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[Río de Janeiro, Brasil] [Tortura de líderes en los años setenta despierta fantasmas.]

[Simon Romero] Su nombre de guerra era Estela. Parte de una misteriosa organización de guerrilla urbana en la época de su captura en 1970, pasó tres años tras las rejas, donde los interrogadores la torturaron repetidas veces aplicándole descargas eléctricas en los pies y oídos, y la obligaron a asumir la postura del pau de arara (la percha de loro), en la que las víctimas son suspendidas desnudas boca abajo desde una viga, amarradas de muñecas y tobillos.
Esa ex guerrillera es ahora la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff. Ahora que una comisión de la verdad empieza a examinar la represión militar contra la población durante una dictadura que duró dos décadas, los brasileños están fascinados con los escalofriantes detalles que están emergiendo sobre el doloroso pasado tanto de su país como de su presidenta.
Las divisiones de esa época, que se extendieron desde 1946 a 1985, todavía persisten. Oficiales retirados, incluyendo a Maurício Lopes Lima, 76, ex teniente coronel acusado de torturar a Rousseff, han cuestionado las evidencias que vinculan a los militares con las torturas. Entretanto, organizaciones de derechos humanos están acosando a Lopes Lima y otros acusados por las torturas, rodeando sus residencias en ciudades en todo Brasil. “Aquí vive un torturador de la dictadura”, escribieron hace poco con pintura roja en la puerta del edificio de departamentos donde vive Lopes Lima en la ciudad balneario de Guarujá, como parte de una protesta con teatro callejero.
Sin embargo, aunque una amnistía de 1979 todavía impide que los militares puedan ser enjuiciados por las torturas, la comisión, que inició sus labores en mayo y tiene un mandato de dos años, está despertando fantasmas. La dictadura asesinó a cerca de cuatrocientas personas; se cree que las víctimas de torturas se cuentan en miles.
Las torturas que sufrió Rousseff, que tenía entonces veintidós años (ahora tiene 64), es ahora uno de los casos más prominentes, de entre cientos que está estudiando la comisión. La presidenta no es el único líder político de la región en alcanzar el poder después de haber sido encarcelado y torturado, un indicio del tumultuoso pasado de otros países latinoamericanos.
Como joven estudiante de medicina, la ex presidenta de Chile, Michelle Bachelet, sobrevivió su encarcelamiento y tortura después del golpe militar en 1973. Y el presidente de Uruguay, José Mujica, ex líder de la organización guerrillera Tupamaros, sufrió torturas durante casi una década y media de encarcelamiento.
Desde que Rousseff asumiera la presidencia, se ha negado a representar el papel de víctima, al mismo tiempo que exige más transparencia sobre los años de la dictadura militar en Brasil. Rara vez se refiere en público a las crueldades a que fue sometida; aparte de apariciones ceremoniales, ha comentado rara vez sobre el trabajo de la comisión. A través de una portavoz, se negó a hacer comentarios sobre la comisión o sobre el tiempo que pasó en prisión.
Rousseff ha cambiado considerablemente desde sus días en la resistencia clandestina, cuando usaba varios nombres de guerra –en una trayectoria similar a la de otros líderes de izquierda que llegaron a formar parte de la clase política brasileña. Hija de un inmigrante y hombre de negocios búlgaro y de una madre brasileña que era maestra, creció en un entorno privilegiado, que abandonó para incorporarse a un nuevo grupo guerrillero, la Vanguardia Armada Revolucionaria Palmares.
Tras su salida de la cárcel, se mudó a la sureña ciudad de Porto Alegre, donde su marido en esa época, Carlos Franklin Paixão de Araújo, estaba cumpliendo su propia sentencia de cárcel por subversión. Reanudó sus estudios de economía, dio a luz a su hija, Paula, y empezó a participar en la política local. Con opiniones políticas más moderadas, poco a poco alcanzó un lugar prominente en la política nacional como una tecnócrata orientada hacia la efectividad. Fue jefe de gabinete y ministro de energía del ex presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, quien la convenció de postularse en las elecciones de 2010.
Rousseff gobierna con un estilo marcadamente diferente del de da Silva, un gregario ex dirigente sindical. Pese a que la economía brasileña se ha desacelerado, su índice de aprobación gira en torno al 77 por ciento, en momentos en que el gobierno aumenta su presupuesto contra la pobreza y de fomento del emprendimiento. Cosechó aplausos de algunos en la oposición cuando reconoció los logros económicos de Fernando Henrique Cardoso, presidente de Brasil entre 1995 y 2002.
La presidenta mantiene un perfil bajo en Brasilia, donde vive en el Palacio Alvorada, la modernista residencia presidencial, con su madre y su tía (se divorció de Araújo, aunque siguen siendo cercanos). La prensa estudia al detalle sus intereses, que van desde pinturas surrealistas de René Magritte a la serie de fantasía de HBO, ‘Game of Thrones’.
Al mismo tiempo, su enérgico estilo de gobierno –se dice que regaña hasta el llano a altos funcionarios – se ha consagrado en la cultura popular brasileña. Gustavo Mendes, un cómico travesti, se hizo famoso imitándola en el picante programa en la televisión nacional, ‘Casseta e Planeta, Vai Fundo’.
Semejante escarnio satírico de un presidente brasileño en televisión habría sido impensable en la época de su encarcelamiento, cuando los brasileños corrían el riesgo de ser censurados o encarcelados –o peor- por criticar a los gobernantes militares. Sus experiencias en las cámaras de tortura de la dictadura sólo se conocieron recientemente.
Algunos detalles emergieron en 2005, después de servir en el gabinete de da Silva, cuando se publicó en diarios brasileños el testimonio que dio al autor de un libro sobre las mujeres que habían luchado contra la dictadura militar.
Ahí describe torturas como la palmatoria, un método que emplea una pala o vara para golpear los nudillos y palmas de la mano, y el pau de arara, en el que la víctima es desnudada y amarrada boca abajo y sometida a descargas eléctricas en diferentes partes del cuerpo, incluyendo los senos, la ingle y la cabeza.
Se pensaba en general que las sesiones de tortura de Rousseff se habían limitado a dos cárceles en Sao Paulo y Río de Janeiro, hasta que el informe de una investigación publicado en junio describió más interrogatorios con torturas, incluyendo un periodo de dos meses en una cárcel militar en el estado de Minas Gerais en el sudeste del país. Cuando era todavía una oscura funcionaria provincial, declaró ante un investigador de Minas Gerais en 2001, describiendo que los interrogadores la golpearon en la cara, alterando su dentadura. Con los golpes se le soltó un diente, que se pudrió, contó, y que más tarde perdió cuando la golpeó otro interrogador en Sao Paulo.
Robson Sávio, el investigador que la entrevistó entonces, dijo que ella no estaba obligada a responder a la petición de su testimonio, porque la comisión de Minas Gerais ya tenía pruebas de que ella había sido torturada. Pero lo hizo de todos modos; hacia el final de su declaración, después de contar que los interrogatorios le habían causado otras lesiones, incluyendo una hemorragia de su útero, llorando, dijo en 2001: “Recuerdo el miedo de cuando mi piel temblaba. Una cosa así te marca para toda la vida”.
Lima Lopes, identificado como uno de los torturadores de Rousseff en Sao Paulo que todavía vive en la costera Guarujá, ha negado haberla torturado, definiéndola insolentemente como “una buena guerrillera”. Otros militares retirados han adoptado una posición similar.
Luiz Eduardo Rocha Paiva, ex secretario general del ejército brasileño, puso en duda, en una entrevista en un diario, que Rousseff hubiese sido torturada. Pero también dijo que ella había pertenecido a una organización militante que quería instalar una dictadura al estilo soviético. Tanto los agentes de contrainsurgencia como los revolucionarios cometieron abusos, dijo. “¿Se cometieron torturas durante el régimen militar? Sí”, dijo. “¿Se tortura hoy en Brasil? Sí”, agregó, refiriéndose a las deplorables condiciones en algunas cárceles brasileñas.
Rousseff, que ha insistido en que nunca participó en acciones armadas contra el gobierno, ha optado por no enfrentarse públicamente a los ex militares. Entretanto, la comisión continúa trabajando sin interferencia de la presidenta. Paulo Sérgio Pinheiro, un conocido jurista que es uno de sus siete miembros, dijo que la única vez que se reunió con Rousseff fue cuando él y sus colegas fueron llamados este año a Brasilia.
Aquí en Río, la búsqueda de conocimiento del pasado ha llevado a las autoridades del estado a pagar reparaciones a casi novecientas personas torturadas durante la dictadura. Entre ellas se encuentra Rousseff, que dijo en mayo que donaría su cheque de cerca de diez mil dólares a Tortura Nunca Mais, una organización que busca crear conciencia sobre los abusos de los militares.
Sin embargo, pese a esos desarrollos, la superación de ese periodo sigue siendo difícil. Activistas de derechos humanos aquí se consternaron en julio cuando, desde la oficina de Tortura Nunca Mais, desconocidos robaron los archivos que describían los tratamientos psicológicos de las víctimas de tortura.
23 de septiembre de 2012
5 de agosto de 2012
©new york times
cc traducción @lisperguer

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