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[Estados Unidos] [La muerte en vida de la celda de incomunicación.]

[Lisa Guenther] Existen numerosos modos de matar a una persona, pero el más simple y devastador es probablemente la incomunicación o el confinamiento solitario. Privados de contactos humanos significativos, presos de otro modo sanos terminan trastornados. Son sometidos a periodos de intensa ansiedad, paranoia, depresión, amnesia, alucinaciones y otras distorsiones perceptivas. Los psiquiatras agrupan este racimo de síntomas bajo el nombre del síndrome de SHU, bautizado así por las Unidades de Confinamiento (SHU, por sus siglas en inglés: Security Housing Units) de muchas prisiones de alta seguridad. Los reos tienen modos más directos de clasificar su experiencia. La llaman “la muerte en vida”, “la caja gris” o “la vida en un hoyo negro”.
En junio, la subcomisión judicial sobre Constitución, Derechos Civiles y Derechos Humanos, presidida por el senador Richard J. Durbin, demócrata de Illinois, realizó la primera sesión parlamentaria sobre el confinamiento solitario. Activistas y expertos en el campo fueron invitados a entregar testimonios sobre los aspectos psicológicos, éticos, sociales y económicos planteados por el aislamiento punitivo. Entre los numerosos participantes se encontraba Anthony Graves, que pasó dieciocho años de su vida en el corredor de la muerte en Texas, la mayor parte del tiempo en régimen de aislamiento, por un crimen que no había cometido. Graves describe su aislamiento como una forma de “tortura emocional”. Dos años después de su exoneración y libertad, todavía se siente atrapado por el aislamiento: “Estoy viviendo en medio de millones de personas, pero la mayor parte del tiempo me siento solo. Lloro por las noches. Quiero dejar de sentirme así, pero no puedo”.
Tendemos a asumir que el confinamiento solitario se reserva a “los peores entre los peores”: reos violentos que han demostrado no querer o ser incapaces de vivir en medio de la población general. Pero la verdad es que un reo puede ser enviado al hoyo por cosas como no entregar a tiempo la bandeja de la comida o por posesión de un artículo de contrabando (que puede incluir cualquier cosa, desde una bandeja hasta una bolsa de picantes chips de tortilla). Según el Buró de Justicia, en 2005 hubo 81.622 reos sometidos a alguna forma de “confinamiento restrictivo” (la palabra en código para el confinamiento solitario). Estas cifras han aumentado a medida que se construyen más unidades de aislamiento en las cárceles, penitenciarías y reformatorios en todo el país. Dado que el 95 por ciento de los reos finalmente volverán a las calles, y que muchos de estos serán liberados sin ninguna forma de transición ni terapia, el régimen de aislamiento es un problema que puede afectarnos potencialmente a todos.
En mi propia declaración ante la subcomisión del Senado, utilicé un argumento filosófico contra el confinamiento solitario, basándome en mi investigación en fenomenología. La fenomenología es un método científico para revelar la estructura de las experiencias vividas describiendo cómo se vive desde la perspectiva de la persona que las vive. Antes que intentar demostrar un conjunto objetivo de datos, la fenomenología traza el modo en que una experiencia significativa del mundo emerge para alguien en la situación total de estar-en-el-mundo. No son los hechos los importantes, sino más bien que no son significativos en sí mismos; se convierten en significativos cuando son vividos por alguien en relación con un contexto u horizonte más amplio. ¿Qué ocurre entonces cuando ese horizonte se reduce al espacio de una celda un metro ochenta por cuatro metros y medio?
Consideremos el siguiente testimonio de reos entrevistas por el psiquiatra Stuart Grassian en el Pabellón 10 de la Penitenciaría de Walpole en 1982:
“Una vez tuve un bloqueo psicológico y perdí la memoria. No hablé en quince días. No oyes bien. No puedes ver, estás ciego, estás bloqueado, desorientado, casi sin conciencia. ¿Dijo alguien que estoy saliendo de ese periodo? Creo que lo que digo es verdad. Creo que me quedé embotado. Estaba completamente bloqueado.
“Parece que veo movimientos, movimientos muy rápidos frente a mí. Luego parece que están haciendo algo a tus espaldas, pero no puedes verlos. ¿Me golpeó alguien? Me quedo horas pensando en eso.
“Las cosas se derriten, en la celda se empieza a mover todo; todo oscurece, y crees que estás perdiendo la vista.
“No me puedo concentrar, no puedo leer… Tu mente está narcotizada… a veces no puedo encontrar las palabras. Estoy bloqueado, tengo que pensar en alguna otra palabra. Me falla la memoria. Sientes que estás perdiendo algo que quizás no recuperes”.
Privados de encuentros cotidianos con otras personas, y privados de la experiencia abierta del mundo como un lugar de diferencias y cambios, muchos reos pierden su relación con la realidad. ¿Qué pasa si el reo en confinamiento solitario corre el riesgo de perder para siempre esa relación?
El reo en una unidad de control puede tener alimentos y bebidas adecuadas y las condiciones de su confinamiento pueden cumplir o incluso exceder los umbrales fijados por tribunales en cuanto al trato humanitario. Pero hay algo en la exclusión de otros seres humanos del espacio en que vive, y la ausencia incluso de la posibilidad de tocar o ser tocado por otros, amenaza con socavar la identidad del sujeto. El problema con el confinamiento solitario no es solamente que priva al reo de su libertad. Este daño ya lo ha infligido nuestro sistema carcelario, y dependiendo de lo que creas sobe la justicia y el castigo, privar a otras personas de su libertad puede ser justificable. Pero el aislamiento prolongado inflige otro tipo de daño, uno que no se puede justificar nunca. Este daño es ontológico; viola la estructura misma de nuestro ser relacional.
Piense en esto: toda vez que oigo un sonido y veo a otra persona mirar hacia el origen del sonido, recibo la confirmación implícita de que lo que oí era algo real, que no era mi imaginación jugando conmigo. Cada vez que alguien en torno a la mesa, antes que a través de ella, recibo la confirmación no declarada, usualmente nada extraordinaria, de que la mesa existe, y que mi propio modo de relacionarme con las mesas es compartido por otros. Cuando no recibo esas confirmaciones implícitas, normalmente le pregunto a alguien –pero durante la mayor parte del tiempo no es necesario preguntar porque nuestra experiencia ya está entretejida con la experiencia de otros muchos seres vivientes y pensantes que se relacionan al mismo mundo desde su propia y única perspectiva. Esta multiplicidad de perspectivas es como una red invisible que sostiene la coherencia de mi propia experiencia, incluso (o especialmente) cuando otros ponen en cuestión mi interpretación de “los hechos”. Estos hechos se pueden discutir en primer lugar porque vivimos en un mundo compartido con otros que están mínimamente de acuerdo en que hay algo sobre lo que podemos estar en desacuerdo.
Cuando aislamos a un reo en confinamiento solitario, lo privamos tanto del sostén de otros, que es crucial para tener una experiencia coherente del mundo, como también del reto crítico que otros hacen a nuestra propia interpretación del mundo. Ambas cosas son esenciales para una experiencia significativa de las cosas, pero son especialmente importantes para aquellos que han violado la ley y, por ello, la confianza de otros en la comunidad. Si realmente queremos que nuestras prisiones rehabiliten y transformen a los delincuentes, entonces debemos ponerlos en una situación en la que tengan una oportunidad y una obligación de explicarse a sí mismos a otros, para reparar las redes dañadas de apoyo mutuo, y prestar su propia y única perspectiva para la creación de significación en el mundo.
Pedimos muy poco de los reos cuando los aislamos en unidades donde no se les permite ni se les obliga a crear y mantener relaciones significativas y solidarias con otros. Por el bien de la justicia, no solamente por ellos sino también por nosotros, debemos poner fin al abuso del confinamiento solitario en este país, y debemos empezar la difícil pero mutuamente reconfortante labor de devolver al mundo a las decenas de miles de reos que actualmente viven en régimen de incomunicación.
[Lisa Guenther es profesora de filosofía en la Universidad Vanderbilt y autora del libro de próxima aparición ‘Social Death and Its Afterlives: A Critical Phenomenology of Solitary Confinement’.]
7 de septiembre de 2012
26 de agosto de 2012
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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