrica que había habilitado como cuarto de interrogatorios. Uno de los soldados le metió en la boca la insignia de su gorra y le ordenó que se la comiera. Ramiz intentó tragársela, pero no pudo: era demasiado grande. Le llamaron “cerdo” y lo acusaron de haber planeado el asesinato de serbios. “Tienes los dientes en mal estado”, le dijeron. “Te los vamos a afilar para que puedas mascarla”. Entonces comenzaron a afilárselos con una lima. Una hora después lo arrastraron al galpón y arrojaron junto a los otros prisioneros.
Al día siguiente entraron otros soldados al galpón. Habían ideado una nueva tortura. Habían decidido, ya que eran musulmanes y animales, marcarlos. Les hicieron formar filas. A pesar de que Ramiz no podía ver ni caminar, lo sacaron de la fila. Los soldados calentaron el hierro en la cocinilla que había en el lugar y le marcaron una media luna en la cabeza. Ramiz no se acuerda muy bien dónde ocurrió todo esto. Quizá fue en una de las oficinas fuera del galpón, porque recuerda a uno de los jefes pasándole el hierro a Karadzic, diciéndole: “Por favor, señor presidente”. Lo marcó Karadzic mismo.
El 28 de abril los prisioneros fueron visitados por el jefe del gobierno serbio Radovan Karadzic, el comandante Madlic, el general Uzelac y otros militares ahora acusados de crímenes de guerra en el tribunal de La Haya. Ramiz conocía al doctor Karadzic, y había sido incluso atendido por él para el control semestral de los obreros de la mina, cuando aquel trabajaba como psiquiatra en Sarajevo. Habían llegado en helicóptero. Karadzic no llevaba uniforme militar, sino su usual traje de político importante. “Como director de fábrica”, dice Ramiz. Volvería a visitar el campo durante varios días. Alguna de las figuras les habló, aunque no recuerda quién. Les dijo que el gobierno bosnio no se interesaba en su suerte. Hasta su propio gobierno, dijeron, los consideraba cerdos sin valor y serían tratados como tales. ¿No se acercaba acaso el día de kurban bayram, el ritual musulmán en el que se sacrifica a los carneros?
En 1992 el ritual kurban bayram comenzó el 10 de junio. Setenta días después del mes de ayuno se sacrifica ritualmente a los carneros en conmemoración de la prueba de Abraham, cuando Dios le pidió que sacrificara a su hijo Isaac. Los soldados volvieron a acercarse. Les dijeron que por una vez habría un cambio, que las víctimas del sacrificio no serían los animales sino ellos mismos y que darían sus cuerpos como alimento a los cerdos. Karadzic, cree recordar, se encontraba nuevamente en el campo, junto a Martic, Vojislav Seselj y otros líderes serbios. Karadzic les repitió: “Los echaremos al río; ustedes no son más que forraje animal”.
Les hicieron formar filas. Y los soldados empezaron a contar: las víctimas serían seleccionadas de diez en diez. Y Ramiz fue una de ellas. Sería sacado del local y degollado en el patio. A pesar del temor, nadie había desesperado y estaban todos en silencio. Ramiz se puso en la fila de los que serían asesinados. Entonces Stojan se acercó a uno de los jefes, Karadzic mismo, según recuerda. “Se lo ruego, señor presidente, en nombre del santo padre Basilio, se lo ruego, no mate a Ramiz. Yo era muy amigo de su padre: era un buen hombre”. Ramiz no comprende aún el diálogo que siguió después. Karadzic parece haberle preguntado a Stojan si acaso el santo padre Basilio era de Ostroc, a lo que Stojan habría respondido afirmativamente. “Yo también soy de Ostroc”, dijo Karadzic. Y le perdonó la vida. El jefe se volvió al hombre que estaba a su lado, Iván Palic, un minero católico, 31, de Tuzla, con quien Ramiz había trabajado algunas veces en el mismo equipo. “Tú ocuparás su lugar”, le dijo. Iván se persignó y dio un paso hacia la fila de los condenados. A los otros prisioneros se les permitió orar; luego fueron sacados del recinto.
Al día siguiente, los obligaron a salir en grupos. Los soldados habían cavado un hoyo en el patio de la fábrica. Habían arrojado allí las cabezas de los hombres degollados. Les dijeron que sus cuerpos habían sido arrojados al río Drina. En adelante, los sacarían cada mañana a mirar las cabezas de las víctimas de la noche anterior. A veces, había cabezas de mujeres y niños en el hoyo. Ramiz creyó reconocer a vecinos de Lukavac. Cree recordar que los soldados serbios recibían órdenes precisas de sus jefes sobre el número de prisioneros que debían matar cada noche.

El 19 de junio los serbios les anunciaron que habría un canje de prisioneros. Lo habían hecho antes, a condición de que se dejase en libertad a diez serbios por cada musulmán o católico. Ramiz no podía caminar, pero lo subieron a empujones a uno de los camiones que los llevarían al lugar acordado, el puente sobre el río Drina, el mismo desde donde los soldados habían arrojado los cadáveres degollados de sus compañeros. El ejército bosnio, y representantes de Naciones Unidas, les llevaron a Lukavac. Ramiz estaba gravemente herido de sus pies y piernas y le trasladaron a casa en un vehículo policial. Todo lo que quería era volver a ver a su hija, Mirsada, que se encontraba con su abuela y con una de sus vecinas católicas.
La mujer se asustó tanto al verlo, que comenzó a llorar. Lo habían entrado en una camilla a casa y tenía las heridas abiertas. Algunos hombres trataron de ayudarle sacándole los clavos de los pies. Ramiz dice no haber sentido dolor.
Dos días después, Ramiz, que se encontraba prostrado en cama, sin poderse mover aún, vio entrar a Stojan, el hombre que le había salvado la vida. “Vengo a pedirte perdón”, le dijo Stojan.
Cuando al anochecer apareció un grupo de serbios por su casa, no se inquietó. “Ramiz, ¿tienes algo para beber?”. El que preguntaba era Ilja Pejanovic, un serbio del vecino pueblo de Brijesnika, en las montañas de Ozren. Ramiz le conocía. Habían sido amigos en el pasado, hasta el momento en que, hace algunos años, Pejanovic le propuso que le vendiera sus tierras. Ramiz le dijo no. Pejanovic argumentó que las tierras no eran productivas, que estaban en una ladera, y que el sitio estaba lleno de árboles que le impedían cultivarlo. Pero Ramiz no podía vender su terreno; había pertenecido a su familia y no tenía planes de deshacerse de él. No era fácil trabajar la tierra. No tenía tiempo para ello, pero los vecinos se organizaban regularmente para cultivarlas. Cada vez se cultivaba el terreno de uno de ellos, por turnos. Ramiz sembraba habas, frijoles, patatas y otros vegetales; y tenía nogales y ciruelos en su terreno.

“Tengo slivovitsj (aguardiente)”, dijo Ramiz desde su cama. Ya antes había puesto a Mirsada a dormir, con el piyama con motivo de flores que le había regalado el 10 de julio del año anterior, cuando cumplió ocho años.
Los hombres estuvieron bebiendo gran parte de la noche. “¿Dónde tienes a tu hija?”, le preguntó Pejanovic. “Está durmiendo, déjala tranquila”, dijo Ramiz. “Musulmán de mierda”, le gritó Pejanovic. “¿No sabes a lo que he venido? A matar moros, a eso he venido. Ahora verás que hacemos los serbios con cerdos como ustedes”. Ordenó a los milicianos –seis en total- que fueran a por Mirsada. Ramiz fue sacado de la cama y arrojado sobre el pequeño tapete que usaba para orar. Le ataron de manos y pies con unos alambres oxidados. Lo apretaron tan fuerte que le pararon la circulación de la sangre. Los milicianos agarraron a Mirsada y la arrojaron al suelo. Pejanovic la desnudó mientras los otros la sujetaban. Pejanovic, sabía Ramiz, tenía 53 años. Nunca hubiese imaginado que sería capaz de hacer lo que haría. Tapándole la boca, Pejanovic la violó una y otra vez, mientras Ramiz, maniatado, era incapaz de hacer algo. Estaba amaneciendo cuando Pejanovic se cansó. Le mostró dos cuchillos y le preguntó: “¿Con cuál quieres que la mate?” Ramiz no podía hablar. Pejanovic la tomó de las trenzas y le dio una puñalada violenta, cercenándole la cabeza, la que arrojó a los pies de Ramiz. Ramiz vio los ojos de Mirsada, mirándolo, mientras su cuerpo se convulsionaba al otro lado del tapete. El cuarto estaba lleno de sangre. Los milicianos serbios abandonaron el lugar.
Por la mañana, algunos transeúntes oyeron los gemidos de Ramiz y entraron a su casa. Ramiz yacía en el suelo, junto al cadáver de su hija. Tenía piernas hinchadas y amoratadas. Los vecinos lo trasladaron rápidamente al Hospital de Tuzla. Le dijeron que debía ser intervenido rápidamente, ya que con el corte brutal de la circulación de la sangre le estaba provocando una trombosis. Pero en Tuzla, el hospital no tenía ni equipos ni medicinas para curarle. Le trasladaron al Hospital de Zagreb, en Croacia, donde permanecería hasta el 16 de septiembre siguiente. Le dijeron que su hija había sido enterrada, pero nunca supo dónde.
El 17 de septiembre, un convoy holandés le llevó a Holanda. Había oído hablar del país como “el país de las flores”. “Tenía las piernas hinchadas y negras, casi podridas”, cuenta uno de los enfermeros que le cuidó durante su traslado. En Bosnia no había medios para cuidar de él y, aparte, sus males físicos. Ramiz se había transformado en un demente.

Luego de una estadía de algunos días en el Hospital Académico de Utrecht. Ramiz, acogido como refugiado, fue enviado a Huize Tieder, un centro de recepción manejado por las monjas del convento franciscano de San Pablo, en Brunssum. “No tenía ni dientes ni uñas en pies o manos, tenía abiertas las heridas de las piernas”, ha declarado una de las monjas Ramiz decidió entonces convertirse oficialmente al catolicismo. Había comprendido la predicción de la pastora de Medjugorje, Ivanka Ivankovic, y eligió llamarse Iván, como su compañero católico que había sido asesinado en su lugar. Sería su manera de rendir homenaje a su memoria, y de ocupar en la iglesia católica el lugar que había correspondido a Iván. Ramiz se convirtió el 24 de junio de 1993 en la Iglesia de San Gregorio el Grande, en Brunssum, Limburgo.
¿Se podía convertir un hombre en situación de deterioro moral? No había ningún motivo para no creer en su decisión de convertirse. Estaba muy mal físicamente, pero su deseo de hacerse católico era genuino. El hecho de que hayan matado en su lugar a ese hombre católico de Tuzla fue ciertamente el motivo más importante, pero él se sentía atraído por el catolicismo desde hace mucho tiempo. Siguió el catecismo con las hermanas y un intérprete”, dice el padre Lovembros, uno de los franciscanos que se ocupan de la iglesia limburguesa.
Poco tiempo después sería trasladado a un asilo para refugiados en otro lugar del país. Terminaría viviendo en Ámsterdam. Entretanto, había sido examinado por médicos y psiquiatras; su situación era grave. Presentaba graves síntomas de trastorno mental, y su paranoia le jugaba malas pasadas. Y había comenzado a beber. Desde entonces, y hasta el día de hoy, Ramiz deambula desde el alba hasta el anochecer por las calles de la ciudad, parando a la gente para contarles su historia. Lleva siempre un maletín en el que guarda los papeles que deben dar veracidad a su historia: copias de su pasaporte, de su inscripción en la seguridad social, de informes médicos, una carta de Amnistía Internacional, recortes de periódicos donde ha aparecido su historia.
Ramiz Omirovic es un hombre de alrededor 1.70m de estatura, enjuto, de postura angustiada, como quien teme ser asesinado en cualquier momento: los brazos apretados contra los lados del cuerpo, la cabeza entre los hombros, mirando hacia el suelo. Vive solo en un departamento en un suburbio de Ámsterdam. Como hemos llegado antes de la hora convenida, llamamos al timbre de la vecina. “Es una pesadez”, dice. “Es un alcohólico. Llega a cualquier hora de la madrugada, pone música balcánica a todo volumen y se lanza a dar brincos y a gritar lo que parecen amenazas. Ya llamé a la policía y a la corporación de vivienda para que lo saquen de aquí. Sí, ya conozco su historia, pero ¿por qué va por la vida contándoselo a todo el mundo? Mi marido también estuvo en un campo de concentración durante la guerra (Segunda Guerra Mundial), pero nunca salió a poner anuncios sobre su tragedia”.
Ramiz nos espera con café. Las paredes de la sala están cubiertas de banderas y escudos bosnios tejidos en grandes telas blancas. Tiene una imagen de la Virgen María y una bandera de Estados Unidos. En otro rincón reúne las pocas fotos que tiene de sus parientes: la hermana que vive en Alemania, la sobrina que escapó de la guerra para terminar en Rotterdam. Está agitado. Dice que hace pocos días fue golpeado por un grupo de serbios cuando llegaba a casa, en el viaducto de Muiderpoort. Volvía a casa, como siempre, después de haber recorrido la ciudad. Tres hombres le asaltaron y le quitaron el maletín con sus papeles. “Si vas a declarar a La Haya (al tribunal), te mataremos”, le gritaron cuando huían. Ramiz no soltó el maletín, pero se quedó solo con la manilla. Dice que fue a la policía a poner una denuncia. No eran aún las doce de la noche, pero le dijeron que volviese al siguiente. Ramiz lo hizo, pero tampoco apuntaron su denuncia. “La policía de Ámsterdam está llena de serbios”, explica.
Es difícil seguir lo que dice. Habla en serbocroata y nos obliga a un contacto no verbal, de modo que no hay nada, excepto los brazos que mueve con vehemencia, que nos distraiga de sus centelleantes ojos negros. “El año pasado mataron a dos bosnios que había sido llamados a testificar ante el Tribunal de La Haya”, dice. “A uno, a Iván, lo mataron frente a la Estación Central. Al otro, a Safet, en la Plaza del Dam, a balazos”. El encargado de relaciones públicas de la policía de Ámsterdam confirma que en los últimos años han tenido casos de ex yugoslavos asesinados, pero se trata de arreglos de cuentas en círculos de delincuentes. Es posible, con todo, que entre ellos también se encuentren refugiados bosnios. “Si no sabemos el apellido, o la fecha de nacimiento, o el día en que habrían sido asesinados, no podemos identificarlos”, dice el funcionario.
“El año pasado trataron de matarme”, dice Ramiz. “Me echaron el coche encima, pero no lo lograron. Me dieron por muerto. Me llevaron al Hospital de Nuestra Señora”. Tomislav, el intérprete croata que nos acompaña, ha dejado de creer en la historia de Ramiz. Y Ramiz no ayuda demasiado. Salta de un tema a otro, grita, gesticula, y agita sus papeles diciendo incomprensiblemente: “¡Internacional, internacional!”
Durante una de las entrevistas, se fue a la cocina para volver con un cuchillo con el que demostró cómo mataban los serbios a los prisioneros, para ofrecernos enseguida, haciendo grandes aspavientos, una taza de café. “Los serbios se reúnen aquí en un café en el barrio. Me llamaron a declarar al tribunal de La Haya”, sigue. “Lo que digo es la verdad”, agrega, mostrándonos la notificación. Pero el funcionario de prensa del Tribunal de La Haya no lo encuentra en la lista de testigos de cargo.

El doctor Kwekkeboom, su médico de cabecera, dice que debe guardar el secreto médico. “Su dentista dice que tiene los dientes podridos; no se puede determinar si han sido afilados o no”, dice. “Las heridas en las piernas, según el dermatólogo, son producto de la mala circulación de la sangre, aunque es verdad que tuvo trombosis, así que es posible que haya sido torturado tan salvajemente como él dice. En cuanto a la media luna que tiene estampada en el cuero cabelludo, no sé qué decirle. No es verdad que haya estado en la morgue. Vamos, no lo sé, pero me parece muy improbable. Pero nadie intentó asesinarlo: simplemente lo arrollaron cuando volvía, como siempre, borracho a su casa. Mire, yo no puedo decir que no sea verdad lo que dice, pero tenemos grandes dudas. Indudablemente tiene problemas mentales muy serios, pero no sé si se originaron en la guerra o si son anteriores. Es imposible saberlo”.
Ramiz parece confundir acontecimientos. A veces, por ejemplo, olvida quién ha sido torturado: si él mismo o uno de sus compañeros en el campo, cuando dice que los soldados serbios los herraron como a caballos. También, Ramiz no está seguro de si Karadzic mismo lo marcó con la media luna. Pero este tipo de problemas de memoria ocurren a menudo con ex prisioneros de campos de concentración. “La gente que ha sido humillada y torturada puede ser dividida en dos grupos: aquellos que pueden superar la experiencia y dar vuelta la hoja, y aquellos –quizá debido a problemas anteriores- que no pueden hacerlo”, dice Jelly van Essen, psicóloga asociada a la Fundación Pharos, que ofrece ayuda psicológica a refugiados. “Si el sufrimiento es demasiado grande, o no es comprensible, la persona va a buscar todo tipo de explicaciones, incluso imaginarias. Además, puede sufrir disociación, la represión de partes del trauma. Al hacer esto, surgen lagunas en la memoria, lagunas que se tratará de llenar con acontecimientos que han ocurrido en otro momento. A veces, el temor a volverse loco es tan fuerte, que una persona comienza a representarse constantemente a sí misma, aferrándose además a cosas materiales. Un maletín con documentos (como el de Ramiz) se transforma en toda la identidad y memoria de la persona”, dice van Essen. “Y al mismo tiempo, el maletín es su único nexo con el país en que se encuentra. Una persona en ese estado preferiría olvidar ese pasado, pero no puede hacerlo”. Es posible, agrega, que Ramiz haya tenido problemas psíquicos antes de la guerra, que la guerra los empeoró, pero no significa que sus experiencias sean imaginarias. En la Fundación Pharos conocen otros casos de ex prisioneros de campos serbios que son tan terribles como el de Ramiz. Y esos casos pudieron ser verificados.
En las listas de serbios acusados de crímenes de guerra que maneja Amnistía Internacional, no aparece el nombre de Pejanovic. La Cruz Roja no entrega listados de víctimas de bombardeos ni de prisioneros canjeados por periodistas. Amnistía Internacional no ha incorporado la historia de Ramiz en sus documentos oficiales sobre la invasión de Bosnia. “No es que no creamos en su historia, porque hemos oído historias aun más terribles”, nos dice alguien del despacho de la organización, “pero no la hemos verificado por voluntad expresa de Ramiz mismo. Cuando vino por aquí, nos pidió que no investigáramos lo que decía para no poner en peligro a la gente que le había ayudado. Pero no tenemos motivos para no creer en su historia”.
Jelly van Essen, la terapeuta, dice: “Lo trágico que es un ex prisionero en este estado (como Ramiz) no sirve demasiado como testigo de cargo. Aunque declarase de acuerdo a su conciencia y conocimiento, no sería capaz de contar una historia de manera cronológica y detallada”.
¿Es Ramiz víctima de crímenes de guerra? El profesor K. Mulder, de la Universidad de Ámsterdam, opina que un caso semejante si puede ser considerado, sino un crimen de guerra, en todo caso un crimen contra la humanidad. “Primero, porque el asesinato de la pequeña tuvo lugar en un territorio que se encontraba en guerra. En segundo lugar, porque el grupo del que hacían parte los asesinos, era una milicia uniformada, probablemente integrada en la estructura del ejército serbio. En tercer lugar porque se sabe que los serbios recurrieron sistemáticamente a las violaciones como un medio de atemorizar a la población no-serbia”. En el despacho de Amnistía Internacional son menos optimistas.
“Habría que probar que los milicianos recibían órdenes del ejército serbio, o que formaban parte de sus comandos, y eso puede ser muy difícil”, nos dicen.
Ramiz dice que volverá a Bosnia a vengar el asesinato de su hija. Para él, o Iván Omerovic, la guerra no puede terminar. Cuando le preguntamos por qué creía que los serbios no lo habían matado a él, la noche de la violación y asesinato de su hija, nos respondió: “Me mataron dejándome vivir, ¿no lo entienden?”
[Los nombres han sido cambiados para proteger la identidad de los participantes.]

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