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[El escritor de novelas de espionaje que sabe demasiado. Gérard de Villiers, autor de la exitosa serie de espionaje SAS].

[Robert F. Worth] En junio pasado se publicó en París una novela de suspense de kiosko de estación bajo el título de ‘Le chemin de Damas’. Su escabrosa cubierta en verde y negro mostraba a una mujer pechugona blandiendo una pistola, y su trama incluía las habituales persecuciones en coche, explosiones y conquistas sexuales. A diferencia de la mayoría de los libros de bolsillo, este llamó la atención, en tres continentes, de funcionarios de inteligencia y diplomáticos. Ambientado en el fragor de la guerra civil siria, el libro ofrece gráficos esbozos psicológicos del asediado gobernante de ese país, Bashar al-Assad, y su hermano Maher, además de varios lugartenientes y aliados poco conocidos. Detalla un golpe frustrado apoyado en secreto por los servicios secretos estadounidense e israelí. Y lo más sorprendente de todo, describió un ataque contra uno de los centros de comando del gobierno sirio, cerca del palacio presidencial en Damasco, un mes antes de que un atentado en ese mismo lugar matara a varios altos funcionarios del gobierno. “Fue profético”, me dijo un veterano analista de Oriente Medio que conoce bien Siria y prefirió permanecer anónimo. “Realmente te dio una idea de la atmósfera que se vive en el gobierno, y del modo en que opera esa gente, de una manera que no había visto antes”.
El libre era el más reciente de Gérard de Villiers, un francés de 83 años que ha estado produciendo una serie de espionaje bajo el título de ‘S.A.S.’ a un ritmo de cuatro o cinco entregas al año durante casi medio siglo. Los libros son extraños híbridos: exitosos vehículos de ficción barata que también sirven como buzones de inteligencia para los servicios de espionaje del planeta. De Villiers ha pasado la mayor parte de su vida cultivando la amistad de espías y diplomáticos, que parecen disfrutar de sí mismos y sus secretos transfigurados en ficción pop (con sus propios nombres cuidadosamente disimulados), y sus libros contienen normalmente información sobre conspiraciones terroristas, espionaje y guerras que no han aparecido nunca en ninguna parte. Otros novelistas pop, como John le Carré y Tom Clancy, pueden sazonar su trabajo con algunas tramas del mundo real en jerga de espías, pero los libros de De Villiers se adelantan a las noticias y a veces incluso a los acontecimientos mismos. Hace casi un año publicó una novela sobre la amenaza de las organizaciones islámicas en la Libia de después de la rebelión que se concentraba en los yihadistas en Bengasi y en el rol de la CIA en su lucha contra ellos. La novela, ‘Les Fous de Benghazi’, salió seis meses antes de la muerte del embajador norteamericano J. Christopher Stevens, e incluía descripciones del centro de comando de la CIA en Bengasi (que en la época era un secreto celosamente guardado), que sería central en la polémica sobre la muerte de Stevens. Otros libros de De Villiers han incluido augurios todavía más asombrosos. En 1980, escribió una novela en la que militantes islámicos asesinan al presidente egipcio Anwar Sadat, un año antes de que lo mataran de verdad. Cuando le pregunté sobre eso, de Villiers respondió con un galo encogimiento de hombros. “Los israelíes sabían lo que iba a pasar”, dijo, “y no hicieron nada”.
Aunque es prácticamente desconocido en Estados Unidos, los editores de De Villiers calculan que la serie SAS ha vendido cerca de un millón de ejemplares en todo el mundo, lo que la convertiría en una de las series más exitosas de la historia, a la par con los libros de la serie James Bond, de Ian Fleming. SAS puede ser la serie de ficción más prolongada escrita alguna vez por un solo autor. El primer libro, ‘S.A.S. in Istanbul’, apareció en marzo de 1965; de Villiers está trabajando ahora en la entrega 197.
Pese a su perspicacia geopolítica, los libros de De Villiers tienden a provocar sonrisas de suficiencia entre los literatos franceses. (“Lo lamento, señor, aquí no vendemos ese tipo de libros”, me dijo el encargado de una exclusiva librería en París.) No es difícil ver por qué. Si hojeas al azar cualquier libro de la serie SAS, probablemente encontrarás a Malko (Son Altesse Sérénissime), el aristocrático héroe espía con una inclinación por la sodomía, en escenas muy explícitas. En una novela reciente, conoce a una princesa saudí (basada en una persona real que convirtió Beirut en su coto sexual) que es la vez dominatrix y ninfomaníaca; su primer encuentro sexual empieza con ella mirando pornografía homosexual hasta que Malko la distrae con un popurrí de acrobáticas posiciones sexuales. Las vidas sexuales de los malos reciben casi la misma atención. Brutales violaciones son descritas con excruciantes detalles fisiológicos. En otra novela reciente, la novia de un infame general sirio se somete a su enviagrada brutalidad cuando recuerda que es el hombre que aterrorizó a los habitantes del Líbano durante años. “Y fue esa idea la que gatilló su orgasmo”, escribe de Villiers.
“La elite francesa pretende no leerlo, pero lo hace”, me dijo Hubert Védrine, ex ministro francés de relaciones exteriores. Védrine es uno de los que admite sin remordimientos haber leído prácticamente todas las aventuras de Malko. Dijo que les consultaba antes de visitar otro país, porque le contaban todo lo que la inteligencia francesa pensaba que estaba pasando.
Hace unos diez años, cuando Védrine era ministro de Exteriores, de Villiers recibió una llamada del Quai d’Orsay, sede del ministerio, para invitarlo a almorzar. “Pensé que era una broma”, dijo de Villiers. “Especialmente porque Védrine es un izquierdista, y yo no lo soy en absoluto”. Cuando llegó al ministerio a la hora acordada, Védrine lo estaba esperando en su comedor privado con vista al Sena.
“Encantado de conocerle”, dijo de Villiers al ministro. “Pero, dígame, ¿por qué quería verme?”
Védrine sonrió y le indicó a de Villiers que tomara asiento. “Quería hablar con usted”, dijo, “porque he descubierto que tenemos las mismas fuentes”.
Los libros de De Villiers lo han convertido en un hombre rico, y vive en una impresionante caserón en la Avenida Foch, a tiro de piedra del Arco de Triunfo. Lo visité un día este invierno, y después de una breve espera en el rellano de la cuarta planta, se abrió una enorme puerta de madera y me encontré a mí mismo frente a un hombre de aspecto distinguido en un traje escocés marrón, de larga y huesuda cara y ojos castaño claro. De Villiers usa un andador -una consecuencia de una aorta torcida hace dos años-, pero todavía se mueve con sorprendente velocidad. Me condujo por un alto pasillo hacia su estudio, que también hace las veces de santuario de masculinidad y sexo kinky de tiempos pasados. Me paré junto a una mujer agachada hecha de acero con un rifle automático MP-44 de verdad saliendo de su entrepierna. “Esta se llama ‘Guerra’”, explicó de Villiers. En medio de la sala estaba la figura de una mujer desnuda doblándose hacia adelante para mirar al espectador que la miraba entre sus piernas; otras mujeres desnudas, algunas de ellas en liga o cadenas, miraban desde pinturas o cubiertas de libros. En las estanterías había figurillas más pequeñas de marfil, cristal y madera, describiendo varios acoplamientos y orgías. Armas de fuego clásicas colgaban de la pared –un Kalashnikov, una metralleta, un Winchester- y libros sobre asuntos militares y de inteligencia se amontanaban en mesas formando altas pilas. Entre fotos de sí mismo con varios señores de la guerra y soldados en África, Asia y Oriente Medio, observé una carta enmarcada de Nicolás Sarkozy, elogiando la última novela SAS y diciendo que le había enseñado mucho sobre Venezuela. “Pretende que me lee”, dijo de Villiers, con un despectivo refunfuño. “No lo hacía. Chirac me leía. Giscard también”.
Después de cerca de una hora, de Villiers me llevó hacia su Jaguar negro, y cruzamos la ciudad hacia la Brasserie Lipp, un punto de encuentro para veteranos de la elite francesa. Mientras nos hacíamos camino hacia nuestra mesa por entre una densa muchedumbre, un guapo hombre mayor con una cara intensamente bronceada llamó a de Villiers desde el otro lado del salón. Era el gran actor de la nouvelle vague francesa, Jean-Paul Belmondo.Sonrió y le indicó a de Villiers que se acercara para una charla conspirativa.
“Esa es la Mesa Número 1”, dijo de Villiers cuando nos sentábamos. “Mitterand siempre se sentaba aquí”. Después de que un camarero se apresurara a ayudarle con la silla, de Villiers ordenó un almuerzo convenientemene viril de una docena de ostras bretonas y un vaso de Muscadet. Me sorprendió mirando su andador e inmediatamente empezó a hablarme de su aorta torcida. Casi murió y tuvo que pasar tres meses en la cama de un hospital. “Si te caes de un caballo, tienes que volver a montar uno o te mueres”, dijo. Pudo mantener su ritmo literario habitual pese a que estaba en el hospital. Sólo sufrió una consecuencia: en su manuscrito había usado el nombre real de un jefe de estación de la CIA en Mauritania, y en la confusión de después del accidente, olvidó cambiar el texto final. “En la CIA se enfadaron”, dijo. “Tuve que dar explicaciones. Mis amigos en el DGSE (el servicio de espionaje francés, el Directorado General para la Seguridad Exterior) [General Directorate for External Security] ofrecieron excusas en mi nombre”.
Uno de los numerosos mitos que rodean a de Villiers es que emplea a un equipo de ayudantes que lo ayudan en su prodigiosa productividad. En realidad, lo hace todo él mismo, con una rutina de trabajo que no ha cambiado en medio siglo. Para cada libro gasta unas dos semanas viajando al país en cuestión, y luego otras seis semanas para escribir. Los libros son publicados en la misma fecha todos los años: enero, abril, junio, octubre. Hace seis años, a los 77, de Villiers aumentó su productividad de cuatro a cinco libros al año, escribiendo dos novelas relacionadas cada junio. “No soy una máquina sexual, soy una máquina de escribir”, dijo.

De Villiers nació en París en 1929, hijo de un dramaturgo terriblemente prolífico y derrochador que era conocido por su nombre artístico Jacques Deval. Empezó a escribir en los años cincuenta para el diario francés France Soir y otros periódicos. Al principio, durante una misión como periodista en Túnez, accedió a hacer un favor a un agente del servicio secreto francés, entregando un mensaje a algunos miembros de una organización de extrema derecha que estaba a favor del colonialismo conocida como La Mano Roja. Resultó que de Villiers estaba siendo utilizado como un peón en un asesinato, y tuvo suerte que pudo escapar con vida. Volvió a París y confrontó al agente, que no se arrepintió en absoluto. El incidente le enseñó, dijo, que “a la gente del servicio secreto la vida de los civiles les interesa un pepino. Son igual de fríos que los peces”. Pero antes que asquearse, de Villiers encontró seductora la combinación entre el riesgo y el cálculo.
En 1964, estaba trabajando en una novela de detectives en su tiempo libre cuando un editor le dijo que Ian Fleming, el creador de James Bond, acababa de morir. “Deberías ocupar su lugar”, le dijo el editor. Eso era lo que necesitaba. El primer libro en la serie de SAS apareció unos meses después. Aunque las ventas han bajado desde su apogeo en los años ochenta, todavía gana entre ochocientos mil y un millón de euros al año (entre un milón y 1.3 millones de dólares) y pasa los veranos en su villa en St. Tropez, donde de día se pasea en su lancha y de noche se dirige a fiestas en su Auntin Mini de 1980.
Ha sido despreciado por muchos en la izquierda francesa por sus opiniones políticas de derechas. “Estamos todos estrangulados por la corrección política”, me dijo, y usó la palabra “marica” varias veces durante nuestras conversaciones. Pero su reputación como racista y antisemita es en gran parte un mito; uno de sus amigos más cercanos es Claude Lanzmann, el director de cine judío de izquierda que hizo ‘Shoah’, el histórico documental sobre el Holocausto. Y en los últimos años, de Villiers se ha hecho con una audiencia más amplia entre los intelectuales y periodistas franceses, pese a que sus ventas han descendido. “Se ha convertido en una especie de institución”, dijo Renaud Girard, corresponsal extranjero de Le Figaro. “Incluso puedes leer artículos en Libération en los que lo elogian”.

En 1964, de Villiers creó Malko, su héroe, fusionando a tres conocidos de la vida real: un alto oficial del servicio secreto francés llamado Yvan de Lignières; un traficante de armas austríaco; y un barón alemán llamado Dieter von Malsen-Ponickau. Como ocurre a menudo, sin embargo, su ficción fue profética. Cinco años después de que empezara la serie, de Villiers conoció a Alexandre de Marenches, un hombre de un inmenso carisma que dirigió al servicio de contraespionaje francés durante más de diez años y era una leyenda del espionaje de la Guerra Fría. De Marenches era muy rico y provenía de una de las familias más antiguas de Francia; luchó heroicamente en la Segunda Guerra Mundial, y más tarde construyó su propio castillo en la Riviera. También ayudó a crear una misteriosa red de operativos de inteligencia conocido como el Club Safari, que libraba una guerra clandestina contra agentes soviéticos en África y Oriente Medio. “Trabajaba en espionaje para divertirse”, me dijo de Villiers. “A veces no respondía cuando lo llamaba Giscard”. En suma, de Marenches estaba muy cerca de ser el aristocrático maestro de espías que Villiers había imaginado, y cuando su amistad se hizo más profunda en los años setenta, la relación de De Villiers con la inteligencia francesa también se fortaleció y dura hasta el día de hoy.
De Villiers tuvo siempre una inclinación por lo espeluznante y lo decadente. Uno de sus modelos fue Curzio Malaparte, un periodista italiano cuyo libro ‘Kaputt’, un éxito de ventas y una escalofriante versión de primera mano desde detrás del frente alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Otro de sus modelos fue Georges Arnaud, autor francés de varios y populares libros de aventuras durante los años cincuenta. “Era un tipo extraño”, dijo de Villiers. “Una vez me confesó que había empezado a vivir después de asesinar a su padre, su tía y la criada”. (Arnaud fue juzgado y absuelto por esos crímenes, posiblemente por un jurado apañado). No pude dejar de preguntarme si Georges Simenon, el famosamente prolífico y perverso escritor policial belga, fue también una influencia. Se dice de Simenon que tomaba diez días en terminar una novela, y publicó cerca de doscientas. También reclamaba haber dormido con diez mil mujeres, la mayor parte prostitutas. De Villiers reía con la comparación. “Conocí un poco a Simenon”, dijo, procediendo luego a contar una obscena historia que había oído de boca de la sacrificada esposa de Simenon sobre una aventura sexual a orillas de la carretera en la nieve en Gstaad.
Este me pareció un buen momento para interrogar a de Villiers sobre sus propias preocupaciones. “He tenido un montón de sexo en mi vida”, dijo. “Es por eso que tengo tantos problemas con las esposas. En Estados Unidos dirían que soy un ‘mujeriego’”. Se ha casado cuatro veces y tiene dos hijos, y ahora sale con una novia que tiene treinta años menos, una atractiva rubia a la que conocí brevemente en su casa. Cuando sugerí que el sexo en SAS era inusualmente pornográfico, replicó con una risita ahogada: “Quizá para un estadounidense. No en Francia”.
Una de las cosas que de Villiers no tiene son ambiciones literarias serias. Aunque es un gran admirador de Le Carré, nunca ha tratado de convertir el espionaje en escenario de dramas humanos más complejos. Escribe del mismo modo que habla, en tersos e informativos estallidos, con un morboso sentido del humor. Cuando le pregunté si le molesraba que nadie tomara sus librios en serio, no pareció de ninguna manera ofendido. “No me considero un literato”, dijo. “Soy un contador de historias. Escribo cuentos de hadas para adultos. Y trato de ponerles algo de substancia”.
Yo no tenía idea de qué quería decir con “substancia” hasta que un amigo me instó a mirar ‘La liste Hariri’, uno de los numerosos libros de De Villiers ambientado en el Líbano. El libro, publicado a principios de 2010, gira sobre el asesinato de Rafiq Hariri, el ex primer ministro libanés. Pasé años investigando y escribiendo sobre la muerte de Hariri y tenía curiosidad por saber que pensaba de Villiers sobre el asunto. Sus descripciones de Beirut y Damasco eran impresionantemente precisas, así como los nombres de los restaurantes, el ambiente en los vecindarios y las descripciones de algunos de los jefes de seguridad que yo conocí durante mi periodo como jefe de oficina del Times en Beirut. Pero la verdadera sorpresa ocurrió más tarde. ‘La liste Hariri’ proporciona detallada información sobre la elaborada conspiración, ordenada por Siria y ejecutada por Hezbolá, para matar a Hariri. Esta trama es uno de los grandes misterios de Oriente Medio, y encontré informaciones específicas que ningún periodista, que yo sepa, conocía cuando se publicó el libro, incluyendo una lista completa de los miembros del equipo de asesinos y la descripción de la sistemática eliminación de testigos potenciales realizada por Hezbolá y sus aliados sirios. Me impresionó todavía más cuando hablé con un ex miembro del tribunal internacional de Naciones Unidas, con sede en los Países Bajos, que investigó la muerte de Hariri. “Cuando se publicó ‘La liste Hariri’, todos los miembros de la comisión estaban sorprendidos”, dijo el ex miembro del personal. “Estaban todos preguntándose literalmente quién en el equipo podía haber vendido esa información a de Villiers –porque estaba muy claro que alguien le había mostrado los informes de la comisión o los informes de inteligencia libaneses oficiales”.
Cuando le pregunto a de Villiers, una sonrisa de discreto triunfo ilumina su cara. Resulta que había sido durante años amigo de un alto funcionario de inteligencia del Líbano, un hombre de aspecto austero que probablemente sabe más que nadie sobre los asesinatos no resueltos del país que cualquier otro. Fue él quien le pasó a de Villiers la lista de los asesinos de Hariri. “Le costó conseguirla, y quería que la gente lo supiera”, dijo de Villiers. “Pero no podía confiar en periodistas”. Yo era una de esas personas en las que el agente no confiaba. He entrevistado al mismo jefe de inteligencia en varias ocasiones sobre el tema del asesinato de Hariri, pero nunca me dijo nada sobre la lista. De Villiers también había hablado con altos funcionarios de Hezbolá, en reuniones que dijo que fueron organizadas por el servicio secreto francés. Uno asume que esos hombres no habían leído sus libros.
¿Qué dice los espías mismos sobre de Villiers? Realicé mi propia furtiva excursión en la comunidad de la inteligencia francesa y descubrí que el nombre de De Villiers era un efectivo passe-partout, incluso entre personas que encontraban el tema ligeramente embarazoso. Una de las personas con las que hablé, un ex director del DGSE, dijo que nunca le dio información a de Villiers. Nos reunimos en un apenas iluminado corredor fuera de su oficina, donde platicamos un rato sobre otros asuntos antes de que tocáramos el tema de De Villiers. “Oh, sí, Gérard de Villiers, no lo conozco”, dijo, encogiéndose de hombros despecticamente, como sugiriendo que nunca había leído sus libros. Entonces, luego de una pausa, confesó: “Pero tengo que admitir que parte de su información es muy buena. Y, de hecho, la información ha ido mejorando en sus últimas novelas”.
Otro ex espía admitió voluntariamente que había sido amigo de De Villiers durante años. Nos reunimos en un café en Saint-Germain-des-Prés una fría y neblinosa tarde, y mientras sorbía su café, reconto alegremente los favores que le había hecho –no simplemente hablando sobre algunos casos, sino introduciendo a de Villiers a colegas y expertos en explosivosmy armas nucleares y piratería informática. “Cuando de Villiers describe a gente del servicio secreto en su libro, todo el mundo de esa comunidad sabe de quién está hablando”, dijo. “La verdad es que se ha convertido en un personaje que mucha gente de la comunidad quiere conocer desesperadamente. Incluso hay ministros de otros países que se reúnen con él cuando pasan por París”.
Un tercer ex funcionario de gobierno habló sobre de Villiers como un tipo de colega. “Nos reunimos y compartimos información”, me dijo en un hotel en París sorbiendo un café. “Lo he presentado a algunas fuentes sensibles. Tiene un talento: una fuerte comprensión intelectual de temas de seguridad y terrorismo”.
No son solo los franceses los que dicen estas cosas. De Villiers ha tenido buenos amigos en la inteligencia rusa. Alla Shevelkina, periodista que ha trabajado como intermediaria para de Villiers en varios de sus viajes rusos, dijo: “Consigue entrevistas que no consigue nadie –ningún periodista, ninguno. La gente que no habla con él, termina hablando con él”. En Estados Unidos hablé con un ex operativo de la CIA que conoce a de Villiers desde hace décadas. “Yo recomiendo a nuestros analistas que lean sus libros, porque ahí hay un montón de información verídica”, me dijo. “Está conectado con todos los servicios de seguridad, y conoce a todos los participantes”.
¿Por qué esta gente le cuenta tanto a un novelista barato? Se lo pregunté a de Villiers la última vez que nos vimos en la cavernosa sala de su departamento en París una fría noche de invierno. Se marchaba a Túnez al día siguiente en un viaje para reunir información, y en la mesita de centro, junto a varias botellas de caros destilados y licores, había una canana militar negra. “Siempre tienen un motivo”, dijo, acariciando con aire ausente a uno de sus dos peludos gatos como un malo de Bond ocioso. “Quieren que la información se conozca. Y conocen a un montón de personas que leen mis libros, todos los servicios secretos”.
Renaud Girard, viejo amigo y compañero de viaje de De Villiers, llegó al departamento por un trago y ofreció una explicación más simple. “A todo el mundo le gusta hablar con alguien que aprecia su trabajo”, dijo. “Y es divertido. Si la fuente es un agregado militar, puede mostrar el libro con su personaje a sus amigos”. También sugirió que si la fuente tiene una esposa bella, aparecerá en una escena sexual con Malko, y algunos de ellos lo disfrutan. “Si has leído los libros”, dijo, “es divertido entrar en ellos”.
Le pregunté a de Villiers sobre su próxima novela, y sus ojos se iluminaron. “Es una vieja historia”, dijo. “Lockerbie”. El libro se basa en la premisa de que fue Irán, no Libia, el que ejecutó el infame atentado contra un avión de pasajeros en 1988. Los iraníes hicieron todo lo posible para convencer a Moamar al-Gadafi de que se hiciera responsable del atentado, que fue realizado en venganza por el derribo de un avión de pasajeros iraní por misiles norteamericanos seis meses antes, dijo de Villiers. Esta ha sido durante largo tiempo una teoría conspirativa no corroborada, pero cuando volví a Estados Unidos, me enteré que de Villiers tenía razón. Hablé con un ex operativo de la CIA que me dijo que “la mejor información de inteligencia” sobre el atentado de Lockerbie apunta a la autoría de Irán. Es un tema de intensa polémica en la CIA y el FBI, dijo, en parte porque las evidencias contra Irán son secretas y no se puede usar en tribunales, pero muchos en la agencia creen que Irán estuvo detrás del atentado.
De Villiers se disculpó para continuar empacando para su viaje a Túnez, después de ofrecer cínicamente su visión de la Primavera Árabe. (“No significa más que el empoderamiento de la Hermandad Musulmana en toda la región”). Sus opiniones sobre otros temas son igualmente cortantes y desilusionadas. “¿Rusia? Rusia es Putin. La gente se engañó a sí misma con Medvedev y creyó que con él habría cambios”. ¿Y Siria? “Si cae Bashar, cae Siria. Ya no habría nada más para mantener unido a ese país”.
Girard y yo nos servimos un poco de Scotch y empezó a contar historias de sus aventuras con de Villiers. Muchas de ellas implicaban a alguna de las ex esposas de De Villiers, que siempre se aparecían en Gaza o Pakistán vestidas de manera salvajemente inapropiada. “Una vez a mediados de los años noventa, fuimos juntos al bastión de Hamas y Gérard llevaba a su mujer, que lucía una provocativa blusa y sin sujetador”, contó Girard. “Había jóvenes allá que empezaron literalmente a apredearnos, y tuvimos que huir”.
Se estaba haciendo tarde, y Girard parecía agotado. “Tiene 83 años, y no está bajando el ritmo”, dijo, antes de separarnos. “Todavía viaja a Mali y Libia, incluso después de sus problemas cardíacos”. Se detuvo un momento, mirando su vaso de Scotch. “Recuerdo que una vez durante la rebelión en Albania, en 1997, estábamos en la azotea de un edificio y empezamos a hablar sobre la muerte. Me dijo: ‘Voy a seguir con el pie en el acelerador hasta que muera’”.
[Robert F. Worth es redactor de la revista. Su escrito previo giró sobre la mentalidad bunker de la diplomacia estadounidense].
[Redactor: Joel Lovell].

12 de marzo de 2013
3 de febrero de 2013
©new york times
cc traducción @lisperguer

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