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[El único modo de reducir las matanzas de elefantes, y las matanzas de humanos relacionadas con el tráfico ilegal de marfil, es reduciendo su demanda].

[Louisa Lombard] Se acaban de dar a conocer las últimas cifras de bajas en la antigua guerra del hombre contra las bestias en África, y se ven mal para ambos lados.
De acuerdo a Kenneth Burnham, el estadístico de Monitoring the Illegal Killing of Elephants, un centro de investigación intergubernamental, al menos veinticinco mil elefantes pueden haber sido sacrificados en África en 2011 –más que en todos los años desde que se empezaran los informes.
También cientos de humanos pueden haber muerto como resultado del sacrificio de elefantes –no solamente debido a las raras acometidas o pisoteados, sino por las balas disparadas por otros humanos que luchan para proteger a los animales.
Desde los años ochenta, bajo el manto de los proyectos de conservación y con financiamiento de la Unión Europea, gobiernos, ONGs y asociaciones privadas, los guardabosques africanos han librado un poco comentada guerra de bajo perfil contra los cazadores ilegales o furtivos. El conflicto está cada vez más militarizado, y cazadores ilegales y funcionarios justifican su beligerancia como respuesta a la agresión de los otros.
En la República Centroafricana, donde estoy haciendo una investigación sobre gobernabilidad en una zona de conflicto, la guerra contra los cazadores ilegales ha sido especialmente violenta. En remotos rincones de los parques nacionales, lejos del control público, los guardabosques y las milicias dirigidas por mercenarios extranjeros, guías de safaris y soldados franceses en misión de cooperación con el gobierno han estado librando una guerra sucia a nombre de los elefantes.
Es difícil saber con exactitud cuántas personas han muerto. Organizaciones que apoyan la campaña contra la caza furtiva pueden contar el número de guardias que han caído en actos de servicio, pero no los cazadores ilegales enterrados en tumbas secretas en la selva. Los informes que he estudiado para el proyecto contra la caza ilegal financiado por la UE en la República Centroafricana dan cifras contradictorias cuando se refieren a los sangrientos efectos de su trabajo y hacen sólo referencias ligeras a la cantidad de personas “neutralizadas” –o escriben la categoría “hombre” en la columna titulada “animales muertos”.
Algunos guardabosques dicen que han matado a cientos de cazadores furtivos. En un caso particularmente macabro de 2007 en el remoto rincón nordeste de la República Centroafricana, una docena de guardias mutilaron los cuerpos de un puñado de cazadores ilegales que asesinaron bajo la dirección de mercenario fuertemente armado que dirigió la guerra en África Central en 2005-2007. Testigos me dijeron que vieron miembros cercenados de humanos colgando de árboles.
Entretanto, continúa el sacrificio de elefantes. En los alrededores del Parque Nacional Zakouma en el sudeste de Chad, la UE ha financiado a los guardabosques para que combatan a los cazadores y pastores nómadas en su violenta guerra contra los cazadores ilegales. Incapaz de controlar efectivamente la zona de tres mil kilómetros cuadrados, se han concentrado en zonas específicas de refugio de elefantes. Pero no funcionó. En 2006 vivían en la zona, según se cree, cerca de tres mil elefantes; dos años después, de acuerdo a la Sociedad para la Conservación de la Vida Silvestre, quedaban sólo mil. Un colega que hizo investigación allá el año pasado encontró menos de cincuenta.
Además, los que rechazan la caza ilegal demonizan a los cazadores describiéndolos como extranjeros rapaces. Sin embargo, los lugareños son a menudo cómplices. En África Central, canallas familiares como el Ejército de Resistencia del Señor o las milicias janjaweed son mencionados como los principales asesinos de elefantes, y se dice que el marfil es exportado a China a través de Sudán. Pero otras rutas menos conocidas son igual de importantes. Gran parte del marfil de Zakouma, por ejemplo, parece ser cosechado por gente de Chad y Camerún y trasladado no al este hacia Sudán, sino al oeste a través de Chad, Camerún y Nigeria. Y aunque los guardabosques que participan en la lucha contra la caza furtiva son rara vez acusados de participar en el tráfico de marfil, sí son frecuentemente sorprendidos vendiendo carne de gamo en los mercados locales.
¿Qué se puede hacer? Las estrategias participativas de la conservación han tenido algún éxito, al menos en zonas que no están militarizadas. Empezando con el programa Campfire (Communal Areas Management Program for Indigenous Resources [Programa de Control de Áreas Comunales de Recursos Nativos] de los años ochenta, los ingresos generados a través del control y conservación de la vida silvestre, por el turismo y los impuestos cobrados a cazadores deportivos, fueron entregados a las comunidades que lindan con las zonas protegidas.
La idea era que si la gente tenía algún interés económico en la conservación de las poblaciones animales, tomarían la iniciativa en la lucha contra la caza furtiva. Esta estrategia redundó en menos muertes. De acuerdo a Campfire, tanto las poblaciones de elefantes como las humanas en esas zonas se duplicaron entre 1990 y 2003. (Sin embargo, análisis independientes han observado que el programa fue más coercitivo y menos rentable para las comunidades de lo que reconocieron sus patrocinadores.)
En áreas con violencia endémica y gobiernos inefectivos, como África Central, las estrategias represivas son más habituales. La única conservación que ha tenido éxito, lo tuvo por accidente.
Los conservacionistas temían que la prolongada guerra civil de Sudán diezmara a la fauna silvestre en las verdes sabanas, pantanos y bosques del sur. Pero un sondeo de la Sociedad para la Conservación de la Vida Silvestre después del acuerdo de paz de 2005 reveló que en enclaves inaccesibles, algunas poblaciones animales, especialmente gacelas y antílopes, y elefantes, de hecho habían prosperado.
Desgraciadamente, los factores geográficos y circunstanciales que lo permitieron no se pueden repetir. Los animales de Sudán del Sur encontraron un refugio natural en los pantanos de Sudd al este del Nilo, que los humanos no pueden cruzar.
Las perspectivas para terminar con la caza furtiva en zonas de guerra mediante el control humano son escasas. El único modo de reducir tanto la caza de elefantes como los asesinatos de humanos es reducir la demanda de marfil. Y eso es un reto tremendo.
Probablemente, una campaña de relaciones públicas mostrando espeluznantes fotos de cadáveres de elefantes no habría tenido gran impacto en China, Tailandia y Filipinas –los países que encabezan la demanda de marfil. La demanda en esos países se sostiene sobre la base de creencias religiosas, incluyendo, entre muchos católicos y budistas, la idea de que el marfil honra a Dios.
Fortalecer la arquitectura jurídica internacional también sería difícil, dadas las abultadas ganancias que obtiene del tráfico el gobierno chino, entre otros. Sólo se ha prohibido la venta de marfil cosechado después de 1989, un criterio que es fácil falsificar.
Pero reducir la demanda de marfil es, al final, el único modo de frenar tanto las muertes de elefantes como la de humanos.
[La autora investiga en la Universidad de California en Berkeley. Lleva un blog sobre África Central].
3 de octubre de 2012
20 de septiembre de 2012
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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